martes, 16 de mayo de 2017

La escalera


Llenaban de notas la habitación. Se diría que el invierno había fugado la tristeza del otoño para dejar venir la primavera en su esplendor total. El espíritu navegaba por no sé qué mares donde todo era calma envuelta en brisa fresca. Un violín, una viola, un violonchelo se contestaban, contrapunteaban y completaban haciendo lo imposible bello, lo bello imposible, lo difícil calmo, lo calmo fácil.
Abajo los vecinos se aprestaban a cenar en un portento de ruido, entremezclando ansiedad, alegría y tensión. Todos esperaban la noticia en la seguridad de que alguien llegaría. Llamaría a la puerta y el hijo más pequeño, el talismán de la familia, abriría para recibir un sobre, quizás una noticia, donde en una carta estaría escrito el final de todo, el final de las penurias.
Fuera soplaba un viento suave que hacía aún más nítida la sensación de primavera. Algunos grupos poco numerosos se aprestaban a tomar la última copa antes de recogerse en sus hogares vacíos de tranquilidad y amor, donde ya nada era paz.
Alguien se movía sigiloso para no hacer callar a los violines y violas, a las risas nerviosas de los de abajo o el tintinear lejano de las copas del mostrador del bar. Se diría que en su cara había una mueca de dolor, pero la oscuridad de la noche no daba opciones. Vestía de negro como siempre y solo sus sandalias desnudas sabían dónde ponía los pies.
Había visitado todos los continentes y hacía solo unos días había sorprendido más allá del Cono Sur, en una de las bases científicas que sueñan con descubrir la existencia de lo indescifrable. Realizaba viajes inquietantes sin mostrarse intranquilo, cansado, nervioso, pero hoy parecía distinto. El aire olía a primavera, a tierra recién mojada, a vidas por vivir. Nadie le seguía y bajo su capa escondía aquello que siempre era suyo. Velaba y velaba, nunca dormía y casi sorprendía sin dejarse ver. Ya adivinó en la oscuridad de la calle, la puerta que esperaba.
Con seguridad y silencio penetró en la vivienda. Nadie en la escalera, solo soledad y olor a madera vieja de escalones pisados una y mil veces. Sin embargo, algo de brisa de la noche de afuera se había mezclado con aquel olor ancestral cuando penetró en el vestíbulo que llevaba a la escalera.
Arriba, las cuerdas sonaban bien. Boccherini recordaba su quinteto del fandango, entrecortadas las notas con las toses del abuelo y las risitas veladas del benjamín. Nadie en la escalera, ni siquiera sus pasos. Un movimiento imperceptible y se encontró oscuro, sorprendente, dentro de la casa. Arriba Boccherini seguía sonado español. De bruces se encontró con el niño y al fondo con el abuelo. Ya hacía 85 años que le buscaba y allí estaba, era su momento. Algo imperceptible tiró de su capa e imaginó la mano del niño parando su mano, desnudándolo, quitándole su sin sentido.
El abuelo yacía en el suelo jadeante, con una mano en el pecho, esbozando una sonrisa de victoria. Tenía en los ojos restos de pavor y llamaba al niño. El beso del chiquillo rompió el momento y la oscuridad se hizo luz en una habitación donde un momento antes no había más que espanto.


Nota del autor: No sé por qué he hecho esta historia tan mía y he viajado de un principio calmo, con Boccherini y el fandango tan querido, a un final aterrador convirtiéndome en abuelo y escapándome por los pelos. Nunca la sensación de muerte la tuve tan cerca. Lo malo es que ya me quedan, menos años y aun no tengo nietos. 

lunes, 24 de abril de 2017

Cantando en Gregoriano



A veces un programa de música te engancha en maneras impensables, y te sientes monje, o al menos espíritu y navegas por las notas como navegó Ulises, enfrentándose a las sirenas y a las tempestades, llegando incluso a la esencia de las cosas y rezando un poco, ante el miedo, la incertidumbre o la belleza

Cantando en Gregoriano
Dolían las manos. El frío calaba más allá de los huesos. Nada de lo que llevaba puesto parecía frenar ni un ápice la humedad gélida de la huyente madrugada. No obstante, detrás de los cristales, en la capilla, aquellos hábitos gruesos, intemporales permitían perderse, sin saber bien cómo, en el calor de las salmodias que llenaban los huecos del momento.
Hasta el alma se perdía en aquellos cantos profundos que hacían amar lo imposible. Levitaban sus espíritus hacia el infinito, hasta darse de bruces con lo que más vive, la luz perfecta, la esperanza del momento, lo anhelado, las entretelas de Dios, Dios.

17 de Marzo, 2017. Camino de Málaga, escuchando la radio.

Mujer alunarada, mujer afortunada

MUJER ALUNARADA, MUJER AFORTUNADA

       Una luna gigantesca arrancó reflejos multicolores al horizonte. Iba cargada hasta las cejas, cuando al doblar una esquina tropezaron, desparramándose por el suelo el contenido de dos bolsas llenas de comida y rajándose un paquete lleno de libros que cayeron con estrépito. Angustiada empezó a meter la comida en la bolsa rota, hasta que desesperada lo dejó por imposible. Mientras, él, sin dejar de excusarse, empezó a apilar los libros haciendo un paquete con ellos.

       Se miraron y algo conocido despertó en sus mentes. Aquellos ojos, aquella forma de mirar no eran extrañas. De golpe, recordaron años atrás en el Instituto, cuando eran novios. Había transcurrido mucho tiempo, volvieron a mirarse y cogidos del brazo se alejaron de aquella esquina primero maldita, luego bendita. En la otra acera se besaron. Ambos pasaban por momentos difíciles y una luz de esperanza se abría en sus caminos.

       Había quedado con él dos días después de un encuentro desgraciado y fortuito que se volvió afortunado. Se dirigía al lugar de encuentro, nerviosa, mirando al móvil por si él la llamaba, por si había cambio de planes. Cruzó la calle, un camión se cruzó en su camino y con un golpe gigantesco la lanzó sobre sus brazos. Había tenido la fortuna de morir junto a él mientras una luna blanquecina, ya en cuarto menguante, volvía a arrancar reflejos multicolores al horizonte.

viernes, 21 de abril de 2017

Aprendiz


Hoy he volado más allá de las colinas de poniente. Se diría que el viento me empujó suave pero firme hasta donde nunca antes había llegado. Abajo, divisaba algunos caminos de tierra que partían de chozas donde ladraban algunos perros. Siempre me asombró la capacidad de los perros de adivinar cosas, de reaccionar frente a situaciones que no son perceptibles para los humanos y aun siquiera para nosotros. La lluvia fue en algunos momentos testigo de aquel viaje que dejará marcas imperecederas en mi cerebro.
La mañana había levantado temprano, fría, filtrando las últimas sombras de la noche en una lucha feroz con su propia existencia. El gran grupo despertaba tranquilo, sin prisas, un tanto amedrentado por la escarcha que empezaba a fulgurar con las primeras luces de la mañana.
El “Jefe”, el más sabio, el de las cien aventuras y mil viajes miraba a lo lejos y desplegaba su cuerpo con movimientos y contracciones inverosímiles que permitían a las plumas timoneras catar la dirección y la fuerza de la brisa que también amanecía. No lejos, otros compañeros, algunos aún muy bisoños, miraban atentos y remedaban casi de forma caricaturesca aquel ritual deslumbrante. Fue algo mágico, la gran bola de fuego se adivinó en el horizonte mostrando el borde rojizo potente que incendió su cabeza. Al momento y casi sin esfuerzo se encontraba parado a 100 metros del suelo, disfrutando en contra del viento con su buen hacer y enseñando sus poderes.
La mañana traía hasta nosotros olores frescos de jara y marisma, desde la laguna de los patos, donde el viento siempre sopla, perfumaba las madrigueras de los más dormilones, de los que nunca vuelan.
Había estirado diez veces cada extremidad y movido con celeridad mis articulaciones quizás más de cien. Todo hacía presagiar que el arranque era inminente. Delante los más versados, junto a ellos los veteranos, cerrando el cortejo otros vigilantes que custodiarían a los que como yo, colocados en las dos grandes ramas de la gran V nos estrenábamos en aquella nueva experiencia. El sol se desprendió del horizonte como una gran burbuja roja que inundaba nuestras alas y les daba un color e irisaciones inusitadas. Recordé brevemente el vuelo de quince metros del primer día; los esfuerzos angustiosos e infructuosos de mantenerme en el aire flotando y de no caer rompiéndome un ala al intentar parar el golpe, de las caídas menores los días que siguieron en mi aprendizaje. Hoy la prueba sería muy dura: navegar con el viento y contra él, en lo más alto, donde el cielo se hace todo azul.
La explosión del momento inició la danza de las alas en un desenfreno extravagante. Ya volábamos que digo 100, 500 desenfrenando novedades. Dolían las extremidades y hasta la última pluma. Llovía delicado y refulgente en poniente hacía donde íbamos. Allá abajo levantaba también la naturaleza en un canto rápido.
Volábamos vigilantes, la tierra lejana, casi enana, cuando fuimos absorbidos por una gran nube que se movía a velocidad vertiginosa. El estruendo fue inmenso. Había aparecido rugiendo, inesperado y se había tragado a un compañero como a unos 50 metros de donde yo estaba, salpicándome tozos de su alma y manchándome de rojo amanecer. La gran turbina decapitó a otros dos. Uno de nosotros perdió una de las alas y en torbellino fue aspirado por un embudo gigantesco. Los más aterrados dejaban de mover sus extremidades y caían vertiginosos hacia el abismo que se abría bajo ellos.
Pasadas las colinas de poniente, desde donde también sopla el viento con gran fuerza, aterrizamos bruscamente, aterrados, llorando en un espanto sin fin. Nadie hablaba, nadie miraba, nadie respiraba. La niebla invadía todo haciendo el momento aún más irreal. Todos revisábamos nuestros cuerpos, nuestras alas, evaluando pérdidas y heridas. ¡Y había que volar de nuevo! ¡A casa!
La tarde avanzaba profunda cuando ya regresábamos desde poniente, cansinos, dolidos, con la lluvia cortante azotando nuestras caras. Se ponía  el sol, entre las nubes poderosas que en lo ensombrecían, cuando aterrizamos sobre la arboleda. Me aflojé el hábito y separé las alas. ¡Esto de ser aprendiz de ángel -me dije- prometía ser muy duro, realmente muy duro!


