viernes, 8 de diciembre de 2017

He viajado (ahora charro, luego campesino)

He viajado [ahora charro, luego campesino]

He viajado casi 10.000 km a una tierra amiga,
donde el sol se pone a otra hora,
donde la gente sonríe y te estima,
donde ya nada es mentira,
donde a mojada la tierra huele,
donde la luna brilla.

He visto, a lo lejos,
moverte allí, por los cerros,
entre los magueys,
sembrando despacio esperanzas de mañana.
He sido charro y lanzado lazos imposibles,
hacia ti que te movías, rápido ágil,
esperando recibir de mí un poco de allá
un consejo amigo,
algo nuevo que quizás no llegó y
que te habría hecho más feliz.
He sido un tanto campesino tratando de recompensar
con hortalizas, verduras y frutos de mi mente
tu esfuerzo, tus miles de gracias,
tus sueños, ensueños y realidades.

He visto tus ojos derramando hermosura,
calor tropical, azules profundos,
verdes imposibles, rojos de tierra adentro,
negros obsidiana y amarillos guayaba
que hicieron soñar que aquello era mío,
que aquí siempre estuve,
que nada era tan cierto como tu horizonte
repleto de cafetales,
de suspiros que huelen a caña,
a naranjas y limones,
a mango y corazón de papaya.

He viajado lejos,
a donde hasta ahora nunca pensaba,
a donde hoy más de mil estrellas
componen tu perfecto cielo,
a una tierra donde el frío duele,
como duele tu amor admirable,
de siempre, agradecido, sincero.

He viajado casi 10.000 km
a reencontrar rostros,
ancestros de conquistas,
arrugas de ahora, de antaño
y las he hecho mías.
Me he movido entre amistad y
susurros de agua, de picante,
de noches sin dormir,
entre pirámides imposibles,
llenas de nichos silenciosos,
de juegos de pelota
y serpientes emplumadas.

He viajado, me he movido,
entre sonrisas expectantes,
más allá del inframundo,
entre los 13 planos celestes
que te envuelven, desmoronan
y hacen, una vez tras otra,
que el tiempo ya no exista,
que los sueños tampoco,
pero que tu verdad sostendrá mi existencia
aquí y allá, ahora y más tarde.

He viajado y viajaré
cuando la parca se haga señora de mis noches
y siempre pueda moverme contigo
de Omeyocán a Tlálocan
sonriendo acá, agraciado allá,
con mis santos y los tuyos,
ahíto de música, de canciones, de silencios,
de confidencias y complicidades.

He viajado casi 10.000 km para aprender
Que el tiempo sigue deprisa,
espantando realidades y sueños
en Náhualtl o en el actual cosmos.
Nada importa si la muerte ya no llega
Y el abrazo se hace inmortal para estar contigo


México-Madrid, noviembre 2017

miércoles, 4 de octubre de 2017

Una visita aérea inesperada


Una visita aérea inesperada
Miró hacia el cielo y adivinó una estela solitaria. Ya hacía tiempo que nadie se adentraba por aquellos parajes tan distantes. Fuera en su cabaña un pequeño acumulador recogía la energía que el sol había generado al incidir en una vieja placa solar que años atrás había trasladado, no sin penurias, en un carro tirado por dos mulas desde un núcleo de población distante más de 200 km. Aquel viaje estuvo lleno de sinsabores, pero también de aventuras, cuyo recuerdo dibujó en su cara una sonrisa casi imperceptible, mientras brillaban ligeramente sus ojos.
Dentro, en la casa, se escuchaba el Triple Concierto. Escalas maravillosas, romanticismo a raudales salpicado de escorzos orquestales que invitaban a sentarse y a escuchar, dejando fugar la imaginación a cotas impensables: Allá corría el río mezclándose con noches ocultas, ahora un reloj de cuco despertaba la mirada atónita de una niña, una pareja corría desnuda a esconder sus besos tras las dunas, ahora una cierva amamantaba a su cría en un campo florecido de amapolas no lejos de vaguadas y encinares. Se diría que era el discurso de un viejo profesor lleno de encanto y filosofía, salpicado de preguntas ancestrales de alumnos de todos los tiempos.
Se sentó y nuevamente miró hacia lo alto. La estela del avión se abría en un chorro intermitente que asaeteaba en el horizonte a una nube solitaria. Pero ¿qué hacía allí, tan cerca y tan lejos? Lo tenía casi todo. Una pequeña huerta y su destreza le permitía asegurar un volumen de capturas suficientes en un arcón congelador que había conseguido hacía varios lustros. También una vez cada seis meses se desplazaba a la que otros llamaban civilización a la búsqueda de herramientas, munición, anzuelos y otros enseres que hacían más fácil su existencia. Además, recibía puntualmente noticias grabadas de su hijo Miguel, que le llegaban de forma automática al pulsar un botón rojo escondido tras los botes de la cocina. Sin embargo, ya hacía tiempo que no hablaba con él y para colmo su compadre Andrés no daba señales de vida, habiendo roto la costumbre de años atrás de verse una vez en cada estación.
El invierno había sido largo, con nevadas copiosas y frecuentes que aseguraban que pronto un verdor rabioso visitaría a los campos y bosques próximos. Muchas florecillas apuntaban chivando al observador en qué mes del año se encontraban. A los matices de los oboes golpeados por el martilleo del piano se oían llamadas lejanas de pájaros imposibles, chasquidos de los árboles liberándose de viejos trozos de corteza, aderezados por olores a naturaleza plena de colores y vida.
La retina le había enseñado a sobrevivir solo en la lejanía. Desde hacía años nada hostil lograba enturbiar esta soledad y aunque algunas alimañas se aproximaban peligrosamente, él sabía cómo mantenerlas alejadas. Excepto Andrés y Miguel, nadie rompía la monotonía de aquel su rincón día a día. ¿Por qué estoy aquí? – se preguntó-. Los humanos son seres socialmente dependientes y yo parezco cada día menos un ser humano -pensó. La música era su salvación. Pero ¿cuánto tiempo sería capaz de continuar así?-se preguntó. Ya debía tener setenta o casi algunos más. Recordó cómo meses atrás había mantenido con Andrés una discusión amigable sobre el amor y la vida tras ingerir unos cuantos vasos de vino. Su compadre también tenía descendencia y había encontrado a una compañera que le permitía vivir las mañanas y las noches en una soledad compartida y él no tenía por qué no hacerlo.
Un ruido lejano intenso, inexorable, le sacó de sus pensamientos. Beethoven ya no sonaba en sus oídos. Cogió su zamarra, la escopeta, un montón de munición, una lámpara, un mechero y algo de comida, vendas y alguna medicina y se dirigió hacía el cobertizo. Allí, estaban sus mejores perros y un buen trineo, pero ya había menos hielo y la probabilidad de caer en una grieta era elevada. Dos veces había escapado de morir congelado al romperse el hielo, pero aquello eran historias de hacía  veinte años, cuando en sus brazos había fortaleza y en su cabeza arrojo. Optó por su caballo. En las regiones de nieve o hielo le ataría unas fundas en las patas y evitaría el riesgo extremo. Varias explosiones habían seguido al ruido, y una humareda a unos cien kilómetros señalaba el lugar del suceso. Tardaría al menos cinco horas, pero no podía sentirse ajeno a echar una mano o en todo caso a rezar cuando nada pudiera hacer. Si aquello era lo que imaginaba, el olor de la sangre atraería a los osos, lobos y otros depredadores, por lo que debía estar alerta y no arriesgar en exceso. En su cabeza se apiñaban recursos, situaciones, soluciones de antaño. Todo debía esperar.
Una sensación amarga corría ahora por sus venas y salpicaba su mente con las notas más dolientes del triple concierto. Se imaginaba en la soledad del hielo, descalzo, con los pies agrietados, sangrantes, pero corriendo hacia el abismo de lo desconocido y en la zozobra del no llegar. Otra explosión lejana le sacó de sus ensueños e hizo que espoleara a su caballo que sudaba más que otras veces. En cuanto llegara lo dejaría descansar y limpiaría su esfuerzo. La tarde ya había descendido al disco solar unos pocos grados y no le quedarían más de tres o cuatro horas de margen para atender, socorrer o enterrar y rezar y luego buscar o construir un refugio antes de que la Luna los acompañara en aquella noche que prometía ser larga.

