jueves, 14 de septiembre de 2017

Si los Huntington levantaran la cabeza



He escrito este texto hace unos días, aunque maduraba en mi cabeza desde hace años. He compartido mi angustia, mi reflexión con mis alumnos y compañeros de Farmacia, queriendo despertar en ellos el horror del vandalismo, del atentado contra el espíritu.
Hoy, esta mañana, mi sorpresa ha sido mayúscula cuando una doctora de mi grupo me ha comentado que parte del horror ha pasado y que el daño, si así se puede decir, eliminado, que no era necesario que colgara mi escrito. Paloma, gracias por tu grata noticia. El Guadiana de la estupidez humana ha abandonado por ahora el averno y se encuentra visible a sus Ojos.
Incrédulo me digo -Por fin alguien ha sido sensato, nuestra estatua ya está completa, pero ¿Por cuánto tiempo?

Agradezco la información obtenida en libro “La Universidad Complutense”, en el blog Arte, historia y curiosidades.blogspot.com.es y en las páginas https://www google.Los Portadores de la Antorcha, un regalo del matrimonio Huntington a Madrid (1955); Andrews Hamilton. The Torch Bearers en https://wwwcounter-currets.com; https://wwwmadridafondo.blogspot.com.es


Man bears the holy torch fidelity
Across the glazed and burning sands of Time
A womans’ soul uplifts maternity
Starting to mark a course no less sublime

.
A la espalda de la Avenida Complutense, en el parque, entre facultades, horadado desde hace unas pocas décadas por el metro de Madrid, se ubica la pura dinámica que gira alrededor de un momento mágico: dos hombres desnudos y un caballo son la esencia de nuestra propia civilización, de la esencia de la Universidad misma
Durante mis años de facultad, de doctorado, de deambular universitario, te he visitado, fotografiado, admirado. Sé que has vivido años difíciles, que ha visto correr a otros caballos tras los estudiantes, que recuerdas el mayo del 68, que aún escuchas las voces del cambio del setenta y siete, los tenderetes que hicieron pensar hace poco que en la Ciudad Universitaria reinaba la Edad Media, que vivió y vive las penurias e insensateces de nuestra civilización. Sí, hablo de ti, estatua fantástica.
Hace ya más de media década, salía un día del metro y atónito comprobaba un hecho insólito: Un hombre caído, sufriendo de forma máxima, empujaba en su esfuerzo a su mano portadora de vacío hacia un jinete portentoso que alargaba su brazo más allá de lo imposible; mientras su montura estaba presta a volar hacia el futuro. Corren malos tiempos para la Universidad -pensé. ¿Se acercaban las manos para tocarse, para pedirse ayuda? El vacío generacional era total. La antorcha símbolo de la entrega del conocimiento se había transformado en un sin sentido.
Vez tras vez, cuando cogía el metro, me acercaba y te miraba. En ocasiones encontraba restos de un botellón incomprensible, cintas de colores atadas en tus patas, barbarie señalando que ya nada importaba, que la ignorancia es atrevida.
Con vergüenza he mostrado tu imagen mutilada a compañeros de otras universidades. Muchos de ellos, sobre todo los extranjeros, se acobardaban ante la falta de respeto de unos desalmados y preferían pensar que no fueron universitarios los que atentaron hace tiempo contra ti, contra el alma de la Complutense, contra “la Docta”, contra el alma misma de la Universidad. Otros no comprendían la falta de acción por parte de todos. Sí, esto fue un atentado grave contra ti, más grave aún que otros, ya que se destruyó al espíritu, a la dignidad, a la esencia del saber y de la transmisión del mismo.
Salgo del metro hace una semana, y vuelvo a mirarte, y compruebo que nada ha cambiado, lo mismo desde hace años, desde que lo denuncié en Junta de Facultad y que se plasmó en una carta que se dirigió al Rector Magnífico de la Complutense. Miro bien y te fotografío. Entre las manos de tus dos humanos sigue habiendo vacío. Busco en mi memoria tu nombre, rodeo caminado tu basamento y casi borrado en la piedra adivino “Los Portadores de la Antorcha”. Creo estar viviendo una pesadilla y me pellizco, tus portadores siguen sin portar nada, tu antorcha, símbolo de la entrega del conocimiento, de la razón civilizadora sigue sin existir en la Universidad Complutense. La acción, la responsabilidad personal, la imaginación creativa sigue siendo pasto de la infidelidad.
Han pasado años y tú, estatua familiar desde antes que desapareciera el tranvía de la Complutense, desde que tu creadora Anna Vaughn Hyant Huntington se sintiera orgullosa de que estuvieras en Madrid, sigues incompleta.
Tras visitar algunas fotografías, tus fotografías me he dicho -Si los Huntington levantaran la cabeza, tendíamos que ir a contemplarla a Connecticut, a Virginia o a New Jersey donde están tus réplicas-. El sueño de la artista que estaba orgullosa de que residieras en un país que supo luchar 800 años por su independencia y mantuvo su esencia de civilización trasladándola a América, se convertiría en pesadilla. Anna no volvería a elegir a nuestra ciudad Universitaria para que siguieras iluminado al mundo con tu antorcha del saber.