Nota de autor:

Siempre he creído en los ángeles custodios. Niños salvados in extremis, liberados de las situaciones más inverosímiles, en el último suspiro. Vida tras vida, niño tras niño, pero a veces los renglones se tuercen y llega la tragedia. Momentos desesperados e inesperados donde nada puede hacerse. Ellos también aprenden y yo creo que empiezan como hombres, como mujeres, en ejércitos numerosos, volando hasta llenar de experiencia sus momentos difíciles e incluso morir físicamente en el intento, antes de hacerse verdaderamente ángeles. 

jueves, 30 de marzo de 2017

Vida dando magia a la vida (VI)

 La marca sagrada

El frío era inusual desde hacía ya algunas estaciones. El cielo descargaba sin descanso desde la última estación unos copos que vestían con una espesa capa blanca las proximidades de la cueva, como si unos árboles que habitaban junto a la ribera se adelantaran algunas lunas llenándolo de millones de semillas voladoras. Centenares de estaciones separaban aquella escena del terrible terremoto, que junto con el ataque de los neandertales y la explosión de agua casi exterminó a la tribu.
De aquella gruta exterior prácticamente no quedaba más que el recuerdo y una gran piedra manchada de negro, similar a la que se encontraba en la gran cueva de ceremonias, donde se celebraba el fin del día más corto del año. La tribu se había desplazado hacia el sur, buscando tierras más cálidas y generosas, no lejos de donde generaciones atrás, magos y druidas se reunían en las noches llenas de estrellas y de intensos encuentros. Un conjunto de cuevas, escondidas de los senderos, permitía a casi 60 personas alojarse con comodidad, esperando la visita de la gran luminaria del día que les calentaba y alumbraba y, cómo no, a la de la noche que les hacía soñar y esperar momentos irrepetibles. Se diría que la tribu había ganado en diversidad, ya que las mujeres, al igual que los hombres, respondían a estereotipos diversos como si en un desenfreno del solsticio de la estación calurosa, semillas del cielo hubieran sembrado al clan con homúnculos que recordaban a los neandertales ya desaparecidos y a los tatarabuelos de las tatarabuelas de Joks y Gam. Algunos chicos que corrían junto a las charcas tenían narices anchas y frentes poderosas, otros eran más ágiles, aunque sus brazos y piernas estaban más poblados de pelos que los que jugaban afuera con los tirapiedras.
Todo hacía presumir que la gran mayoría se preparaba para la gran fiesta, aunque muchos no sabían qué era lo que se celebraba. Junto al fuego, al fondo de la gran gruta de las ceremonias, reservado de la luz exterior, en grandes pellejos que mujeres habilidosas habían cosido y reforzado con pequeñas y fuertes raíces, se hacía generoso un líquido rojizo que habían obtenido lunas atrás de una bayas dulces pisando, primero, las mujeres y aprisionando con grandes piedras, después, los guerreros. Aquella ceremonia del líquido mágico que hacía brotar carcajadas, nuevas ideas y pequeños duendes que tras volar a la magia los hacía dormir, la habían instaurado Gam y Jocks muchas generaciones atrás, más de las que se podían contar juntando todos los dedos de las manos y los pies. Desafortunadamente, desde hacía tiempo, el líquido que se obtenía al final de la estación calurosa era cada vez más escaso y sin tal líquido la ceremonia no podría celebrarse. Debería ser que los duendes bebían mucho o que los dieses de la ira seguían enfadados.
Los días ya más largos emulaban a las noches y allá a tres tiros de tirapiedras se observaban cuatro enormes piedras alargadas, traídas con gran esfuerzo desde donde sale el fuego del cielo. Entre ellas, un solo día, cada cuatro estaciones, un rayo de luz lograba posarse sobre la marca sagrada, señalando la equidad del día y de la noche y con ello el fin de los fríos y de muchas enfermedades.
Sin embargo, desde hacía varias lunas los días aparecían sin fuerza, nublados y raras veces llegaban los objetos a proyectar sombras sobre el suelo. Desde los clanes vecinos había llegado el rumor que lejos, muy lejos, más allá de donde el mar se hace profundamente azul al amanecer, una enorme explosión había rociado con polvo y cenizas todo el firmamento, de tal forma que incluso los dioses no llegaban a ver desde lo alto a los humanos. Sin embargo, la caza no era esquiva y un ciervo y una cría de búfalo, ya despellejados, se asarían lentamente cuando la magia del rayo de luz indicara que el momento crucial había llegado y que los fríos y lluvias se retirarían por un largo periodo de tiempo.
Una mujer chamán se movía lentamente, sus enormes carnes le impedían hacerlo de forma más rápida. Todos recordaban que de niña era la envidia de muchos de la tribu, pero en las últimas lunas había ganado respeto y envergadura de forma desaforada al igual que su hambre. Sus enormes pechos deberían producir leche capaz de alimentar a cinco pequeños durante ocho estaciones, pensó un muchacho al cruzar brevemente su mirada con la de ella. Dos aprendices la vestían mientras desplegaban al aire movimientos copulatorios que a muchos parecían premonitorios de lo que el sol haría con la estación que hacía florecer a la naturaleza. Pero aquello era tabú y nadie, sino un elegido, podría sembrar su vientre y abrir las grandes fuentes de leche y de vida.
Otras mujeres seleccionaban sobre grandes losas, a la luz de pequeños fuegos, plantas y raíces limpiándolas de insectos y arañas. Mientras, algunos vigías, a la luz de la luna, se apostaban junto a las grandes piedras para evitar que posibles curiosos o enemigos de otros clanes se acercaran en el momento más inoportuno. Faltaban según los más viejos pocas jornadas y nada hacía pensar que la luz de la gran candelaria se abriría camino entre la bruma para pasar entre las piedras e iluminar la marca sagrada.
Una gran nube de polvo pareció levantarse en el horizonte y correr hacia las cuevas en forma de flor que absorbía la bruma, los charcos y los árboles a su paso. Todos se refugiaban en sus respectivas cuevas, cerrando las puertas con parapetos de pieles y cañas que ataban con lianas a piedras cercanas. Llovió sin descanso, parecía que ninguno de los dioses quería nada de aquella maldita tierra sino sembrar el miedo y la muerte.
La mañana se había levantado algo más ligera y luminosa como nadie recordaba desde hacía lunas. Rayos del sol naciente, como dagas, se colaban entre las nubes y la bruma. Todo parecía indicar que la gran ceremonia se celebraría sin tardanza y que en ella una gran fuerza llenaría al clan de energía y esperanza. Mientras la tribu al completo bajaba hacia el tetralito siguiendo despacio los andares de la mujer chaman y los de sus aprendices. La luz del día ganaba en intensidad y todo se preparaba para la gran ceremonia.
El sol ya vestía en lo alto, pero la luna lucía suave, temblorosa, rojiza no lejos en el firmamento. Se diría que ambos habían caído en un encantamiento mutuo, aunque el más fuerte eliminaba poco a poco a la reina de la noche. A lo lejos las aves de la tarde parecía que también acudirían al gran rito, ya que volaban acercándose. Los lobos que día tras día se aproximaban a comer carne dura y jugar con los niños, parecía que se aprestaban a algo extraordinario. Una película invisible se apostaba entre el sol y el clan, haciendo que la temperatura se dejara engañar por los fríos de lunas atrás. La mujer chamán levantó los brazos y gimió un canto incomprensible que hizo temblar a muchos de los que allí estaban. Era como si la luna ahora metiera en sus entrañas al sol, haciendo caer la tarde a toda prisa. Un grito potente desgarró el silencio de nuevo, fuerte, hacia el cielo, mientras una corona de fuego aparecía rodeando a la luminaria de la noche. Los guerreros clavaban en sus muslos los palos de caza. El resto gemía, se clavaba las uñas y ofrecía su sangre al cielo.
Todo era quietud instantánea, recogimiento, nada se movía en el cielo ni en la tierra; solo algunas aves de la noche abrieron sus ojos y se aprestaron a la caza. Esbozos de aullidos se oyeron a lo lejos. La oscuridad se hizo total. Un nuevo grito de la mujer chamán y todo se volvió milagro, borrando despacio la oscuridad y la zozobra, mientras que las crías de búfalo acercándose a sus madres, y ya sin miedo a la noche inoportuna, mamaban con fuerza. Las aves levantaban de nuevo su vuelo hacia el horizonte hacia donde el agua sabía a sal.
Desde lo lejos un haz de luz se abría camino y cruzaba entre dos enormes piedras verticales que miraban a levante y avanzaba hacia otras algo más pequeñas y más juntas en poniente para besar acariciando la marca sagrada.