Un encuentro dantesco y un final inesperado
El terror llenó sus sentidos. Olía a quemado, el fuego había asolado armarios, butacas, ropa haciendo rescoldos bajo las columnas de humo. Restos del avión se esparcían por doquier en medio kilómetro a la redonda. Recordó con escalofrío la estela solitaria en el cielo, mientras soñando escuchaba a Beethoven. Muchos restos se encontraban parcialmente hundidos como consecuencia del impacto y por efecto del calor sobre la nieve. Tenía que actuar rápido, buscar primero restos de vida entre los amasijos del avión, auxiliar luego a los heridos, si es que había alguno, y más tarde localizar los cuerpos y enterrarlos. ¡Los osos y los lobos no tardarían! ¡Nadie vendría en su ayuda en muchas horas! ¡Solo se pondrían en movimiento cuando saltaran las alarmas de las ausencias!
Los restos del aparato señalaban claramente que el avión no era grande, que parecía un aparato particular, del que únicamente en la torre de control del aeródromo del que había despegado tendría noticias. Él había escuchado que a veces, durante los vuelos, de las compañías privadas, se interrumpía la comunicación ente el avión y la base para evitar el ataque y la piratería.
Se acercó y encontró dos cuerpos mutilados. Uno de ellos, al intentar alejarse del avión antes de que estallara, había dejado un reguero de terror, esparciendo salpicones de sangre por doquier. Al otro le faltaba la cabeza que machacada se encontraba hundida a unos 10 metros más allá entre la nieve. Una bocanada de ácido llenó su boca y vomitó sobre ellos. El caballo relinchó intranquilo.
En el interior del cuerpo del avión el caos era aún mayor. Restos calcinados de butacas y una mesa delataban que se trataba de un avión privado. ¡Dios sabrá que provocó el desastre! –se dijo.
En la cara de una mujer, que yacía en el suelo, entre las ruinas calcinadas de los asientos, se había inmortalizado el momento del espanto pretérito. Se acercó a ella y su rostro no le dejó indiferente. Sondeó en sus recuerdos y creyó adivinar una mujer querida, pero el espanto acortó la respuesta de su pasado. Más allá otro cuerpo se encontraba boca abajo y su mano izquierda aún sangraba por la pérdida de dos dedos. Su cara denotaba mezcla de horror, dolor, schock y cercanía de la muerte por debilitamiento e hipotermia. Una de sus orejas colgaba en el vacío separada casi en su totalidad del resto de la cara. Lo miró fijamente, se tapó la cara y dio un grito de dolor. El azar juega fuerte, pero aquello le pareció excesivo. Le aplicó rápidamente un hemostático y aplicó un pequeño torniquete, y una venda sobre los muñones de los dedos, sujetando de forma improvisada la oreja al lugar del que había sido seccionada. Lo tapó con una manta y siguió buscando. Más allá otro cuerpo de mujer y más silencio hicieron que dos lágrimas arrancaran de sus ojos. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánto espanto!
La noche estaba cerca. Localizó en su caballo una pala y empezó a escarbar rápido, para hacer un pequeño escondrijo, donde pasar la noche y escapar a la congelación segura. No tenía tiempo para hacer algo similar a un iglú, pero aquello serviría. Buscó en los alrededores. Los restos de un ala fortalecerían el techo del habitáculo impidiendo que la nieve se desplomara sobre los cuerpos. Un agujero de dos metros de largo por uno de ancho y otro de profundo sería suficiente para él y el hombre que aún vivía. Mañana haría el resto del trabajo. La noche prometía ser fría y morir de hipotermia era un hecho seguro si no actuaba con destreza. Haría una hoguera con los restos de telas y objetos no carbonizados que encontrara para mantener a su caballo lo más caliente posible en un redil improvisado, junto a su escondrijo. Trabajó rápido y duro. El cobertizo, si así podía llamarse, era suficiente para los dos y su caballo viviría, si acertaba a ser vigilante frente a los amos del frío, de la nieve y de la noche.
Las horas pasaron lentas y dolientes. No había pegado ojo y el cansancio era extremo. Su caballo tiritaba cuando las primeras luces del amanecer alertaron en la distancia el perfil de un gran oso que se acercaba. Los osos, a veces, eran imprevisibles. El olor de la sangre y los restos de los muertos harían que se decidiera fácilmente por ellos, pero el caballo, él o el hombre en schock, dentro del agujero, tampoco parecían presas difíciles –se dijo-.
Buscó su rifle, munición y preparó el momento. Ensilló bien a su caballo y despacio se dirigió al encuentro. Como a cincuenta pasos el oso erguido enseñaba sus poderes, rugiendo feroz y asustando a cualquier ser vivo que se moviera en cien metros a la redonda. Un movimiento rápido del caballo erró su disparo, hiriendo al oso y convirtiéndolo en su mayor enemigo. Disparó de nuevo y el tiro vació un ojo de la bestia que embistió tuerto contra jinete y montura, cayendo abatido a menos de dos metros de ambos.
Multitud de decisiones se agolparon en su mente. La piel del oso serviría de abrigo espléndido frente el frío, pero su caballo y él estaban exhaustos. El hambre arreciaba y la muerte también. Se acercó deprisa al agujero y con los restos del ala y de unas pértigas de metal que encontró en lo que debió ser la bodega del avión construyó una especie de parihuelas. Sujetó fuertemente el remolque al caballo, accedió a dar algo de paja a su caballo y mojó con agua los labios y boca del moribundo. Un poco de pan entreabrió sus fuerzas. El camino a casa era largo, pero la muerte llamaba con golpes secos a la puerta de su existencia. Junto al moribundo colocó el cuerpo de aquella mujer que momentos atrás le abriera los escondrijos de su memoria. La música inútil empezó a sonar en sus oídos. Recordó los últimos acordes que escuchara al observar la estela del avión en el cielo y se puso en marcha hacia la salvación.
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Ya estaba en casa, había logrado escapar aunque no recordaba cómo. En su mano izquierda solo quedaban tres dedos, en la derecha dos. A su regreso, en la población en la que adquiría enseres y algunos víveres, le habían salvado la vida. Al ver su estado de congelación y conscientes del riesgo de gangrena, un médico, o alguien que así se hacía llamar, tuvo que cortárselos.
Intentó recordar. Sonaba ahora Vivaldi entremezclado con algunos de sus recuerdos más dolorosos. El viento levantaba acordes y él memorizaba los torbellinos de nieve y de hielo que herían su cara y el cuerpo de su caballo haciendo el retorno imposible. Ciego condujo a todos hacia una grieta que sin saber cómo no segó su vida, pero sí lo que quedaba de la de su amigo y la de su caballo. Las pértigas de la parihuela habían quedado atravesadas en la boca de la grieta, permitiendo que en su caída se agarrara a ellas, evitando precipitarse hasta el abismo, mientras oía cómo el resto de la comitiva se desplomaba hasta el mismísimo infierno.
Lloraba en aquel momento, recordando a su caballo y a aquellos a los que intentó salvar o darles un entierro digno. Permaneció en silencio más de una hora. Su silencio era explicable, muchas palabras golpeaban ahora su existencia y con ellas desenterraba de nuevo mucho de lo que su moribundo amigo le confesó, en su delirio, aquella noche entre dientes, entre lágrimas, entre ayes y entre perdones. Recordó la visita de una sombra que le gritó muchas veces ¡Adelante viajero! ¡Adelante compañero! ¡Adelante amado mío! ¡Te mueves hacia el lugar del descanso, al sitio donde triunfan los solitarios, los que han luchado y se lo merecen!
Hoy estaba de nuevo en su hogar, en mitad de las grandes llanuras de su existencia, frente montañas que ya no eran tanto, donde algunos trinos anunciaban la primavera. ¡Vendrán noches y penurias, pero ya no me extrañará su llamada! -se dijo-.
La vida había permitido que pudiera contarlo y que se sintiera más cerca.