Hoy, mi espíritu es otro. En tu escena magistral reina ya el equilibrio: Todos podemos sentir el empuje de mantener esa llama del saber y la cultura, la razón de saber lo que es nuestra razón de ser y nuestro destino. Sueño que sabremos recoger tu antorcha y portarla lejos, tanto como el brío que nuestra generación nos permita. Sueño que allá en la lejanía no faltarán amantes del respeto y del saber, que alguien en un relevo eficaz portará tu antorcha y con ella los valores del ser humano. Sé que no te merecemos, pero otras generaciones esperan, sin duda, que ojalá sigas siendo por siempre testigo del cambio generacional y que ellas también puedan presumir ante sus hijos de esto que sin duda es y será un milagro.




viernes, 25 de agosto de 2017

Amanecía más allá


Amanecía más allá, en las islas de levante, donde la leyenda anticipaba gigantes y la historia dolores de batallas angostas y lunas salpicadas de llantos de mujeres por sus hombres-héroes que ya no existían. Había caminado sin descanso desde que las entrañas de las palomas trajeran buenas nuevas destrozando el horóscopo aciago. Tenía el corazón añorante de aquel su primer amor, a quién vería pronto si los hados seguían protegiéndole y si su amada aún vivía. Dormía ahora, con la cara encerrando una sonrisa, que borraba sus arrugas y que se movía entre sedas y arena de playa que salpicaba, latigando, sus piernas desnudas antes de sumergirse entre sus brazos.
Andaba aun la noche de tiros largos. Había peleado en su galope mágico contra sus instintos, sudaba dormido, intranquilo, jadeante; apaciguaba sus ansias volteando su cuerpo contra la brisa de la noche y las lacerantes luces de estrellas cada vez más débiles. Llenaba la noche con sus trazos las sombras casi imperceptibles que la luna nueva dejaba en las dunas más allá, junto al agua, en la orilla inexistente de su existencia. Una música lejana llenaba aquel momento rogando a los cielos no despertar nunca. Se deslizaba despacio como si el tiempo no latiera, como si el tic-tac de su corazón hubiera ralentizado el paso de las horas haciendo aquel momento eterno.

De nuevo la brisa hizo más palpable una mirada que se clavaba en sus ojos y despertó asustado en el fondo de su sueño, a sus ochenta y muchos años. Aquellos ojos eran una mezcla de todos los misterios y preguntas que llevaba haciéndose desde hacía lustros. Mil estrellas en la noche ahora brillaban inmensas arriba. Sintió frío, sus ropas mojadas de sudor y rocío temblaban más allá de lo que hacía su cuerpo. Recordó y recordó todo parecía tan lejano, pero tan próximo, tan profundo que dolía más allá de lo conocido. Aquella noche había sido distinta de otras muchas, diferente a todas, un preludio del amanecer brillante que le tendía la mano.