martes, 21 de marzo de 2017

Y llovieron lágrimas


He lanzado voces de soledad buscando ecos.
He boceado en mi soledad esperando oír tu silencio.
La noche siempre es amplia y profunda
y su sensual velo abre viejas heridas y deja escapar ansiados sueños.
¡Qué bien se me da la búsqueda irreal de cantos de sirenas!

Hace años desde que deambulo, al despertar, borro de mis pocos recuerdos
tu boca ausente y con ella tu sonrisa etérea.
Se diría que el eco de mis gritos despierta matices que
se hacen invisibles cuando en la madrugada el sol se estira.
Luego el día aísla tu recuerdo en un sinfín de historias.

Llueven lágrimas enrojeciendo al campo,
a la luz que filtra entre los árboles, a mi propio yo.
Llueven lágrimas sobre mi espíritu y hacen aún más difícil mi existencia.
Es como si el cielo lanzara miles de frutos rojos
reclamando algo más auténtico, algo mejor hecho.
Late mi yo evitando la agresión, pero los impactos son muchos y dolorosos.

Vuela mi imaginación como la manada de patos al atardecer,
Hacia su cobijo entre los juncos, en la laguna próxima.
En el agua, la luna ha abierto, junto a la islita,
un silencio absoluto donde se adivinan unos ojos,
donde las lágrimas enrojecen el agua como antes lo hizo la tormenta.

De nuevo llueven lágrimas por doquier y mis sueños se esconden más allá de los juncos,
donde a mi corazón pregunto si son seguros mis pasos,
yendo y viniendo de un sueño a otro, de un silencio a otro,
donde de nuevo tu sonrisa se adivina y me acoge,
donde tu silencio parece contestar a mis voces.



Enero 2017

domingo, 5 de marzo de 2017

Vida dando magia a la vida (V)

La noche cruel

Una sensación extraña movió su cuerpo. Nunca había vivido algo equivalente. Su cuerpo había sentido un traqueteo corto que le recordó los juegos de niños a guardar equilibrio sobre grandes piedras que otros chicos empujaban y tiraban hacia sí. Recordó especialmente aquel viaje con su padre a un campo de rocas de formas caprichosas. Jugaban y saltaban y debían moverse sobre una gran piedra vertical que se apoyaba de forma inestable sobre otras. Enseguida recordó  las palabras de la gran matriarca cuando hablaba del gran movimiento de tierra que asoló su tribu y del horror que había vivido hacía varias generaciones. Luego se tranquilizó, había sido tan corto que excepto para él había pasado desapercibido. Todos dormían.
Los restos incandescentes de la hoguera del interior de la cueva dejaban entrever que algunas semillas que un momento antes estaban amontonadas, se encontraban desperdigadas por el suelo, junto al hogar, como a veces ocurría cuando los niños jugaban corriendo por aquella zona de la cueva. Dormitó un poco, pero bruscamente se levantó. El creía haber oído, cuando su cuerpo se desplazaba ligeramente de un lado a otro, un ruido seco más allá del fondo de la gruta y le movió la curiosidad. Cogió una antorcha apagada y la encendió con uno de los rescoldos de la hoguera. Justo en la zona izquierda de la gruta, detrás de los recipientes de agua, se había abierto una grieta que bajaba del techo hasta como a dos brazos del suelo. Con su cuchillo y unos palos desprendió fácilmente unos trozos de pared hasta que un agujero del tamaño de una cabeza permitió meter la antorcha y atisbar desde la otra parte de la grieta. Era una cueva inmensa con un pequeño lago interior. En el centro una columna gigantesca parecía sostener toda la cueva interior. Junto a ella un riachuelo traía agua y se colaba por un agujero hacia las entrañas de la cueva. No obstante, cerca de la pared donde él estaba adivinó grandes rocas desprendidas por doquier y agua retenida que no filtraba hacia el agujero y que empezaba a crear grandes charcos. Gam y algunos curiosos, despertados por el ruido y la luz se acercaron a Jock y ayudaron a agrandar el agujero, iluminado con otras antorchas el espacio ignoto de la caverna recién descubierta.
La tribu andaba algo revuelta y un tanto inquieta. En la ausencia de los dos brujos se había visto a menos de una jornada de camino a otros seres, que como ellos se movían y corrían sobre dos extremidades. Aquellos eran más corpulentos. Los vigías describieron cómo después del ataque de un “Gran Padre”, los dos que sobrevivieron en la lucha terminaron comiéndose al que falleció entes de que en el firmamento apareciera la gran luminaria de la noche. Jock pensó para sí que entre cazadores y guerreros era común presumir de actos y exagerar contando historias para hacer lo más patente posible poder y jerarquía. No obstante era evidente que deberían estar alerta ya que según había oído raras veces se comportaban aquellos seres de forma amigable.
Aquella noche la tribu se había reunido junto a la gran hoguera, cerca de la boca de la cueva. Olía a humedad y algo de agua filtraba desde la caverna interior hacia el interior de la cueva. Fuera la temperatura de la noche permitía gozar de un firmamento sin luna plagado de pequeños puntos luminosos que se agrupaban formando miles de imágenes imaginarias. Muchos niños dormían en brazos de sus madres y nodrizas. Tres piedras silbantes derrumbaron a sendos guerreros, mientras un palo de caza atravesaba la cabeza de otro después de haber entrado por su ojo izquierdo. Jock sacó su cuchillo de mango de hueso y preparó su tirapiedras, pero no sabía de donde procedía el ataque ni quien había realizado tan execrable acto. Los señores de la noche y sus ancestros debían estar profundamente furiosos tras el atentado brutal contra la tribu.
El caos era total, mujeres y niños corrían por doquier, muchos por el interior de la cueva, otros intentando esconderse en la gran caverna que se abría llena de agua, al fondo izquierdo de la cueva. La lucha levantaba charcos de humores. Un gigantón se enfrentaba a Jock que con un movimiento veloz y seco cortó los testículos de aquel que se aprestaba a aplastarle la cabeza con una piedra. Un chorro de sangre salpicó su cara, mientras que de una brecha de su cabeza brotaba con fuerza más sangre, mientras su enemigo se retorcía de dolor e impotencia. Las mujeres en grupos rodeaban a otros atacantes y los golpeaban con palos ardientes, mientras que alguna de ellas perdía la vida ante el ataque de aquellos monstruos. Nadie podía imaginar el móvil de aquella acción tan sin sentido.
Las luces del día entraban solapadamente en la gruta. Había sido una noche cruel. Ninguno de los atacantes había sobrevivido, pero la masacre se había sentido en la cueva. Su cabeza daba vueltas y el dolor era tan intenso que invadía todo su cuerpo, parecía que su muñón era ahora más corto y sangraba. Tendría que tomar el extracto de la corteza de los árboles cuyas ramas largas parecían un llanto a la naturaleza y embadurnarlo con las hojas que tiempo atrás le salvaron la vida.
Un gran estrépito se abrió bajo sus pies. El suelo se movía con traqueteo imparable haciendo aún si cabe más angustioso el momento. Gam abrazaba protegiendo a su hijo sin saber bien hacia dónde ir. Parecía que el temblor no tenía fin. Parte de la entrada se desplomó haciendo más estrecha la salida de la cueva mientras la grieta del fondo se abría vertiginosamente y estallaba desgajando gran parte de la pared. Una avalancha de agua barrió la cueva arrastrando enseres, palos, piedras, instrumentos de caza, personas y animales. Gam y su hijo fueron arrastrados con fuerza bien lejos de la cueva y sus cuerpos quedaron inconscientes junto a los cadáveres de dos Neandertales. Una de las matriarcas había perdido la mandíbula inferior y su cara parecía la de un ser monstruoso de las historias de los guerreros. El agua teñida de rojo regaba el valle y se mezclaba con el verde esmeralda de los prados y el violeta de las flores creando una imagen de los días finales de la estación húmeda. Un brazo asomaba entre el barro y algunas mujeres ya cadáveres tenían el pecho ensangrentado por la pérdida de los pezones. Todo era dolor y muerte. Solo Jock intentaba mantenerse firme y aguantaba las lágrimas para dar fortaleza a sus compañeros supervivientes. Buscó sus hatillos en los que guardaba celosamente las plantas medicinales, pero sólo encontró uno. Dentro una vejiga de ciervo llena de grasa y restos de plantas permanecían intacta. Aquí y allá se oían lamentos. Aplicó su remedio salvador sobre las heridas abiertas de unos. A otros moribundos con heridas abiertas por donde se salían las tripas y los huesos les dio el jugo de la muerte. Buscó desesperadamente por la cueva y empezó a palidecer y creyó que nada le devolvería a sus dos seres más queridos.
La gran luminaria del día lucía en lo alto potente. Casi por azar adivinó unos bultos allá a lo lejos. Gam permanecía hundida en el barro y sólo parte de su cara ayudaba a mantener fuera de peligro a su hijo. La dureza del momento no superaba ni a las catástrofes mayores que habían puesto en peligro la supervivencia de la tribu durante muchas, muchas lunas.
Con la ayuda de una de las mujeres y un tullido levantó la cabeza medio sumergida de Gam, mientras que otra limpiaba y besaba al niño que empezaba a llorar. Abrió su boca y retiró restos de barro. Luego se dirigió a Gam y abriendo su boca la limpió cuidadosamente con agua que alcanzó de un charco. Dos tapones de barro escurrieron de las ventanas nasales de la mujer. Introdujo en su boca pequeños fragmentos de flores alargadas como dedos, de color malva-rojizas junto con un poco de agua que fortalecería su corazón que aun latía. Mientras el tamaño de su vientre señalaba que otra vida se abría camino.