Nota de autor: Escribí la primera parte de esta historia viajando, al fondo en la radio sonaba el Triple concierto por allá, en el mes de junio. No sé qué me llevó a esta historia heladora y de soledad. Luego he terminado su segunda parte y colofón, a duras penas, no sin dificultades, recordando que las segundas partes nunca fueron buenas y menos en septiembre cuando apunta la naturaleza en amarillo. Un trozo fue oyendo a Camarón camino de Pedraza y el otro  -desde el encuentro con el oso-,  al levantarme recordando un concierto de música polifónica y barroca que por casualidad presencié en Pedraza.

24 de Septiembre 2017

lunes, 25 de septiembre de 2017

Los cerdos también vienen a tu mesa

Cinco de septiembre, siete horas de la mañana. En Rector Royo Villanova todo es desorden, un auténtico caos. Duele la suciedad hasta la médula. Un coche intenta aparcar en una isleta, junto a la residencia universitaria Galdós. Cruje una botella de ron y esparce por la calle restos del destilado que contiene y decenas de cristales. La otra rueda delantera aplasta vasos de plástico que desparraman olor y ruido. Un poco más allá un peatón sortea y pisotea sin querer bolsas de plástico que yacen por doquier y dificultan su paso, algunas vacías, otras con cascos que aún darían para más copas.



El vértigo es total, la vergüenza aún mayor. Se diría que los cerdos se acercan a la mesa de la Universidad. A treinta metros de mi asombro dos barrenderos se afanan para que aquello no recuerde en lo más mínimo lo que es ahora. Viajo a mi adolescencia, a mis tiempos de estudiante y nada encuentro, solo queda avergonzarme de mi momento, de mis universitarios, de mi generación que debió hablar y sembrar en silencio, sin el más mínimo empuje.

Miro el reloj y adivino que los jueves perdieron ya su protagonismo, que no importa el día, que la noche, cualquier noche es punto de encuentro de gente que aprieta, que tapona, que arremete, sin importarle donde, ni por qué.
Paradoja total, la cita es junto a la Facultad de Educación. El destino también quiere una Complutense sucia, borracha de alcohol y repleta de sin sentido; para que nada extrañe, para que duela el recuerdo mientras viva, para que podamos enseñar lo que es bello y lo que es vida, que la felicidad es salud y capacidad para olvidar, que la transigencia total, que hasta la policía contribuye a que la calle sea peatonal y propiedad de aquellos que allí no viven. ¡Universidad modélica! La élite está aquí y me topo de bruces con ella.



Veinticuatro horas después, de nuevo el espanto, la recolección casi ha terminado y las bolsas llenas son testimonio de la cacofonía de los hechos. ¿Anoche también? –pregunto a un basurero. Casi sin mirarme responde-Sí, esto ya es el pan de todos los días. Hago unas fotos y continúo mi marcha, tengo prisa y quiero evitar más espanto.


Sé que puedo parecer carca, viejo, anacrónico pero no me queda más que añadir -¡Definitivamente, Complutese, los cerdos comen y beben en tu mesa!


Septiembre 2017, empezando el curso

jueves, 14 de septiembre de 2017

Si los Huntington levantaran la cabeza



He escrito este texto hace unos días, aunque maduraba en mi cabeza desde hace años. He compartido mi angustia, mi reflexión con mis alumnos y compañeros de Farmacia, queriendo despertar en ellos el horror del vandalismo, del atentado contra el espíritu.
Hoy, esta mañana, mi sorpresa ha sido mayúscula cuando una doctora de mi grupo me ha comentado que parte del horror ha pasado y que el daño, si así se puede decir, eliminado, que no era necesario que colgara mi escrito. Paloma, gracias por tu grata noticia. El Guadiana de la estupidez humana ha abandonado por ahora el averno y se encuentra visible a sus Ojos.
Incrédulo me digo -Por fin alguien ha sido sensato, nuestra estatua ya está completa, pero ¿Por cuánto tiempo?

Agradezco la información obtenida en libro “La Universidad Complutense”, en el blog Arte, historia y curiosidades.blogspot.com.es y en las páginas https://www google.Los Portadores de la Antorcha, un regalo del matrimonio Huntington a Madrid (1955); Andrews Hamilton. The Torch Bearers en https://wwwcounter-currets.com; https://wwwmadridafondo.blogspot.com.es


Man bears the holy torch fidelity
Across the glazed and burning sands of Time
A womans’ soul uplifts maternity
Starting to mark a course no less sublime

.
A la espalda de la Avenida Complutense, en el parque, entre facultades, horadado desde hace unas pocas décadas por el metro de Madrid, se ubica la pura dinámica que gira alrededor de un momento mágico: dos hombres desnudos y un caballo son la esencia de nuestra propia civilización, de la esencia de la Universidad misma
Durante mis años de facultad, de doctorado, de deambular universitario, te he visitado, fotografiado, admirado. Sé que has vivido años difíciles, que ha visto correr a otros caballos tras los estudiantes, que recuerdas el mayo del 68, que aún escuchas las voces del cambio del setenta y siete, los tenderetes que hicieron pensar hace poco que en la Ciudad Universitaria reinaba la Edad Media, que vivió y vive las penurias e insensateces de nuestra civilización. Sí, hablo de ti, estatua fantástica.
Hace ya más de media década, salía un día del metro y atónito comprobaba un hecho insólito: Un hombre caído, sufriendo de forma máxima, empujaba en su esfuerzo a su mano portadora de vacío hacia un jinete portentoso que alargaba su brazo más allá de lo imposible; mientras su montura estaba presta a volar hacia el futuro. Corren malos tiempos para la Universidad -pensé. ¿Se acercaban las manos para tocarse, para pedirse ayuda? El vacío generacional era total. La antorcha símbolo de la entrega del conocimiento se había transformado en un sin sentido.
Vez tras vez, cuando cogía el metro, me acercaba y te miraba. En ocasiones encontraba restos de un botellón incomprensible, cintas de colores atadas en tus patas, barbarie señalando que ya nada importaba, que la ignorancia es atrevida.
Con vergüenza he mostrado tu imagen mutilada a compañeros de otras universidades. Muchos de ellos, sobre todo los extranjeros, se acobardaban ante la falta de respeto de unos desalmados y preferían pensar que no fueron universitarios los que atentaron hace tiempo contra ti, contra el alma de la Complutense, contra “la Docta”, contra el alma misma de la Universidad. Otros no comprendían la falta de acción por parte de todos. Sí, esto fue un atentado grave contra ti, más grave aún que otros, ya que se destruyó al espíritu, a la dignidad, a la esencia del saber y de la transmisión del mismo.
Salgo del metro hace una semana, y vuelvo a mirarte, y compruebo que nada ha cambiado, lo mismo desde hace años, desde que lo denuncié en Junta de Facultad y que se plasmó en una carta que se dirigió al Rector Magnífico de la Complutense. Miro bien y te fotografío. Entre las manos de tus dos humanos sigue habiendo vacío. Busco en mi memoria tu nombre, rodeo caminado tu basamento y casi borrado en la piedra adivino “Los Portadores de la Antorcha”. Creo estar viviendo una pesadilla y me pellizco, tus portadores siguen sin portar nada, tu antorcha, símbolo de la entrega del conocimiento, de la razón civilizadora sigue sin existir en la Universidad Complutense. La acción, la responsabilidad personal, la imaginación creativa sigue siendo pasto de la infidelidad.
Han pasado años y tú, estatua familiar desde antes que desapareciera el tranvía de la Complutense, desde que tu creadora Anna Vaughn Hyant Huntington se sintiera orgullosa de que estuvieras en Madrid, sigues incompleta.
Tras visitar algunas fotografías, tus fotografías me he dicho -Si los Huntington levantaran la cabeza, tendíamos que ir a contemplarla a Connecticut, a Virginia o a New Jersey donde están tus réplicas-. El sueño de la artista que estaba orgullosa de que residieras en un país que supo luchar 800 años por su independencia y mantuvo su esencia de civilización trasladándola a América, se convertiría en pesadilla. Anna no volvería a elegir a nuestra ciudad Universitaria para que siguieras iluminado al mundo con tu antorcha del saber.