martes, 16 de mayo de 2017

La escalera


Llenaban de notas la habitación. Se diría que el invierno había fugado la tristeza del otoño para dejar venir la primavera en su esplendor total. El espíritu navegaba por no sé qué mares donde todo era calma envuelta en brisa fresca. Un violín, una viola, un violonchelo se contestaban, contrapunteaban y completaban haciendo lo imposible bello, lo bello imposible, lo difícil calmo, lo calmo fácil.
Abajo los vecinos se aprestaban a cenar en un portento de ruido, entremezclando ansiedad, alegría y tensión. Todos esperaban la noticia en la seguridad de que alguien llegaría. Llamaría a la puerta y el hijo más pequeño, el talismán de la familia, abriría para recibir un sobre, quizás una noticia, donde en una carta estaría escrito el final de todo, el final de las penurias.
Fuera soplaba un viento suave que hacía aún más nítida la sensación de primavera. Algunos grupos poco numerosos se aprestaban a tomar la última copa antes de recogerse en sus hogares vacíos de tranquilidad y amor, donde ya nada era paz.
Alguien se movía sigiloso para no hacer callar a los violines y violas, a las risas nerviosas de los de abajo o el tintinear lejano de las copas del mostrador del bar. Se diría que en su cara había una mueca de dolor, pero la oscuridad de la noche no daba opciones. Vestía de negro como siempre y solo sus sandalias desnudas sabían dónde ponía los pies.
Había visitado todos los continentes y hacía solo unos días había sorprendido más allá del Cono Sur, en una de las bases científicas que sueñan con descubrir la existencia de lo indescifrable. Realizaba viajes inquietantes sin mostrarse intranquilo, cansado, nervioso, pero hoy parecía distinto. El aire olía a primavera, a tierra recién mojada, a vidas por vivir. Nadie le seguía y bajo su capa escondía aquello que siempre era suyo. Velaba y velaba, nunca dormía y casi sorprendía sin dejarse ver. Ya adivinó en la oscuridad de la calle, la puerta que esperaba.
Con seguridad y silencio penetró en la vivienda. Nadie en la escalera, solo soledad y olor a madera vieja de escalones pisados una y mil veces. Sin embargo, algo de brisa de la noche de afuera se había mezclado con aquel olor ancestral cuando penetró en el vestíbulo que llevaba a la escalera.
Arriba, las cuerdas sonaban bien. Boccherini recordaba su quinteto del fandango, entrecortadas las notas con las toses del abuelo y las risitas veladas del benjamín. Nadie en la escalera, ni siquiera sus pasos. Un movimiento imperceptible y se encontró oscuro, sorprendente, dentro de la casa. Arriba Boccherini seguía sonado español. De bruces se encontró con el niño y al fondo con el abuelo. Ya hacía 85 años que le buscaba y allí estaba, era su momento. Algo imperceptible tiró de su capa e imaginó la mano del niño parando su mano, desnudándolo, quitándole su sin sentido.
El abuelo yacía en el suelo jadeante, con una mano en el pecho, esbozando una sonrisa de victoria. Tenía en los ojos restos de pavor y llamaba al niño. El beso del chiquillo rompió el momento y la oscuridad se hizo luz en una habitación donde un momento antes no había más que espanto.


Nota del autor: No sé por qué he hecho esta historia tan mía y he viajado de un principio calmo, con Boccherini y el fandango tan querido, a un final aterrador convirtiéndome en abuelo y escapándome por los pelos. Nunca la sensación de muerte la tuve tan cerca. Lo malo es que ya me quedan, menos años y aun no tengo nietos. 

lunes, 24 de abril de 2017

Cantando en Gregoriano



A veces un programa de música te engancha en maneras impensables, y te sientes monje, o al menos espíritu y navegas por las notas como navegó Ulises, enfrentándose a las sirenas y a las tempestades, llegando incluso a la esencia de las cosas y rezando un poco, ante el miedo, la incertidumbre o la belleza

Cantando en Gregoriano
Dolían las manos. El frío calaba más allá de los huesos. Nada de lo que llevaba puesto parecía frenar ni un ápice la humedad gélida de la huyente madrugada. No obstante, detrás de los cristales, en la capilla, aquellos hábitos gruesos, intemporales permitían perderse, sin saber bien cómo, en el calor de las salmodias que llenaban los huecos del momento.
Hasta el alma se perdía en aquellos cantos profundos que hacían amar lo imposible. Levitaban sus espíritus hacia el infinito, hasta darse de bruces con lo que más vive, la luz perfecta, la esperanza del momento, lo anhelado, las entretelas de Dios, Dios.

17 de Marzo, 2017. Camino de Málaga, escuchando la radio.

Mujer alunarada, mujer afortunada

MUJER ALUNARADA, MUJER AFORTUNADA

       Una luna gigantesca arrancó reflejos multicolores al horizonte. Iba cargada hasta las cejas, cuando al doblar una esquina tropezaron, desparramándose por el suelo el contenido de dos bolsas llenas de comida y rajándose un paquete lleno de libros que cayeron con estrépito. Angustiada empezó a meter la comida en la bolsa rota, hasta que desesperada lo dejó por imposible. Mientras, él, sin dejar de excusarse, empezó a apilar los libros haciendo un paquete con ellos.

       Se miraron y algo conocido despertó en sus mentes. Aquellos ojos, aquella forma de mirar no eran extrañas. De golpe, recordaron años atrás en el Instituto, cuando eran novios. Había transcurrido mucho tiempo, volvieron a mirarse y cogidos del brazo se alejaron de aquella esquina primero maldita, luego bendita. En la otra acera se besaron. Ambos pasaban por momentos difíciles y una luz de esperanza se abría en sus caminos.