domingo, 26 de febrero de 2017

Vida dando magia a la vida (IV)

El camino de vuelta a casa

El reducto de los brujos quedaba ya a media jornada cuando la gran luminaria apuntaba por poniente que no llegarían más allá de las colinas y que tendrían que buscar abrigo que los escondiera de los posibles acechos de la oscuridad. Los hatillos que portaban no eran pesados, pero si voluminosos y exigían concentración y pericia para portarlos evitando que su contenido pudiera deteriorarse.
Llevaban algo de grasa que facilitaría encender una hoguera que les calentara. Además ya habían visto correr algunos conejos y volar bajo a aves de cola larga. Y no les sería difícil asar uno al fuego. Jock desde que perdiera su mano había ejercitado con primor su extremidad opuesta y había llegado a ser un experto usando el tirapiedras para atontar, si no matar, a pequeños animales desde distancias mucho mayores a las que un brazo poderoso haría llegar.
Tras un largo caminar y atardeciendo, el disco luminoso se aprestó a reflejarse en charcos no lejanos a dos oquedades que parecían abrirse hacia el interior de la tierra. Aquellas dos bocas no eran fácilmente visibles desde lo lejos por la presencia de árboles que empezando la estación lluviosa daban unos frutos marrones por fuera y blanquecinos por dentro, que servían de comida a ciervos, a cochinos de largos y curvos dientes y a pequeños animales de colas amplias de largos pelos.
Cuesta arriba pisaron los charcos de colores rojizos que se extendían en las pequeñas explanadas haciéndolos pedazos y levantando pequeñas olas de luz violáceas y anaranjadas. Se diría que apestaba a humedad y silencio, como si alguien al acecho estuviera alerta y fuera capaz de todo y de nada.
Dentro olía a rancio, a cueva no usada desde hacía muchas estaciones. Con pelusas de animales que encontraron enganchadas en la retama improvisaron una antorcha. Un palo y grasa de animales hicieron el resto. Tras un buen rato, Jock consiguió encender la hoguera salvadora. Había perdido rapidez generando fuego, pero su muñón apretaba seguro contra su mano derecha el palito que vertiginoso iba y venía girando sobre la tablilla y la yesca, consiguiendo siempre prender una llamita que crecía con ayuda de soplidos entrecortados y potentes, pequeñas ramitas, palos y más grasa. Buscó entre los sacos y escogió unas hojas y ramas. Las olisqueó y dio a valorar a Gam. Ambos asintieron y prepararon brevemente el fondo del escondrijo para pasar la noche.
Aullidos de lobos sonaron en la distancia. Junto a un charco dos ciervos, un cervatillo y pequeños roedores bebían vigilantes la llegada de predadores con orejas puntiagudas y dientes poderosos. Preparó su tira-piedras y seleccionó con una mirada tres piedras del tamaño de huevos grandes. Un silbido corto se estrelló contra un animal de rabo largo que se deslizaba lento hacia los bebedores y ya presto al ataque por sorpresa. Una segunda pedrada lo volteó a corta distancia del borde de uno de los grandes charcos.
Se había interpuesto a los designios de la naturaleza, rompiendo el equilibrio vida-muerte en aquellas tierras silenciosas. Un escalofrío corrió por su espalda, los ancestros del cazador no pararían hasta darle a él caza -pensó. Bueno estaría vigilante. Si había escapado a un “Gran padre” ¿cómo no lo haría ante las pequeñas amenazas de aquellos pequeños ancestros? Los ciervos y los otros animales se alejaron cuando a lo lejos la luna encendió la silueta de Jock en un fondo de cielo apagado tras el atardecer.
Con un palo movió el cuerpo del depredador y observó que de su boca pendía un hilo de líquido rojo que le recordó al que había visto brotar muchas veces en cacerías o cuando las agujas de algunas plantas cortaban o pinchaban su piel. Aquel líquido debía ser, el vínculo con la vida, no cabía duda que cuando brotaba con fuerza avisaba de que la vida cambiaba de morada. Tendría que hablar con Gam de aquello y tratarlo en el próximo encuentro de brujos, -pensó.
Arrastró el cuerpo al interior del escondrijo y con destreza separó la piel. Aquella pieza no era pequeña y serviría su piel para abrigar a su hijo cuando vinieran las nieves y los fríos. Una mirada al firmamento le sacó de su ensueño. La gran luminaria de la noche brillaba con fuerza rodeada de halos de colores que hacían entre ver tiempos difíciles para todos. En los charcos se creaban oleadas de luces suaves que se movían agrandando y achicando la boca negra de la cueva, con la brisa de la noche. Comieron despacio saboreando el regalo de la naturaleza y pensando que tal vez el destino los llevaría de nuevo rápido hacia su tribu, hacia sus compañeros y hacia su hijo.
La mañana levantó brumosa. Nubes bajas hacían difícil ver nada más allá de los charcos. Recordó la escena de caza y se sorprendió una vez más de su puntería. El “Gran Padre” que segó su antebrazo había abierto caminos insospechados e increíbles en su existencia. Gam se acurrucó un poco, tapándose con algunas pieles y ramas, para huir de la humedad del amanecer. Jock la besó con cariño y le acercó un poco de agua limpia y algunas semillas. Al poco rato el sol cortaba a lo lejos las nubes e iluminaba nuevas montañas y valles, a dos soles de camino. Manadas de grandes búfalos rumiaban a lo lejos; el color brillante de la hierba, salpicada por flores violáceas mojadas por rocío, creaba una atmósfera insuperable.
Corrieron en su camino casi tan rápido como el gran espíritu de la luz, del calor y de la vida. Se diría que a lo lejos, pequeñas siluetas trazaban caminos de tibieza y lugar seguro. Nada explicaba aquella sensación angustiosa, aquella llamada desde su interior, que desde hacía media luna martirizaba su existencia y raptaba sus sueños por las noches produciéndole dolores insoportables –pensó Gam.
La llegada a la cueva fue todo un acontecimiento. Los vigías los habían avistado hacía rato y la gran matriarca reunió a todos, junto a una hoguera que manos no muy expertas habían encendido para recibir a Gam y Jock. Despacio, con movimientos y palabras ceremoniosas hablaron de su viaje. Muchas cosas quedaron en el secreto de los brujos y de los atardeceres. La sola visión de las pieles llenas de extrañas plantas era tranquilizadora para todos, menos para la pareja, que sabían que las plantas eran necesarias sobre todo en momentos difíciles, cuando la vida, cuando los espíritus se inquietaban ante la soledad extrema, pero que también raptaban a los seres queridos infundiéndoles el sueño eterno. 

sábado, 18 de febrero de 2017

Vida dando magia a la vida (III)