Hoy, mi espíritu es otro. En tu escena magistral reina ya el equilibrio: Todos podemos sentir el empuje de mantener esa llama del saber y la cultura, la razón de saber lo que es nuestra razón de ser y nuestro destino. Sueño que sabremos recoger tu antorcha y portarla lejos, tanto como el brío que nuestra generación nos permita. Sueño que allá en la lejanía no faltarán amantes del respeto y del saber, que alguien en un relevo eficaz portará tu antorcha y con ella los valores del ser humano. Sé que no te merecemos, pero otras generaciones esperan, sin duda, que ojalá sigas siendo por siempre testigo del cambio generacional y que ellas también puedan presumir ante sus hijos de esto que sin duda es y será un milagro.




viernes, 25 de agosto de 2017

Amanecía más allá


Amanecía más allá, en las islas de levante, donde la leyenda anticipaba gigantes y la historia dolores de batallas angostas y lunas salpicadas de llantos de mujeres por sus hombres-héroes que ya no existían. Había caminado sin descanso desde que las entrañas de las palomas trajeran buenas nuevas destrozando el horóscopo aciago. Tenía el corazón añorante de aquel su primer amor, a quién vería pronto si los hados seguían protegiéndole y si su amada aún vivía. Dormía ahora, con la cara encerrando una sonrisa, que borraba sus arrugas y que se movía entre sedas y arena de playa que salpicaba, latigando, sus piernas desnudas antes de sumergirse entre sus brazos.
Andaba aun la noche de tiros largos. Había peleado en su galope mágico contra sus instintos, sudaba dormido, intranquilo, jadeante; apaciguaba sus ansias volteando su cuerpo contra la brisa de la noche y las lacerantes luces de estrellas cada vez más débiles. Llenaba la noche con sus trazos las sombras casi imperceptibles que la luna nueva dejaba en las dunas más allá, junto al agua, en la orilla inexistente de su existencia. Una música lejana llenaba aquel momento rogando a los cielos no despertar nunca. Se deslizaba despacio como si el tiempo no latiera, como si el tic-tac de su corazón hubiera ralentizado el paso de las horas haciendo aquel momento eterno.

De nuevo la brisa hizo más palpable una mirada que se clavaba en sus ojos y despertó asustado en el fondo de su sueño, a sus ochenta y muchos años. Aquellos ojos eran una mezcla de todos los misterios y preguntas que llevaba haciéndose desde hacía lustros. Mil estrellas en la noche ahora brillaban inmensas arriba. Sintió frío, sus ropas mojadas de sudor y rocío temblaban más allá de lo que hacía su cuerpo. Recordó y recordó todo parecía tan lejano, pero tan próximo, tan profundo que dolía más allá de lo conocido. Aquella noche había sido distinta de otras muchas, diferente a todas, un preludio del amanecer brillante que le tendía la mano.

martes, 16 de mayo de 2017

La escalera


Llenaban de notas la habitación. Se diría que el invierno había fugado la tristeza del otoño para dejar venir la primavera en su esplendor total. El espíritu navegaba por no sé qué mares donde todo era calma envuelta en brisa fresca. Un violín, una viola, un violonchelo se contestaban, contrapunteaban y completaban haciendo lo imposible bello, lo bello imposible, lo difícil calmo, lo calmo fácil.
Abajo los vecinos se aprestaban a cenar en un portento de ruido, entremezclando ansiedad, alegría y tensión. Todos esperaban la noticia en la seguridad de que alguien llegaría. Llamaría a la puerta y el hijo más pequeño, el talismán de la familia, abriría para recibir un sobre, quizás una noticia, donde en una carta estaría escrito el final de todo, el final de las penurias.
Fuera soplaba un viento suave que hacía aún más nítida la sensación de primavera. Algunos grupos poco numerosos se aprestaban a tomar la última copa antes de recogerse en sus hogares vacíos de tranquilidad y amor, donde ya nada era paz.
Alguien se movía sigiloso para no hacer callar a los violines y violas, a las risas nerviosas de los de abajo o el tintinear lejano de las copas del mostrador del bar. Se diría que en su cara había una mueca de dolor, pero la oscuridad de la noche no daba opciones. Vestía de negro como siempre y solo sus sandalias desnudas sabían dónde ponía los pies.
Había visitado todos los continentes y hacía solo unos días había sorprendido más allá del Cono Sur, en una de las bases científicas que sueñan con descubrir la existencia de lo indescifrable. Realizaba viajes inquietantes sin mostrarse intranquilo, cansado, nervioso, pero hoy parecía distinto. El aire olía a primavera, a tierra recién mojada, a vidas por vivir. Nadie le seguía y bajo su capa escondía aquello que siempre era suyo. Velaba y velaba, nunca dormía y casi sorprendía sin dejarse ver. Ya adivinó en la oscuridad de la calle, la puerta que esperaba.
Con seguridad y silencio penetró en la vivienda. Nadie en la escalera, solo soledad y olor a madera vieja de escalones pisados una y mil veces. Sin embargo, algo de brisa de la noche de afuera se había mezclado con aquel olor ancestral cuando penetró en el vestíbulo que llevaba a la escalera.
Arriba, las cuerdas sonaban bien. Boccherini recordaba su quinteto del fandango, entrecortadas las notas con las toses del abuelo y las risitas veladas del benjamín. Nadie en la escalera, ni siquiera sus pasos. Un movimiento imperceptible y se encontró oscuro, sorprendente, dentro de la casa. Arriba Boccherini seguía sonado español. De bruces se encontró con el niño y al fondo con el abuelo. Ya hacía 85 años que le buscaba y allí estaba, era su momento. Algo imperceptible tiró de su capa e imaginó la mano del niño parando su mano, desnudándolo, quitándole su sin sentido.
El abuelo yacía en el suelo jadeante, con una mano en el pecho, esbozando una sonrisa de victoria. Tenía en los ojos restos de pavor y llamaba al niño. El beso del chiquillo rompió el momento y la oscuridad se hizo luz en una habitación donde un momento antes no había más que espanto.


Nota del autor: No sé por qué he hecho esta historia tan mía y he viajado de un principio calmo, con Boccherini y el fandango tan querido, a un final aterrador convirtiéndome en abuelo y escapándome por los pelos. Nunca la sensación de muerte la tuve tan cerca. Lo malo es que ya me quedan, menos años y aun no tengo nietos. 

lunes, 24 de abril de 2017

Cantando en Gregoriano



A veces un programa de música te engancha en maneras impensables, y te sientes monje, o al menos espíritu y navegas por las notas como navegó Ulises, enfrentándose a las sirenas y a las tempestades, llegando incluso a la esencia de las cosas y rezando un poco, ante el miedo, la incertidumbre o la belleza

Cantando en Gregoriano
Dolían las manos. El frío calaba más allá de los huesos. Nada de lo que llevaba puesto parecía frenar ni un ápice la humedad gélida de la huyente madrugada. No obstante, detrás de los cristales, en la capilla, aquellos hábitos gruesos, intemporales permitían perderse, sin saber bien cómo, en el calor de las salmodias que llenaban los huecos del momento.
Hasta el alma se perdía en aquellos cantos profundos que hacían amar lo imposible. Levitaban sus espíritus hacia el infinito, hasta darse de bruces con lo que más vive, la luz perfecta, la esperanza del momento, lo anhelado, las entretelas de Dios, Dios.