       Había quedado con él dos días después de un encuentro desgraciado y fortuito que se volvió afortunado. Se dirigía al lugar de encuentro, nerviosa, mirando al móvil por si él la llamaba, por si había cambio de planes. Cruzó la calle, un camión se cruzó en su camino y con un golpe gigantesco la lanzó sobre sus brazos. Había tenido la fortuna de morir junto a él mientras una luna blanquecina, ya en cuarto menguante, volvía a arrancar reflejos multicolores al horizonte.

viernes, 21 de abril de 2017

Aprendiz


Hoy he volado más allá de las colinas de poniente. Se diría que el viento me empujó suave pero firme hasta donde nunca antes había llegado. Abajo, divisaba algunos caminos de tierra que partían de chozas donde ladraban algunos perros. Siempre me asombró la capacidad de los perros de adivinar cosas, de reaccionar frente a situaciones que no son perceptibles para los humanos y aun siquiera para nosotros. La lluvia fue en algunos momentos testigo de aquel viaje que dejará marcas imperecederas en mi cerebro.
La mañana había levantado temprano, fría, filtrando las últimas sombras de la noche en una lucha feroz con su propia existencia. El gran grupo despertaba tranquilo, sin prisas, un tanto amedrentado por la escarcha que empezaba a fulgurar con las primeras luces de la mañana.
El “Jefe”, el más sabio, el de las cien aventuras y mil viajes miraba a lo lejos y desplegaba su cuerpo con movimientos y contracciones inverosímiles que permitían a las plumas timoneras catar la dirección y la fuerza de la brisa que también amanecía. No lejos, otros compañeros, algunos aún muy bisoños, miraban atentos y remedaban casi de forma caricaturesca aquel ritual deslumbrante. Fue algo mágico, la gran bola de fuego se adivinó en el horizonte mostrando el borde rojizo potente que incendió su cabeza. Al momento y casi sin esfuerzo se encontraba parado a 100 metros del suelo, disfrutando en contra del viento con su buen hacer y enseñando sus poderes.
La mañana traía hasta nosotros olores frescos de jara y marisma, desde la laguna de los patos, donde el viento siempre sopla, perfumaba las madrigueras de los más dormilones, de los que nunca vuelan.
Había estirado diez veces cada extremidad y movido con celeridad mis articulaciones quizás más de cien. Todo hacía presagiar que el arranque era inminente. Delante los más versados, junto a ellos los veteranos, cerrando el cortejo otros vigilantes que custodiarían a los que como yo, colocados en las dos grandes ramas de la gran V nos estrenábamos en aquella nueva experiencia. El sol se desprendió del horizonte como una gran burbuja roja que inundaba nuestras alas y les daba un color e irisaciones inusitadas. Recordé brevemente el vuelo de quince metros del primer día; los esfuerzos angustiosos e infructuosos de mantenerme en el aire flotando y de no caer rompiéndome un ala al intentar parar el golpe, de las caídas menores los días que siguieron en mi aprendizaje. Hoy la prueba sería muy dura: navegar con el viento y contra él, en lo más alto, donde el cielo se hace todo azul.
La explosión del momento inició la danza de las alas en un desenfreno extravagante. Ya volábamos que digo 100, 500 desenfrenando novedades. Dolían las extremidades y hasta la última pluma. Llovía delicado y refulgente en poniente hacía donde íbamos. Allá abajo levantaba también la naturaleza en un canto rápido.
Volábamos vigilantes, la tierra lejana, casi enana, cuando fuimos absorbidos por una gran nube que se movía a velocidad vertiginosa. El estruendo fue inmenso. Había aparecido rugiendo, inesperado y se había tragado a un compañero como a unos 50 metros de donde yo estaba, salpicándome tozos de su alma y manchándome de rojo amanecer. La gran turbina decapitó a otros dos. Uno de nosotros perdió una de las alas y en torbellino fue aspirado por un embudo gigantesco. Los más aterrados dejaban de mover sus extremidades y caían vertiginosos hacia el abismo que se abría bajo ellos.
Pasadas las colinas de poniente, desde donde también sopla el viento con gran fuerza, aterrizamos bruscamente, aterrados, llorando en un espanto sin fin. Nadie hablaba, nadie miraba, nadie respiraba. La niebla invadía todo haciendo el momento aún más irreal. Todos revisábamos nuestros cuerpos, nuestras alas, evaluando pérdidas y heridas. ¡Y había que volar de nuevo! ¡A casa!
La tarde avanzaba profunda cuando ya regresábamos desde poniente, cansinos, dolidos, con la lluvia cortante azotando nuestras caras. Se ponía  el sol, entre las nubes poderosas que en lo ensombrecían, cuando aterrizamos sobre la arboleda. Me aflojé el hábito y separé las alas. ¡Esto de ser aprendiz de ángel -me dije- prometía ser muy duro, realmente muy duro!