Un encuentro de brujos y una premonición

Rozando la noche más calurosa y corta de la estación seca se habían reunido con otros jefes de otras tribus, a varias jornadas de distancia de su amada cueva. En ella, su hijo, había quedado al amparo de otras mujeres que a su vez cuidarían de sus propios hijos.
Entre los brujos y chamanes existía respeto y se evitaba cualquier mención a tabúes y zonas de caza; sin embargo, era preceptivo hablar de los ritos ancestrales y de los remedios que se acuñaban durante tales ceremonias. Solo algunas mujeres tenían acceso a aquellas reuniones, entre ellas destacaba la gran matriarca que conociera el terremoto devastador de cuatro generaciones atrás y aquella mujer cuya fama había llegado hasta donde el agua sabía salada, por su vigor, arrojo y sabiduría evitando la pérdida del líquido rojo de la vida de Jock.
Druidas, chamanes y brujos portaban en sus grandes sacos otros más pequeños con plantas, hojas secas, raíces, vejigas de animales llenas de grasa en donde se mezclaban hojas pulverizadas durante días por el golpear y rozar de piedras. Desde aquella planta cuya raíz recordaba a un homúnculo, a un ser vivo, cuyo nombre se evitaba nombrar, hasta el alucinógeno de los magos de las montañas, que parasitaba a grandes árboles chupando el líquido que los mantenía vivos, todo era magia. Aquel, mostró una seta roja rodeada de musgo verde, para que no perdiera sus propiedades alucinógenas. Otro enseñó un vegetal que recordaba un falo maloliente y que aseguraba potencia eterna. La matriarca mostraba la planta de grandes hojas y flores blanquecinas que cambiaba el aspecto de sus ojos haciendo borrosa la visión. Algunos brujos exponían y mordían con cuidado cuernecillos negros adosados a espigas que producían extrañas sensaciones. La mayoría enseñaba y hablaba de plantas y frutos que exudaban líquidos blanquecinos que apagaban el dolor. Otros apretaban entre sus dedos bolitas violáceas cuyo jugo amargo-oleoso ayudaba a mantener la piel joven. Uno con tez morena y aspecto y formas distantes revelaba unas raíces que recordaban a los seres reptantes cuya picadura apagaba la vida, y aseguraba que curaban la demencia de los mayores. El más fuerte mostró raíces, como palos, cuyo jugo al mascarlas dejaba un sabor dulce. Por último no faltaban las plantas que llamaban al sueño y los frutos verdes que crecían cada dos años, cuyo jugo al tragarlo producía la muerte física. Pero la más reclamada de todas las plantas fue la que salvó a Jock de morir. Gam la mostró con sigilo y misterio. Todos creyeron reconocer a esa planta verde que al tocarla producía gran escozor. Ahora estaba seca, incluida en una masa blanquecina, en el interior de unos recipientes de piedra pulidas por el roce de otras piedras que servían para obtener puntas de flechas, cuchillas para separar pieles. Todos la tocaron, y llevaron a la punta de la lengua para tener una impronta generosa de la misma; algunos se hacían cortes en los brazos para comprobar los efectos milagrosos de la misma. Jock también habló de una piedra que mantenida en agua junto al hogar, donde se cocían animalillos y plantas, tenía la virtud de maniatar el veneno de la mordedura de los seres que horadaban la tierra y se movían deslizándose. Nadie le creyó, excepto Gam.
Por la noche, el firmamento sorprendía por su cuajar de estrellas. Una gran hoguera incitaba a bailar y beber brebajes que elevaban el espíritu más allá de las luces colgadas en la oscuridad del cielo. Plantas que daban olor y crepitaban hacían el momento más intenso. Algunos pintaban sus rostros con jugos de plantas, pareciendo aún más brujos. Se diría que otros volaban montados sobre ramas de retamas hacia cielos imaginarios donde se harían eternos.
Gam y Jock se perdieron por el bosque buscando engendrar nueva vida. La noche se hizo mágica en aquel encuentro; lechuzas y grillos armonizaban sus éxtasis y desgarros. La mañana se presentó pronto mientras muchos dormían junto a los rescoldos. De nuevo historias, encuentros, secretos y nuevos repartos de plantas y conocimiento llenaron su existencia durante dos jornadas.
El tercer día muchos hablaron de un lago gigantesco a cuyas orillas crecían plantas y había caracolas. Plantas que almacenaban en sus raíces ese sabor salado que necesitaban chupar para no morir como cuando falta el agua. Aquel gran lago no estaba lejos, bastaba cruzar aquellos montes y desde arriba se vislumbraba una enorme extensión de agua que incitaba a pensar que el mundo seguro terminaba donde ellos estaban. Recogieron muchas plantas algunas que flotaban en el agua de color marrón, otras verdosas, otras rojizas. Todas eran raras, algunas resbaladizas y muy llamativas recordando aquellas plantas que crecen en los bosques y que nadie aun sabe de sus propiedades. Regresaron al lugar de reunión y volvieron a intercambiar experiencias y sueños.
Una sensación extraña recorrió el cuerpo de Gam, bien temprano. El ser del firmamento que daba calor todos los días, empezaba a dar también luz rompiendo tinieblas y parecía hablarles, contarles una historia desde muy lejos. Alguien los llamaba y no sabía por qué. Temió que los señores de la noche hubieran raptado la semilla que ya crecía en su interior y besó a Jock. No fue necesario nada más, sin despedirse cogieron sus pieles llenas de nuevos misterios y se encaminaron deprisa, de vuelta, hacia su tribu. 

martes, 14 de febrero de 2017

Vida dando magia a la vida (II)

El poder de la magia

Desde hacía varias lunas la tribu se esforzaba para que la nueva cueva estuviera lista para la fiesta del equinoccio. Todos deseaban que llegara esa fecha a partir de la cual los días durarían más y la tierra brillaba con todo su esplendor. En ella se invocaba a los ancestros en los ritos más inverosímiles.
Habían pasado muchas estaciones desde que Jock perdiera su mano y parte del brazo en la lucha con un “Gran Padre”. Ahora todo era diferente. En la benevolencia de las cosechas y del cielo, la tribu había duplicado su población. Ya casi nadie recordaba la época de escasez, la tormenta de fuego, la lucha por la supervivencia. A pesar del esfuerzo de Jock y Gam, había sido imposible ampliar algunas galerías de la antigua gruta. Aguas subterráneas, ya crecidas y casi a flor de suelo, hacían imposible la vida en la zona que miraba al norte de la misma. Además, allí jamás llegaba ni el más mínimo rayo de sol, aspecto que incrementaba aún más la sensación de frío, mientras que la falta de ventilación impedía abrir y mantener en funcionamiento otro hogar.
Con destreza su muñón sabía retener contra su cuerpo cualquier cosa, desde comidas a ramas, pasando por piedras y hojas para el ritual de la estación que hacía menguar las noches coincidiendo con las nieves y los fríos. En las lunas que siguieron a la gran lucha, la pareja había reactivado el contacto con la naturaleza y con ellos mismos, se diría que habían crecido en el conocimiento sobre nuevos remedios para el cuerpo y para el alma y su sabiduría había medrado como el niño que lo sacara del sueño de la muerte.
Llovía a cántaros. Desde hacía jornadas el agua no paraba de caer, y parecía que todos los hechiceros del cielo se habían puesto de acuerdo para ahogar a los seres infelices de la tierra. Poco a poco la temporada de lluvia fue amainando. Las luces de la aurora empezaban a llenarlo todo. Había llovido torrencialmente y grandes lagunas se extendían enfrente de los pobladores de aquellas cavernas. Los niños no habían visto nunca tanta agua y por tanto no estaban acostumbrados a que los dejaran jugar y chapotear. Pero hacía calor y la gran matriarca consideró que era una buena oportunidad para que aprendieran a sumergirse en el agua hasta la altura de la cabeza, y a permanecer dentro de la misma sin que ello implicara auténtico peligro. También aprenderían a deslizarse en la orilla de las enormes charcas sobre la arcilla resbalosa y a guardar el equilibrio. Era sin duda un buen ejercicio de iniciación a la caza, ya que muchos de los guerreros y cazadores debían acercarse a los ríos y los lagos para cazar aves y animales e incluso coger peces que se acercaban curiosos a las orillas de los mismos. Por las noches algunos animales pequeños abrevaban en las lagunas, pero ningún “Gran Padre” osaba acercarse y beber agua de ellas, dada la cercanía con la cueva y los posibles cazadores.
Durante muchas jornadas los niños jugaron en las lagunas, cuyo nivel de agua menguaba de forma relevante cada Luna. El agua se mezclaba con la arcilla que cubría los cuerpos de los niños, dándoles un color rojizo y frenando el ataque de los parásitos. Los niños hacían bolas con la arcilla y se disparaban proyectiles con las manos durante largos periodos. Algunos impactaban en la cara y el pecho haciendo reír y desternillarse a muchos de ellos y de los mayores que los contemplaban.
Dos de los más traviesos corrían uno tras otro embadurnándose de arcilla. El mayor persiguió veloz al pequeño con barro en las manos hacia las proximidades de la entrada de la gruta junto a la boca de la nueva cueva y lo acorraló junto a un hueco amplio no muy profundo cuyo techo en curva lo protegía de las inclemencias del día y de la noche. Tras un movimiento esquivo por parte del pequeño, el niño mayor plantó sus manos embarradas en la pared, para seguir corriendo de nuevo tras el pequeñajo.
Días después Gam observó boquiabierta la imagen rojiza sobre una zona algo más blanquecina de la pared y pensó que los espíritus enseñaban sus manos en señal de amistad por los juegos y aprendizajes de los infantes. Gam vigilaba desde entonces las proximidades de la cueva y el lodazal de las pequeñas charcas donde jugaban y se rebozaban los pequeños. La misma pelea, el mismo juego, carreras similares dieron lugar a que nuevas manos quedaran impresas sobre algunas zonas de la pared.
Aquella noche Gam y Jock comentaban y discutían sobre aquel objeto de la magia que sin querer los niños habían poseído. Gam buscó arcilla roja limpia y casi seca y la mezcló con diferentes grasas de animales y se la llevó a la boca masticándola e impregnándola de saliva hasta obtener una pasta semilíquida. En un abrir y cerrar de ojos, sin percatarse, pisó un poco de arcilla y resbaló mientras que su cabeza y boca chocaban con gran estrépito contra la pared vertiendo y derramando la pasta arcillosa alrededor de la mano que se apoyaba en la pared, mientras perdía el conocimiento y se desplomaba. Jock al verla en el suelo temió por su salud y la levantó en brazos y la llevó a la cueva, dejándola reposar sobre las pieles que formaban su lecho.