17 de Marzo, 2017. Camino de Málaga, escuchando la radio.

Mujer alunarada, mujer afortunada

MUJER ALUNARADA, MUJER AFORTUNADA

       Una luna gigantesca arrancó reflejos multicolores al horizonte. Iba cargada hasta las cejas, cuando al doblar una esquina tropezaron, desparramándose por el suelo el contenido de dos bolsas llenas de comida y rajándose un paquete lleno de libros que cayeron con estrépito. Angustiada empezó a meter la comida en la bolsa rota, hasta que desesperada lo dejó por imposible. Mientras, él, sin dejar de excusarse, empezó a apilar los libros haciendo un paquete con ellos.

       Se miraron y algo conocido despertó en sus mentes. Aquellos ojos, aquella forma de mirar no eran extrañas. De golpe, recordaron años atrás en el Instituto, cuando eran novios. Había transcurrido mucho tiempo, volvieron a mirarse y cogidos del brazo se alejaron de aquella esquina primero maldita, luego bendita. En la otra acera se besaron. Ambos pasaban por momentos difíciles y una luz de esperanza se abría en sus caminos.

       Había quedado con él dos días después de un encuentro desgraciado y fortuito que se volvió afortunado. Se dirigía al lugar de encuentro, nerviosa, mirando al móvil por si él la llamaba, por si había cambio de planes. Cruzó la calle, un camión se cruzó en su camino y con un golpe gigantesco la lanzó sobre sus brazos. Había tenido la fortuna de morir junto a él mientras una luna blanquecina, ya en cuarto menguante, volvía a arrancar reflejos multicolores al horizonte.

viernes, 21 de abril de 2017

Aprendiz


Hoy he volado más allá de las colinas de poniente. Se diría que el viento me empujó suave pero firme hasta donde nunca antes había llegado. Abajo, divisaba algunos caminos de tierra que partían de chozas donde ladraban algunos perros. Siempre me asombró la capacidad de los perros de adivinar cosas, de reaccionar frente a situaciones que no son perceptibles para los humanos y aun siquiera para nosotros. La lluvia fue en algunos momentos testigo de aquel viaje que dejará marcas imperecederas en mi cerebro.
La mañana había levantado temprano, fría, filtrando las últimas sombras de la noche en una lucha feroz con su propia existencia. El gran grupo despertaba tranquilo, sin prisas, un tanto amedrentado por la escarcha que empezaba a fulgurar con las primeras luces de la mañana.
El “Jefe”, el más sabio, el de las cien aventuras y mil viajes miraba a lo lejos y desplegaba su cuerpo con movimientos y contracciones inverosímiles que permitían a las plumas timoneras catar la dirección y la fuerza de la brisa que también amanecía. No lejos, otros compañeros, algunos aún muy bisoños, miraban atentos y remedaban casi de forma caricaturesca aquel ritual deslumbrante. Fue algo mágico, la gran bola de fuego se adivinó en el horizonte mostrando el borde rojizo potente que incendió su cabeza. Al momento y casi sin esfuerzo se encontraba parado a 100 metros del suelo, disfrutando en contra del viento con su buen hacer y enseñando sus poderes.
La mañana traía hasta nosotros olores frescos de jara y marisma, desde la laguna de los patos, donde el viento siempre sopla, perfumaba las madrigueras de los más dormilones, de los que nunca vuelan.
Había estirado diez veces cada extremidad y movido con celeridad mis articulaciones quizás más de cien. Todo hacía presagiar que el arranque era inminente. Delante los más versados, junto a ellos los veteranos, cerrando el cortejo otros vigilantes que custodiarían a los que como yo, colocados en las dos grandes ramas de la gran V nos estrenábamos en aquella nueva experiencia. El sol se desprendió del horizonte como una gran burbuja roja que inundaba nuestras alas y les daba un color e irisaciones inusitadas. Recordé brevemente el vuelo de quince metros del primer día; los esfuerzos angustiosos e infructuosos de mantenerme en el aire flotando y de no caer rompiéndome un ala al intentar parar el golpe, de las caídas menores los días que siguieron en mi aprendizaje. Hoy la prueba sería muy dura: navegar con el viento y contra él, en lo más alto, donde el cielo se hace todo azul.
La explosión del momento inició la danza de las alas en un desenfreno extravagante. Ya volábamos que digo 100, 500 desenfrenando novedades. Dolían las extremidades y hasta la última pluma. Llovía delicado y refulgente en poniente hacía donde íbamos. Allá abajo levantaba también la naturaleza en un canto rápido.
Volábamos vigilantes, la tierra lejana, casi enana, cuando fuimos absorbidos por una gran nube que se movía a velocidad vertiginosa. El estruendo fue inmenso. Había aparecido rugiendo, inesperado y se había tragado a un compañero como a unos 50 metros de donde yo estaba, salpicándome tozos de su alma y manchándome de rojo amanecer. La gran turbina decapitó a otros dos. Uno de nosotros perdió una de las alas y en torbellino fue aspirado por un embudo gigantesco. Los más aterrados dejaban de mover sus extremidades y caían vertiginosos hacia el abismo que se abría bajo ellos.
Pasadas las colinas de poniente, desde donde también sopla el viento con gran fuerza, aterrizamos bruscamente, aterrados, llorando en un espanto sin fin. Nadie hablaba, nadie miraba, nadie respiraba. La niebla invadía todo haciendo el momento aún más irreal. Todos revisábamos nuestros cuerpos, nuestras alas, evaluando pérdidas y heridas. ¡Y había que volar de nuevo! ¡A casa!
La tarde avanzaba profunda cuando ya regresábamos desde poniente, cansinos, dolidos, con la lluvia cortante azotando nuestras caras. Se ponía  el sol, entre las nubes poderosas que en lo ensombrecían, cuando aterrizamos sobre la arboleda. Me aflojé el hábito y separé las alas. ¡Esto de ser aprendiz de ángel -me dije- prometía ser muy duro, realmente muy duro!


Nota de autor:

Siempre he creído en los ángeles custodios. Niños salvados in extremis, liberados de las situaciones más inverosímiles, en el último suspiro. Vida tras vida, niño tras niño, pero a veces los renglones se tuercen y llega la tragedia. Momentos desesperados e inesperados donde nada puede hacerse. Ellos también aprenden y yo creo que empiezan como hombres, como mujeres, en ejércitos numerosos, volando hasta llenar de experiencia sus momentos difíciles e incluso morir físicamente en el intento, antes de hacerse verdaderamente ángeles. 

jueves, 30 de marzo de 2017

Vida dando magia a la vida (VI)