Dos lunas después, ante la mirada expectante de niños y mujeres mayores, Gam abría los ojos, sin recordar lo que había sucedido, y preguntaba sobre la tribu y cuánto tiempo había estado ausente. Varias lunas después la tribu celebraba en la nueva cueva que Gam era de nuevo su Chamán y que los niños habían descubierto cómo entablar amistad con los señores de la tierra y con el alma de sus ancestros. 

miércoles, 1 de febrero de 2017

Vida dando magia a la vida (I)

Después de haber escrito una historia fantástica hace unos días, me he sentido animado y he dado luz a otra, probablemente más aburrida, pero si quieres más farmacéutica, más boticaria. Mi querida Kirke me ha mostrado que ella es un poco bruja y por tanto hacedora de encantos y venenos que tan pronto sanan como quitan vida, si no es que te convierten en animales prodigiosos que luego aman o renacen en su existencia. Los farmacéuticos, al menos los antiguos, nos hemos sentido dueños del conocimiento de las plantas, de sus valores y propiedades. Nos hemos sentido chamanes y hacedores del bien a través de los espíritus que en ellas se encuentran. En un mar de prisas y de no saber hacer, hoy todo eso parece olvidado, pero a mí, hace ya muchas generaciones, me salvaron la existencia.



Vida que genera vida

Aquel olor en el ambiente no le resultó desconocido. Miró a la lejanía y atisbó algunos nubarrones; el viento olía a tormenta seca. Se aprestó a encender la gran hoguera. Aquella ceremonia sólo la hacían los elegidos. Desde que el viejo chamán le enseñara años atrás, no había dejado de hacerlo, sólo, día tras día, incluso cuando una picadura de un escorpión lo puso a las puertas de la muerte. Pero aquello era algo más que mantener alejados a los señores de la noche. Aquello era la vida, el calor que mantenía unida a su tribu, el símbolo de la existencia y del espíritu luminoso en las profundidades ignotas de la oscuridad.
Una sonrisa se encendió en su cara, pero un relámpago la apagó al instante. El rayo había caído cerca. Un estampido colosal llenó la cueva y el eco hizo temblar algunas tinajas llenas de agua que se almacenaban al fondo, junto a montones de semillas que se desparramaron por el suelo e hicieron vibrar a sonajeros de conchas que esperan a la primavera para entretener a los más pequeños en sus burdas cunas.
De nuevo volvió a sonreír, pronto llegarían las grandes lluvias que harían posible el milagro de cada cuatro estaciones y todo se llenaría de vida y de alegría. Se imaginó a pequeños corriendo por aquí y por allá, tocándolo todo, jugando y sembrando júbilo. Habían sido tiempos difíciles; poco que comer y un espíritu maligno que había raptado a su chamán, a sus padres y a una veintena de niños famélicos con sus madres. Tampoco los hombres que marcharon lejos a buscar otros nichos habían regresado y de aquello ya hacía casi siete lunas. Se diría que allí no había otra cosa que su esperanza. Recordó brevemente aquella vez que con otros de la tribu cruzó un brazo ancho de agua salada que separaba dos grandes cordilleras. Iban a la búsqueda de plantas silvestres que crecían en la otra orilla a una luna de camino. Aquellas plantas mejoraban la salud y hacían fuertes y fértiles a las hembras y a los guerreros que las tomaban al salir la luna llena.
Un hilillo de humo arrancó de la punta de una rama lisa junto a sus pies y se lanzó como empujado por un resorte a soplar suave, pero acertadamente hasta que la yesca empezó a arder. Luego con la mano izquierda acercó unos palitos y más hierba seca, todo iba como de costumbre. El viento arreciaba y debía darse prisa. Luego llenaría con grasa su escudilla y encendería también el hogar al fondo de la cueva, antes de que las mujeres y los niños volvieran de recoger raíces y pequeñas ramas.
Miró a lo lejos y adivinó un grupo que se acercaba de prisa. Más allá, mirando a las colinas, el rayo había creado una antorcha que haciéndose cada vez más brillante armonizaba con los rayos del sol que se colaban entre las nubes. Si el viento no menguaba, la lengua de fuego se extendería peligrosamente por el valle alejando pequeños animales y aniquilando algunas plantas y raíces que servían de sustento en aquellos días –se dijo.
Al fondo de la cueva, las sombras que proyectaba la gran hoguera de la entrada, se movían veloces. Las mujeres que habían quedado en la gruta se agitaban veloces preparando, recogiendo no sé qué antes de que el grupo recolector llegara. La potente hoguera junto a la puerta ya sugería las proximidades de la noche. Aseguró una lianas que mantendrían las defensas contra el viento y, si llovía, evitarían que se apagara el fuego protector.
El silencio heló su existencia y sintió incertidumbre y frío. La cintura de su compañera había crecido, y como había visto en otras ocasiones, también ocurriría el milagro en unas pocas lunas. Pero no siempre venían bien las cosas, muchas mujeres morían en el parto y los niños con ellas –pensó. Era algo que las mujeres llevaban muy en secreto, se diría que la estación de las flores las poseía y que como magia su cintura crecía y crecía, para de pronto deshincharse y aparecer al atardecer casi arrastrándose con una criatura entre sus brazos que no paraba de chupar de los pezones y de llorar cuando no lo hacía. Él había visto el nacimiento de cervatillos, a lo lejos entre la maleza, pero el de los nuevos miembros de su tribu era tema tabú. Sólo las mujeres mayores cuidaban de las jóvenes antes de que ellas se perdieran entre los árboles buscando algún sitio, alguna rama donde poder agarrarse para poder parir con fuerza.
En las noches frías sus cuerpos habían viajado juntos por un sinfín de rincones. No entendía que era lo que hacía que se buscaran hasta unirse en un yo profundo. Desde hacía cinco lunas, cuando ella vomitaba los huevos y algunas semillas que el daba, no había vuelto a disfrutar a soñar con aquello. No paraba de anhelar sus abrazos y los rincones de su cuerpo, pero intuía que algo inmenso crecía en el seno de la mujer que amaba y eso  era algo muy importante, quizás su primer hijo o su primera hija. Se lo imaginó cazando a su lado y aprendiendo las artes de las plantas y del fuego.
Ya se escuchaban en la cueva el ruido de pasos y las risas de los niños pequeños jugando y saludando a los recién llegados. La recolección había sido parca y solo tres pieles venían medio llenas con raíces y una con semillas, muchas de ellas ya fruto del ataque de pequeños animalitos, como los que picaban y hacían molestas heridas, y que también eran cada día más escasos. Tendrían que salir pronto a buscar más comida si querían sobrevivir a la estación de las lluvias y del frío.
Se acercó a la boca de la gruta y se llenó de espanto. A lo lejos el fuego crecía sin freno y barría sin piedad lo que encontraba. Un sinfín de centellas llenaba el cielo encendiendo nuevas hogueras y haciendo trepidar el suelo. Corrió al hogar y llamó a todos con un profundo gruñido. Los espíritus deberían estar contentos para que ellos también lo estuvieran -señaló. Algunas pocas mujeres preñadas se movieron torpemente hacia el brujo que iniciaba algo mágico, inentendible, que en sólo dos ocasiones de su vida había invocado desde que se hiciera responsable de la tribu. La noche se antojaba larga y peligrosa.
A pesar de la profundidad de aquel reducto y la lumbre vigorosa del hogar, las centellas exteriores salpicaban de luz las caras horrorizadas de los niños que se apretaban contra sus madres. Algunas ramas y semillas ardieron con estrépito y llenaron de humo y aroma la totalidad de la cueva. Aquel olor a plantas serenaría a los espíritus de sus ancestros, del cielo, y del fuego y devolvería la paz a los seres de la noche. Fuera el viento rugía con fuerza haciendo el momento aún más increíble. Un remolino colosal arrancaba árboles ardientes y los elevaba lejos, llenado todo de fuego. La ceremonia se hizo íntima. Todos murmuraban repitiendo las palabras del joven chamán una u y otra vez hasta caer exhaustos. Dos de los guerreros tomaron sus palos de caza y los hicieron chocar con estrépito acallando el ruido exterior de la tormenta. Otro golpeaba unas pieles tensas creando un vibrar profundo que avivaba el éxtasis. Algunas mujeres jugaban con manojos de caracolas unidas por pequeñas ataduras creando un momento insuperable.
Poco a poco el sopor se fue adueñando de todos hasta que sólo él quedó despierto. Su hembra resplandecía con matices azules, amarillos y rojizos que llegaban desde el hogar, mientras que su vientre parecía cambiar lentamente de tamaño y de forma empujado por algo que se movía en el interior.
El viento arreciaba, nada movería al grupo a arriesgarse en plena noche, ni siquiera si ella se pusiera con dolores de parto, -pensó. Miró fuera, las últimas luces de la noche estaban desapareciendo y con ellas la tormenta, mientras sus pensamientos llamaban a los espíritus de sus ancestros para que protegiera a la tribu, a su esposa y su hijo. El espíritu de la noche, ya más tranquilo, incitaba a dormir. Poco a poco fue cayendo en las redes de los sueños y las pesadillas.
Los días pasaban lentamente, la tormenta de fuego había arrasado los campos vecinos y la leña y las ramas eran cada vez más escasas. Aquella noche, hizo el rito de la hoguera con la mitad de las ramas. Miró a la noche y la encontró tranquila. Todos dormían y él se entregó a su alma. En el cielo las estrellas crepitaban haciendo un cielo hermoso. El cansancio se apoderó de él y se entregó a sus ancestros.
Un ruido silencioso lo sacó de sus sueños y puso alerta. Junto a su cama de pieles, dormía tranquila su mujer, con el vientre cada vez más voluminoso. Buscó un cuchillo de mango de hueso que había fabricado muchas lunas atrás, cuando sus manos y su cuerpo le hicieron hombre. El fuego del hogar se había transformado en rescoldos, y fuera, la hoguera, no era nada más que una columna de humo. Dos ojos brillaron en la penumbra y el pánico le apretó aún más contra su cama y su ser querido. Aquello se movía sigiloso, husmeando a veces, otras reptando, acercándose a aquel que olía a miedo, a aquel que adivinaba su víctima, a su enemigo.
Un rugido inmenso llenó la cueva y una masa dos veces su tamaño se irguió y apresto al ataque. Con destreza clavó sobre el pecho de la fiera el cuchillo haciendo brotar un manantial de sangre. Un zarpazo le lanzó hacia el fondo, mientras su antebrazo se movía solitario en el suelo de la cueva. Todo fue un espanto. Las mujeres corrían, los niños gritaban, los guerreros clavaban sus palos en los ojos de la fiera que agonizaba. Al fondo el chamán se desangraba. La hembra gritó de dolor y se acercó al hatillo, escondido bajo unas piedras. Buscó unas hojas en el fondo, un polvo blanco y unas ataduras que había visto tejer a su hombre con restos de tejidos de animales. La sangre manchaba todo por doquier, pero las hojas, el polvo y la presión de la ligadura habían logrado reducir, poco a poco, aquel arroyo de color rojizo que brotaba del amputado brazo. Mientras, el chamán hablaba con los espíritus del más allá en un sueño profundo del que ella no fue capaz de sacarlo.
La tribu parecía deambular durante la última luna ante de que noche y día igualaran su distancia. Nadie encendía hogueras, el señor del fuego aún dormía, y solo los guerreros apostados y vigilantes mantenían a raya a los espíritus y animales de la noche, mientras el peleaba incansable con la muerte.
El sol bajo del equinoccio penetraba hasta el fondo de la cueva encendiendo, contagiando todo del verde esmeralda de algunos frutos y semillas que se esparcían por el suelo. Parecía que las almas de la tribu trepaban rayo arriba hacia el firmamento en el silencio de las pesadillas del durmiente. Un llanto pequeño, apagado se posó sobre su alma. Sin saber cómo, el calor de un cuerpecito movió su aliento y su brazo. Pero allí no había nada, solo dolor en una mano inexistente. Un beso se posó en sus ojos y un olor amado abrió su vida a la esperanza. Sobre su pecho un niño de pocos meses buscaba los pezones de su madre y lloraba.


Enero 2017

domingo, 29 de enero de 2017

La bruma, la casa y el río

     No sé por qué quería escribir una historia de terror. Así que un día, después de ciertos momentos que se me antojan de terror, me dio la ventolera y zás. No cabe duda que te puede recordar a una película o algo que viste hace años, pero no he querido hacer una mala copia, aunque quizás me haya salido. Pero luego, releyendo, sentí que el final me había quedado bastante triste y creo que los tiempos no están para tristezas, así que días después me inventé un epílogo. Si crees que el fin de la historia termina antes del epílogo, me parece bien, además de para mí escribo para ti, si quieres seguir la historia me parecerá estupendo pues como yo crees que siempre puede una historia tener dos finales.

               
La bruma permanecía desde hacía horas, junto al río. Se diría que las ramas de los árboles remedaban viejos espantapájaros a los que les habían crecido los dedos y sus uñas. Llevaba un buen rato disfrutando de aquel paisaje velado, cuando algo diminuto se movió delante suya, como a dos metros. Las hojas del suelo se apiñaban formando capas apretadas en tonos pardos y marrones que hacían difícil reconocer lo que se movía. Le pareció que las hojas crujían levemente a cada paso que daba aquel ser mágico que pululaba imparablemente rápido. Luego, cuando algo imperceptible le hizo resbalar levemente, lo perdió de vista.
¿Qué había sido? ¿Qué había visto? ¿Era como un gusano articulado, minúsculo, de color marrón? ¿Algo parecido a un dedo con una uña larga a la que se pegaba una gasa? Miró hacia atrás, su sexto sentido le decía que no estaba sólo. Pero allí no había más que bruma y árboles desnudos rodeados en su base de un sinfín de hojas que la brisa, ahora, salpicaba con gotas de rocío sobre una superficie blanquecina que recordaba a la escarcha.
La humedad, cortante como un cuchillo, penetró entre las rendijas de su abrigo e hizo el momento aún si cabe más inquietante. ¿Por qué no habría cogido una bufanda? –se recriminó. Podría haber permanecido más tiempo en aquel bosquecillo entre las hojas, curioseando, buscando, investigando – pensó. Con las manos en los bolsillos, cabizbajo, caminaba lentamente, dando puntapiés a los montones de hojas, para ver si aparecía lo que le había desconcertado hacía sólo un momento.
Después de unos cuantos pasos observó que el humo que escapaba por la chimenea caía como una nube densa sobre el tejado de su casa. Era como si algo lo atrajera o retuviera, como una malla imperceptible que abrazaba aquella masa imaginaria de algodón.
El viento creciente hizo más evidente la sensación de humedad gélida y aceleró el paso. Luego, cuando abra la niebla, saldría y buscaría lo que se le antojaba tan misterioso – pensó. La ventisca arreciaba y ya el aire gélido hacía imposible permanecer por más tiempo junto al río, fuera de casa.
Abrió la puerta y se apresuró a entrar; un aroma a leña ardiendo, a hogar le reconfortó. ¡Hogar, dulce hogar! -recitó en voz alta. A lo lejos una lechuza pareció repetir como un eco aquel “Hogar, dulce hogar”. Las lechuzas solían dormitar de día, pero quizás la bruma impenetrable había ocultado la luz en la profundidad del bosque, prolongando la sensación de oscuridad y de noche –recapacitó.
La sensación de frio volvió a su cuello y se frotó las manos y los brazos con intensidad. Echó dos buenos troncos al fuego y se aprestó a calentar un cazo con agua para preparar un té. ¿Dónde estaría su tetera? Hacía tiempo que la buscaba, pero siempre sucedía algo que impedía encontrarla. Recordó de pronto las buenas charlas alrededor de la mesa camilla junto a sus hijos y su mujer, antes de que aquella enfermedad terminara con casi todos.
Un pequeñajo de casi tres años balbuceó ¡Papá, tengo frío y hambre! Hijo respondió, sí, hace mucha humedad y el frío corta como una navaja, pero he puesto dos buenos trozos de madera que calentarán enseguida la casa. Se acercó a su hijo para abrazarlo, cuando de golpe una ventana de la casa saltó en pedazos. Corrió a buscar un cartón y cinta adhesiva para cerrar aquel hueco por donde penetraba una columna de humo helado. Aquello le pareció muy raro y obra de algún bandido que quería importunar aquellos días de retiro y meditación. Con prestancia tapó el hueco y avivó el fuego. Luego recogió los trozos de cristal y de madera y volvió a pensar en la nube y el ser que se movía entre las hojas, mitad gusano, mitad insecto. Nada conocido coincidía con lo que creía haber visto.
La Navidad se acercaba y casi no había almacenado fruta, aceite, harina, azúcar. Mañana cuando se levante la niebla ensillaré mi caballo y me acercaré al pueblo a comprar viandas y arreglar la ventana -pensó.
Aquella noche no durmió bien, repetidas veces vio moverse a aquellos “dedos” que trepaban por las paredes como gusanos veloces y despertó entre pesadillas mirando al niño que plácidamente descansaba a su lado. Si se daba prisa en 90 minutos estaría de vuelta y el niño aún habitaría en el mundo de los sueños –se dijo.
Se vistió casi a ciegas, iluminado levemente por trazas de luz que se colaban por la ventana de cartón improvisada. Cogió la silla de montar y se dirigió a la cuadra. Allí estaba su caballo, algo aterido pero brillante que relinchó al verle. Lo ensilló, apretó la cincha y puso un serón doble sobre la grupa. Sin más demora espoleó al caballo que de un brinco se adentró en el bosque, cuando ya clareaba.
La espesura se hizo penetrante y la neblina permaneció durante un gran rato sujetada entre los árboles mientras que algunos gusanos parecían pulular frenéticos por el suelo. Arreció la marcha, ya el pueblo no tardaría en aparecer en el horizonte. Inquieto se movió sobre su montura y clavando espuelas se puso al galope. Las patas del caballo levantaban restos de la primera nevada y barro helado. La sensación era extraña, solitaria, irrepetible, terrible.
De pronto el pueblo apareció en la lejanía como entretejido en un paño que reducía su volumen a dos dimensiones. Se acercó un poco más, pero no vio a nadie en las calles. Después de un rato, algo se movió lentamente a lo lejos, parecía un anciano. Sí, era el propietario de la tienda. Con un grito el jinete llamó la atención del anciano, el cual con un aspaviento le indicó que esperara. El anciano se movía lentamente, como si se arrastrara y cuando estuvo cerca musitó algo ininteligible. ¿Necesita ayuda? -preguntó el jinete. ¡Vete, vete! gritó entrecortadamente el anciano, agarrándose la garganta como si se le fuera la vida. Una redecilla parecía apretar su cuerpo y su garganta impidiéndole hablar con claridad.