 La marca sagrada

El frío era inusual desde hacía ya algunas estaciones. El cielo descargaba sin descanso desde la última estación unos copos que vestían con una espesa capa blanca las proximidades de la cueva, como si unos árboles que habitaban junto a la ribera se adelantaran algunas lunas llenándolo de millones de semillas voladoras. Centenares de estaciones separaban aquella escena del terrible terremoto, que junto con el ataque de los neandertales y la explosión de agua casi exterminó a la tribu.
De aquella gruta exterior prácticamente no quedaba más que el recuerdo y una gran piedra manchada de negro, similar a la que se encontraba en la gran cueva de ceremonias, donde se celebraba el fin del día más corto del año. La tribu se había desplazado hacia el sur, buscando tierras más cálidas y generosas, no lejos de donde generaciones atrás, magos y druidas se reunían en las noches llenas de estrellas y de intensos encuentros. Un conjunto de cuevas, escondidas de los senderos, permitía a casi 60 personas alojarse con comodidad, esperando la visita de la gran luminaria del día que les calentaba y alumbraba y, cómo no, a la de la noche que les hacía soñar y esperar momentos irrepetibles. Se diría que la tribu había ganado en diversidad, ya que las mujeres, al igual que los hombres, respondían a estereotipos diversos como si en un desenfreno del solsticio de la estación calurosa, semillas del cielo hubieran sembrado al clan con homúnculos que recordaban a los neandertales ya desaparecidos y a los tatarabuelos de las tatarabuelas de Joks y Gam. Algunos chicos que corrían junto a las charcas tenían narices anchas y frentes poderosas, otros eran más ágiles, aunque sus brazos y piernas estaban más poblados de pelos que los que jugaban afuera con los tirapiedras.
Todo hacía presumir que la gran mayoría se preparaba para la gran fiesta, aunque muchos no sabían qué era lo que se celebraba. Junto al fuego, al fondo de la gran gruta de las ceremonias, reservado de la luz exterior, en grandes pellejos que mujeres habilidosas habían cosido y reforzado con pequeñas y fuertes raíces, se hacía generoso un líquido rojizo que habían obtenido lunas atrás de una bayas dulces pisando, primero, las mujeres y aprisionando con grandes piedras, después, los guerreros. Aquella ceremonia del líquido mágico que hacía brotar carcajadas, nuevas ideas y pequeños duendes que tras volar a la magia los hacía dormir, la habían instaurado Gam y Jocks muchas generaciones atrás, más de las que se podían contar juntando todos los dedos de las manos y los pies. Desafortunadamente, desde hacía tiempo, el líquido que se obtenía al final de la estación calurosa era cada vez más escaso y sin tal líquido la ceremonia no podría celebrarse. Debería ser que los duendes bebían mucho o que los dieses de la ira seguían enfadados.
Los días ya más largos emulaban a las noches y allá a tres tiros de tirapiedras se observaban cuatro enormes piedras alargadas, traídas con gran esfuerzo desde donde sale el fuego del cielo. Entre ellas, un solo día, cada cuatro estaciones, un rayo de luz lograba posarse sobre la marca sagrada, señalando la equidad del día y de la noche y con ello el fin de los fríos y de muchas enfermedades.
Sin embargo, desde hacía varias lunas los días aparecían sin fuerza, nublados y raras veces llegaban los objetos a proyectar sombras sobre el suelo. Desde los clanes vecinos había llegado el rumor que lejos, muy lejos, más allá de donde el mar se hace profundamente azul al amanecer, una enorme explosión había rociado con polvo y cenizas todo el firmamento, de tal forma que incluso los dioses no llegaban a ver desde lo alto a los humanos. Sin embargo, la caza no era esquiva y un ciervo y una cría de búfalo, ya despellejados, se asarían lentamente cuando la magia del rayo de luz indicara que el momento crucial había llegado y que los fríos y lluvias se retirarían por un largo periodo de tiempo.
Una mujer chamán se movía lentamente, sus enormes carnes le impedían hacerlo de forma más rápida. Todos recordaban que de niña era la envidia de muchos de la tribu, pero en las últimas lunas había ganado respeto y envergadura de forma desaforada al igual que su hambre. Sus enormes pechos deberían producir leche capaz de alimentar a cinco pequeños durante ocho estaciones, pensó un muchacho al cruzar brevemente su mirada con la de ella. Dos aprendices la vestían mientras desplegaban al aire movimientos copulatorios que a muchos parecían premonitorios de lo que el sol haría con la estación que hacía florecer a la naturaleza. Pero aquello era tabú y nadie, sino un elegido, podría sembrar su vientre y abrir las grandes fuentes de leche y de vida.
Otras mujeres seleccionaban sobre grandes losas, a la luz de pequeños fuegos, plantas y raíces limpiándolas de insectos y arañas. Mientras, algunos vigías, a la luz de la luna, se apostaban junto a las grandes piedras para evitar que posibles curiosos o enemigos de otros clanes se acercaran en el momento más inoportuno. Faltaban según los más viejos pocas jornadas y nada hacía pensar que la luz de la gran candelaria se abriría camino entre la bruma para pasar entre las piedras e iluminar la marca sagrada.
Una gran nube de polvo pareció levantarse en el horizonte y correr hacia las cuevas en forma de flor que absorbía la bruma, los charcos y los árboles a su paso. Todos se refugiaban en sus respectivas cuevas, cerrando las puertas con parapetos de pieles y cañas que ataban con lianas a piedras cercanas. Llovió sin descanso, parecía que ninguno de los dioses quería nada de aquella maldita tierra sino sembrar el miedo y la muerte.
La mañana se había levantado algo más ligera y luminosa como nadie recordaba desde hacía lunas. Rayos del sol naciente, como dagas, se colaban entre las nubes y la bruma. Todo parecía indicar que la gran ceremonia se celebraría sin tardanza y que en ella una gran fuerza llenaría al clan de energía y esperanza. Mientras la tribu al completo bajaba hacia el tetralito siguiendo despacio los andares de la mujer chaman y los de sus aprendices. La luz del día ganaba en intensidad y todo se preparaba para la gran ceremonia.
El sol ya vestía en lo alto, pero la luna lucía suave, temblorosa, rojiza no lejos en el firmamento. Se diría que ambos habían caído en un encantamiento mutuo, aunque el más fuerte eliminaba poco a poco a la reina de la noche. A lo lejos las aves de la tarde parecía que también acudirían al gran rito, ya que volaban acercándose. Los lobos que día tras día se aproximaban a comer carne dura y jugar con los niños, parecía que se aprestaban a algo extraordinario. Una película invisible se apostaba entre el sol y el clan, haciendo que la temperatura se dejara engañar por los fríos de lunas atrás. La mujer chamán levantó los brazos y gimió un canto incomprensible que hizo temblar a muchos de los que allí estaban. Era como si la luna ahora metiera en sus entrañas al sol, haciendo caer la tarde a toda prisa. Un grito potente desgarró el silencio de nuevo, fuerte, hacia el cielo, mientras una corona de fuego aparecía rodeando a la luminaria de la noche. Los guerreros clavaban en sus muslos los palos de caza. El resto gemía, se clavaba las uñas y ofrecía su sangre al cielo.
Todo era quietud instantánea, recogimiento, nada se movía en el cielo ni en la tierra; solo algunas aves de la noche abrieron sus ojos y se aprestaron a la caza. Esbozos de aullidos se oyeron a lo lejos. La oscuridad se hizo total. Un nuevo grito de la mujer chamán y todo se volvió milagro, borrando despacio la oscuridad y la zozobra, mientras que las crías de búfalo acercándose a sus madres, y ya sin miedo a la noche inoportuna, mamaban con fuerza. Las aves levantaban de nuevo su vuelo hacia el horizonte hacia donde el agua sabía a sal.
Desde lo lejos un haz de luz se abría camino y cruzaba entre dos enormes piedras verticales que miraban a levante y avanzaba hacia otras algo más pequeñas y más juntas en poniente para besar acariciando la marca sagrada.


martes, 21 de marzo de 2017

Y llovieron lágrimas


He lanzado voces de soledad buscando ecos.
He boceado en mi soledad esperando oír tu silencio.
La noche siempre es amplia y profunda
y su sensual velo abre viejas heridas y deja escapar ansiados sueños.
¡Qué bien se me da la búsqueda irreal de cantos de sirenas!

Hace años desde que deambulo, al despertar, borro de mis pocos recuerdos
tu boca ausente y con ella tu sonrisa etérea.
Se diría que el eco de mis gritos despierta matices que
se hacen invisibles cuando en la madrugada el sol se estira.
Luego el día aísla tu recuerdo en un sinfín de historias.

Llueven lágrimas enrojeciendo al campo,
a la luz que filtra entre los árboles, a mi propio yo.
Llueven lágrimas sobre mi espíritu y hacen aún más difícil mi existencia.
Es como si el cielo lanzara miles de frutos rojos
reclamando algo más auténtico, algo mejor hecho.
Late mi yo evitando la agresión, pero los impactos son muchos y dolorosos.

Vuela mi imaginación como la manada de patos al atardecer,
Hacia su cobijo entre los juncos, en la laguna próxima.
En el agua, la luna ha abierto, junto a la islita,
un silencio absoluto donde se adivinan unos ojos,
donde las lágrimas enrojecen el agua como antes lo hizo la tormenta.

De nuevo llueven lágrimas por doquier y mis sueños se esconden más allá de los juncos,
donde a mi corazón pregunto si son seguros mis pasos,
yendo y viniendo de un sueño a otro, de un silencio a otro,
donde de nuevo tu sonrisa se adivina y me acoge,
donde tu silencio parece contestar a mis voces.



Enero 2017

domingo, 5 de marzo de 2017

Vida dando magia a la vida (V)

La noche cruel

Una sensación extraña movió su cuerpo. Nunca había vivido algo equivalente. Su cuerpo había sentido un traqueteo corto que le recordó los juegos de niños a guardar equilibrio sobre grandes piedras que otros chicos empujaban y tiraban hacia sí. Recordó especialmente aquel viaje con su padre a un campo de rocas de formas caprichosas. Jugaban y saltaban y debían moverse sobre una gran piedra vertical que se apoyaba de forma inestable sobre otras. Enseguida recordó  las palabras de la gran matriarca cuando hablaba del gran movimiento de tierra que asoló su tribu y del horror que había vivido hacía varias generaciones. Luego se tranquilizó, había sido tan corto que excepto para él había pasado desapercibido. Todos dormían.
Los restos incandescentes de la hoguera del interior de la cueva dejaban entrever que algunas semillas que un momento antes estaban amontonadas, se encontraban desperdigadas por el suelo, junto al hogar, como a veces ocurría cuando los niños jugaban corriendo por aquella zona de la cueva. Dormitó un poco, pero bruscamente se levantó. El creía haber oído, cuando su cuerpo se desplazaba ligeramente de un lado a otro, un ruido seco más allá del fondo de la gruta y le movió la curiosidad. Cogió una antorcha apagada y la encendió con uno de los rescoldos de la hoguera. Justo en la zona izquierda de la gruta, detrás de los recipientes de agua, se había abierto una grieta que bajaba del techo hasta como a dos brazos del suelo. Con su cuchillo y unos palos desprendió fácilmente unos trozos de pared hasta que un agujero del tamaño de una cabeza permitió meter la antorcha y atisbar desde la otra parte de la grieta. Era una cueva inmensa con un pequeño lago interior. En el centro una columna gigantesca parecía sostener toda la cueva interior. Junto a ella un riachuelo traía agua y se colaba por un agujero hacia las entrañas de la cueva. No obstante, cerca de la pared donde él estaba adivinó grandes rocas desprendidas por doquier y agua retenida que no filtraba hacia el agujero y que empezaba a crear grandes charcos. Gam y algunos curiosos, despertados por el ruido y la luz se acercaron a Jock y ayudaron a agrandar el agujero, iluminado con otras antorchas el espacio ignoto de la caverna recién descubierta.
La tribu andaba algo revuelta y un tanto inquieta. En la ausencia de los dos brujos se había visto a menos de una jornada de camino a otros seres, que como ellos se movían y corrían sobre dos extremidades. Aquellos eran más corpulentos. Los vigías describieron cómo después del ataque de un “Gran Padre”, los dos que sobrevivieron en la lucha terminaron comiéndose al que falleció entes de que en el firmamento apareciera la gran luminaria de la noche. Jock pensó para sí que entre cazadores y guerreros era común presumir de actos y exagerar contando historias para hacer lo más patente posible poder y jerarquía. No obstante era evidente que deberían estar alerta ya que según había oído raras veces se comportaban aquellos seres de forma amigable.
Aquella noche la tribu se había reunido junto a la gran hoguera, cerca de la boca de la cueva. Olía a humedad y algo de agua filtraba desde la caverna interior hacia el interior de la cueva. Fuera la temperatura de la noche permitía gozar de un firmamento sin luna plagado de pequeños puntos luminosos que se agrupaban formando miles de imágenes imaginarias. Muchos niños dormían en brazos de sus madres y nodrizas. Tres piedras silbantes derrumbaron a sendos guerreros, mientras un palo de caza atravesaba la cabeza de otro después de haber entrado por su ojo izquierdo. Jock sacó su cuchillo de mango de hueso y preparó su tirapiedras, pero no sabía de donde procedía el ataque ni quien había realizado tan execrable acto. Los señores de la noche y sus ancestros debían estar profundamente furiosos tras el atentado brutal contra la tribu.
El caos era total, mujeres y niños corrían por doquier, muchos por el interior de la cueva, otros intentando esconderse en la gran caverna que se abría llena de agua, al fondo izquierdo de la cueva. La lucha levantaba charcos de humores. Un gigantón se enfrentaba a Jock que con un movimiento veloz y seco cortó los testículos de aquel que se aprestaba a aplastarle la cabeza con una piedra. Un chorro de sangre salpicó su cara, mientras que de una brecha de su cabeza brotaba con fuerza más sangre, mientras su enemigo se retorcía de dolor e impotencia. Las mujeres en grupos rodeaban a otros atacantes y los golpeaban con palos ardientes, mientras que alguna de ellas perdía la vida ante el ataque de aquellos monstruos. Nadie podía imaginar el móvil de aquella acción tan sin sentido.
Las luces del día entraban solapadamente en la gruta. Había sido una noche cruel. Ninguno de los atacantes había sobrevivido, pero la masacre se había sentido en la cueva. Su cabeza daba vueltas y el dolor era tan intenso que invadía todo su cuerpo, parecía que su muñón era ahora más corto y sangraba. Tendría que tomar el extracto de la corteza de los árboles cuyas ramas largas parecían un llanto a la naturaleza y embadurnarlo con las hojas que tiempo atrás le salvaron la vida.
Un gran estrépito se abrió bajo sus pies. El suelo se movía con traqueteo imparable haciendo aún si cabe más angustioso el momento. Gam abrazaba protegiendo a su hijo sin saber bien hacia dónde ir. Parecía que el temblor no tenía fin. Parte de la entrada se desplomó haciendo más estrecha la salida de la cueva mientras la grieta del fondo se abría vertiginosamente y estallaba desgajando gran parte de la pared. Una avalancha de agua barrió la cueva arrastrando enseres, palos, piedras, instrumentos de caza, personas y animales. Gam y su hijo fueron arrastrados con fuerza bien lejos de la cueva y sus cuerpos quedaron inconscientes junto a los cadáveres de dos Neandertales. Una de las matriarcas había perdido la mandíbula inferior y su cara parecía la de un ser monstruoso de las historias de los guerreros. El agua teñida de rojo regaba el valle y se mezclaba con el verde esmeralda de los prados y el violeta de las flores creando una imagen de los días finales de la estación húmeda. Un brazo asomaba entre el barro y algunas mujeres ya cadáveres tenían el pecho ensangrentado por la pérdida de los pezones. Todo era dolor y muerte. Solo Jock intentaba mantenerse firme y aguantaba las lágrimas para dar fortaleza a sus compañeros supervivientes. Buscó sus hatillos en los que guardaba celosamente las plantas medicinales, pero sólo encontró uno. Dentro una vejiga de ciervo llena de grasa y restos de plantas permanecían intacta. Aquí y allá se oían lamentos. Aplicó su remedio salvador sobre las heridas abiertas de unos. A otros moribundos con heridas abiertas por donde se salían las tripas y los huesos les dio el jugo de la muerte. Buscó desesperadamente por la cueva y empezó a palidecer y creyó que nada le devolvería a sus dos seres más queridos.
La gran luminaria del día lucía en lo alto potente. Casi por azar adivinó unos bultos allá a lo lejos. Gam permanecía hundida en el barro y sólo parte de su cara ayudaba a mantener fuera de peligro a su hijo. La dureza del momento no superaba ni a las catástrofes mayores que habían puesto en peligro la supervivencia de la tribu durante muchas, muchas lunas.
Con la ayuda de una de las mujeres y un tullido levantó la cabeza medio sumergida de Gam, mientras que otra limpiaba y besaba al niño que empezaba a llorar. Abrió su boca y retiró restos de barro. Luego se dirigió a Gam y abriendo su boca la limpió cuidadosamente con agua que alcanzó de un charco. Dos tapones de barro escurrieron de las ventanas nasales de la mujer. Introdujo en su boca pequeños fragmentos de flores alargadas como dedos, de color malva-rojizas junto con un poco de agua que fortalecería su corazón que aun latía. Mientras el tamaño de su vientre señalaba que otra vida se abría camino.