Se alejó del anciano horrorizado. Lo que veía le parecía una pesadilla inexplicable. Entró en el pueblo y se dirigió hacia la tienda de comestibles. En el interior encontró un infierno alba, algo dantesco, miles de telas de araña rodeaban a muchos de los objetos que allí se encontraban. Buscó fruta, harina, azúcar, aceite y con los guantes desnudó el blanco que envolvía a los paquetes y a la garrafa. Corrió hacia el caballo y colocó las viandas en el serón. No tenía tiempo, tenía que regresar a la casa enseguida, ya arreglaría la ventana en otro momento -pensó. Restos de redecillas permanecían en sus guantes y apuntaban en sus espuelas.
Saltó sobre el caballo y galopó sin descanso hacia su casa. Las espuelas se clavaron un sinfín de veces sobre su montura que sangraba gélida sufriendo un frío penetrante que le impedía ir más rápido.
El jinete interiorizó el miedo y pensó en el niño. Sobreponiéndose creyó que nada podía pasarle, sólo había transcurrido una hora y el niño seguiría durmiendo. Menos mal que no lo había llevado con él. La imagen del anciano y sus estertores se clavarían en su retina y el niño tendría pesadillas terribles durante muchas noches –pensó.
Ya penetraba en el bosque cuando a lo lejos vio moverse algo, como una gran red sutil que tapaba el paso. Tiró de las riendas y el caballo giró veloz a la derecha. Pasó cerca de la casa, pero nada le inquietó en extremo, excepto la nube de la chimenea que parecía penetrar como un hilillo en la casa por una rendija de la ventana.
Intentó entrar por la puerta, pero algo elástico se lo impidió. Giró la llave, pero nada. La única forma era romper el cartón de la ventana y penetrar por ella. Gritó al niño para que se alejara de la ventana, pero nada recibió en respuesta. Se subió al caballo y se coló en la vivienda reptando por el ventanuco. Todo estaba lleno de masas blancas rodeadas de telas como de gasa. Con sus manos enguantadas las destrozaba de forma acalorada, pero nada frenaba su crecimiento.
Llamó al niño y le pareció oír un murmullo debajo de la cama, en la que se encontraba un amasijo de sábanas. Allí estaba el chico con las manos llenas de una pelusilla blanca que a modo de guantes parecía llenarlo todo. Unos dedos entretejían rápido por doquier creando redes inmovilizadoras. Miró sus botas y las encontró ya cubiertas por aquel musgo albino. Con sus manos lo retiró como embrujado, con una ferocidad creciente y tiró un puñado de aquella masa blanca sobre los dedos tejedores. La actividad en la casa era increíble, por un lado el hombre destruyendo, por otro el niño pataleando y manteniendo a raya a aquellos seres increíbles que vestían todo de color nieve.
Tiró del niño hacia sí, pero a pesar de su esfuerzo no consiguió sacarlo de debajo de la cama. Ahora él también parecía estar cada vez más atrapado y de nada valían los cortes rápidos que realizaba con unas tijeras que había encontrado. Le costaba cada vez más mover las manos y observó con horror que ya no quedaba prácticamente sitio debajo de la cama y alrededor del niño. Busco en sus pantalones y encontró una caja. Prendió una cerilla y la casa fulguró como un rayo y rugieron viejos fantasmas produciendo un calor insoportable. Tapó su cara y la del niño con ropa de cama y se movió rápido hacia la puerta. Nada consiguió abrirla. Era como si estuviera toda la casa atrapada por la nube.
El fuego había cesado y hacía calor, mucho calor en la casa. Parte de su cuerpo olía a quemado, lo mismo el pelo del niño. Se sintió impotente y sin saber que hacer se dejó caer al suelo, mientras una pelusilla blanca anidaba de nuevo sobre sus botas y un frío imparable inundaba de nuevo toda la vivienda.
En el coche, volviendo a Madrid. Tres de enero de 2017.

Epílogo

Morir en aquel momento hubiera significado felicidad pues el amor y la muerte se habían abrazado. Sin embargo, aquello era entregarse, dar por buena una situación no deseada llena de espanto –se comentaba el jinete en los estertores de un sueño profundo que invadía lentamente su alma.
Aquello parecía romper la estabilidad de la naturaleza, la biología humana y crecía demasiado de prisa. Sus pasos le habían devuelto al umbral de aquella puerta cerrada, bloqueado por un espanto inverosímil –soñó.
Una explosión bestial rompió la puerta de la casa, saltando la cerradura en pedazos al igual que los travesaños que unían los tablones que la conformaban. La grupa del caballo apareció tras la explosión, sus patas, sus pezuñas herradas golpeaban frenéticamente lo que quedaba de la puerta. Relinchando, olisqueando, buscó a su dueño y al niño y los encontró muriendo, con los ojos cerrados por las cortinas blancas debajo de la cama. Movió su cabeza y enganchó las riendas en el cuerpo del niño y del jinete que permanecían abrazados. Con cuidado tiró despacio de los cuerpos blanquecinos hasta que los sacó fuera de la casa, hacia el río.
Todo estaba enmohecido excepto una franja de 50 centímetros junto a ambas orillas. El río parecía lavar, arrastrar o impedir el crecimiento de aquel horror.
Era como si los tres salieran de un cuadro olvidado. De pronto el aire oscuro se inflamó por la llama de un estruendo ensordecedor y la casa y todo aquel moho próximo empezaron a arder. El caballo aceleró su tirar y movió los cuerpos hacia el interior del río, introduciendo su cuerpo hasta que el agua cubrió gran parte de su grupa. Nada excepto el río existía, era como si el lenguaje hubiese desaparecido para siempre, confundiendo el pasado con el presente. Se abrieron los cielos y empezó a diluviar, como hace siglos, como una venganza contra aquella nueva siembra.
La corriente empujó a los tres aguas abajo, donde ya no había bruma y la humedad irrespirable desaparecía y con él el frío aliento estremecedor de horas antes. A lo lejos la tormenta parecía abrazarlo, aniquilarlo todo. El júbilo de una nueva vida llenó el valle cuando jinete y niño despertaron por alientos y relinchos del caballo que alimentaba arco iris de libertad y nueva esperanza.
Madrid, 14 de enero de 2017