domingo, 26 de febrero de 2017

Vida dando magia a la vida (IV)

El camino de vuelta a casa

El reducto de los brujos quedaba ya a media jornada cuando la gran luminaria apuntaba por poniente que no llegarían más allá de las colinas y que tendrían que buscar abrigo que los escondiera de los posibles acechos de la oscuridad. Los hatillos que portaban no eran pesados, pero si voluminosos y exigían concentración y pericia para portarlos evitando que su contenido pudiera deteriorarse.
Llevaban algo de grasa que facilitaría encender una hoguera que les calentara. Además ya habían visto correr algunos conejos y volar bajo a aves de cola larga. Y no les sería difícil asar uno al fuego. Jock desde que perdiera su mano había ejercitado con primor su extremidad opuesta y había llegado a ser un experto usando el tirapiedras para atontar, si no matar, a pequeños animales desde distancias mucho mayores a las que un brazo poderoso haría llegar.
Tras un largo caminar y atardeciendo, el disco luminoso se aprestó a reflejarse en charcos no lejanos a dos oquedades que parecían abrirse hacia el interior de la tierra. Aquellas dos bocas no eran fácilmente visibles desde lo lejos por la presencia de árboles que empezando la estación lluviosa daban unos frutos marrones por fuera y blanquecinos por dentro, que servían de comida a ciervos, a cochinos de largos y curvos dientes y a pequeños animales de colas amplias de largos pelos.
Cuesta arriba pisaron los charcos de colores rojizos que se extendían en las pequeñas explanadas haciéndolos pedazos y levantando pequeñas olas de luz violáceas y anaranjadas. Se diría que apestaba a humedad y silencio, como si alguien al acecho estuviera alerta y fuera capaz de todo y de nada.
Dentro olía a rancio, a cueva no usada desde hacía muchas estaciones. Con pelusas de animales que encontraron enganchadas en la retama improvisaron una antorcha. Un palo y grasa de animales hicieron el resto. Tras un buen rato, Jock consiguió encender la hoguera salvadora. Había perdido rapidez generando fuego, pero su muñón apretaba seguro contra su mano derecha el palito que vertiginoso iba y venía girando sobre la tablilla y la yesca, consiguiendo siempre prender una llamita que crecía con ayuda de soplidos entrecortados y potentes, pequeñas ramitas, palos y más grasa. Buscó entre los sacos y escogió unas hojas y ramas. Las olisqueó y dio a valorar a Gam. Ambos asintieron y prepararon brevemente el fondo del escondrijo para pasar la noche.
Aullidos de lobos sonaron en la distancia. Junto a un charco dos ciervos, un cervatillo y pequeños roedores bebían vigilantes la llegada de predadores con orejas puntiagudas y dientes poderosos. Preparó su tira-piedras y seleccionó con una mirada tres piedras del tamaño de huevos grandes. Un silbido corto se estrelló contra un animal de rabo largo que se deslizaba lento hacia los bebedores y ya presto al ataque por sorpresa. Una segunda pedrada lo volteó a corta distancia del borde de uno de los grandes charcos.
Se había interpuesto a los designios de la naturaleza, rompiendo el equilibrio vida-muerte en aquellas tierras silenciosas. Un escalofrío corrió por su espalda, los ancestros del cazador no pararían hasta darle a él caza -pensó. Bueno estaría vigilante. Si había escapado a un “Gran padre” ¿cómo no lo haría ante las pequeñas amenazas de aquellos pequeños ancestros? Los ciervos y los otros animales se alejaron cuando a lo lejos la luna encendió la silueta de Jock en un fondo de cielo apagado tras el atardecer.
Con un palo movió el cuerpo del depredador y observó que de su boca pendía un hilo de líquido rojo que le recordó al que había visto brotar muchas veces en cacerías o cuando las agujas de algunas plantas cortaban o pinchaban su piel. Aquel líquido debía ser, el vínculo con la vida, no cabía duda que cuando brotaba con fuerza avisaba de que la vida cambiaba de morada. Tendría que hablar con Gam de aquello y tratarlo en el próximo encuentro de brujos, -pensó.
Arrastró el cuerpo al interior del escondrijo y con destreza separó la piel. Aquella pieza no era pequeña y serviría su piel para abrigar a su hijo cuando vinieran las nieves y los fríos. Una mirada al firmamento le sacó de su ensueño. La gran luminaria de la noche brillaba con fuerza rodeada de halos de colores que hacían entre ver tiempos difíciles para todos. En los charcos se creaban oleadas de luces suaves que se movían agrandando y achicando la boca negra de la cueva, con la brisa de la noche. Comieron despacio saboreando el regalo de la naturaleza y pensando que tal vez el destino los llevaría de nuevo rápido hacia su tribu, hacia sus compañeros y hacia su hijo.
La mañana levantó brumosa. Nubes bajas hacían difícil ver nada más allá de los charcos. Recordó la escena de caza y se sorprendió una vez más de su puntería. El “Gran Padre” que segó su antebrazo había abierto caminos insospechados e increíbles en su existencia. Gam se acurrucó un poco, tapándose con algunas pieles y ramas, para huir de la humedad del amanecer. Jock la besó con cariño y le acercó un poco de agua limpia y algunas semillas. Al poco rato el sol cortaba a lo lejos las nubes e iluminaba nuevas montañas y valles, a dos soles de camino. Manadas de grandes búfalos rumiaban a lo lejos; el color brillante de la hierba, salpicada por flores violáceas mojadas por rocío, creaba una atmósfera insuperable.
Corrieron en su camino casi tan rápido como el gran espíritu de la luz, del calor y de la vida. Se diría que a lo lejos, pequeñas siluetas trazaban caminos de tibieza y lugar seguro. Nada explicaba aquella sensación angustiosa, aquella llamada desde su interior, que desde hacía media luna martirizaba su existencia y raptaba sus sueños por las noches produciéndole dolores insoportables –pensó Gam.
La llegada a la cueva fue todo un acontecimiento. Los vigías los habían avistado hacía rato y la gran matriarca reunió a todos, junto a una hoguera que manos no muy expertas habían encendido para recibir a Gam y Jock. Despacio, con movimientos y palabras ceremoniosas hablaron de su viaje. Muchas cosas quedaron en el secreto de los brujos y de los atardeceres. La sola visión de las pieles llenas de extrañas plantas era tranquilizadora para todos, menos para la pareja, que sabían que las plantas eran necesarias sobre todo en momentos difíciles, cuando la vida, cuando los espíritus se inquietaban ante la soledad extrema, pero que también raptaban a los seres queridos infundiéndoles el sueño eterno.