Nota de autor:

Siempre he creído en los ángeles custodios. Niños salvados in extremis, liberados de las situaciones más inverosímiles, en el último suspiro. Vida tras vida, niño tras niño, pero a veces los renglones se tuercen y llega la tragedia. Momentos desesperados e inesperados donde nada puede hacerse. Ellos también aprenden y yo creo que empiezan como hombres, como mujeres, en ejércitos numerosos, volando hasta llenar de experiencia sus momentos difíciles e incluso morir físicamente en el intento, antes de hacerse verdaderamente ángeles. 

jueves, 30 de marzo de 2017

Vida dando magia a la vida (VI)

 La marca sagrada

El frío era inusual desde hacía ya algunas estaciones. El cielo descargaba sin descanso desde la última estación unos copos que vestían con una espesa capa blanca las proximidades de la cueva, como si unos árboles que habitaban junto a la ribera se adelantaran algunas lunas llenándolo de millones de semillas voladoras. Centenares de estaciones separaban aquella escena del terrible terremoto, que junto con el ataque de los neandertales y la explosión de agua casi exterminó a la tribu.
De aquella gruta exterior prácticamente no quedaba más que el recuerdo y una gran piedra manchada de negro, similar a la que se encontraba en la gran cueva de ceremonias, donde se celebraba el fin del día más corto del año. La tribu se había desplazado hacia el sur, buscando tierras más cálidas y generosas, no lejos de donde generaciones atrás, magos y druidas se reunían en las noches llenas de estrellas y de intensos encuentros. Un conjunto de cuevas, escondidas de los senderos, permitía a casi 60 personas alojarse con comodidad, esperando la visita de la gran luminaria del día que les calentaba y alumbraba y, cómo no, a la de la noche que les hacía soñar y esperar momentos irrepetibles. Se diría que la tribu había ganado en diversidad, ya que las mujeres, al igual que los hombres, respondían a estereotipos diversos como si en un desenfreno del solsticio de la estación calurosa, semillas del cielo hubieran sembrado al clan con homúnculos que recordaban a los neandertales ya desaparecidos y a los tatarabuelos de las tatarabuelas de Joks y Gam. Algunos chicos que corrían junto a las charcas tenían narices anchas y frentes poderosas, otros eran más ágiles, aunque sus brazos y piernas estaban más poblados de pelos que los que jugaban afuera con los tirapiedras.
Todo hacía presumir que la gran mayoría se preparaba para la gran fiesta, aunque muchos no sabían qué era lo que se celebraba. Junto al fuego, al fondo de la gran gruta de las ceremonias, reservado de la luz exterior, en grandes pellejos que mujeres habilidosas habían cosido y reforzado con pequeñas y fuertes raíces, se hacía generoso un líquido rojizo que habían obtenido lunas atrás de una bayas dulces pisando, primero, las mujeres y aprisionando con grandes piedras, después, los guerreros. Aquella ceremonia del líquido mágico que hacía brotar carcajadas, nuevas ideas y pequeños duendes que tras volar a la magia los hacía dormir, la habían instaurado Gam y Jocks muchas generaciones atrás, más de las que se podían contar juntando todos los dedos de las manos y los pies. Desafortunadamente, desde hacía tiempo, el líquido que se obtenía al final de la estación calurosa era cada vez más escaso y sin tal líquido la ceremonia no podría celebrarse. Debería ser que los duendes bebían mucho o que los dieses de la ira seguían enfadados.
Los días ya más largos emulaban a las noches y allá a tres tiros de tirapiedras se observaban cuatro enormes piedras alargadas, traídas con gran esfuerzo desde donde sale el fuego del cielo. Entre ellas, un solo día, cada cuatro estaciones, un rayo de luz lograba posarse sobre la marca sagrada, señalando la equidad del día y de la noche y con ello el fin de los fríos y de muchas enfermedades.
Sin embargo, desde hacía varias lunas los días aparecían sin fuerza, nublados y raras veces llegaban los objetos a proyectar sombras sobre el suelo. Desde los clanes vecinos había llegado el rumor que lejos, muy lejos, más allá de donde el mar se hace profundamente azul al amanecer, una enorme explosión había rociado con polvo y cenizas todo el firmamento, de tal forma que incluso los dioses no llegaban a ver desde lo alto a los humanos. Sin embargo, la caza no era esquiva y un ciervo y una cría de búfalo, ya despellejados, se asarían lentamente cuando la magia del rayo de luz indicara que el momento crucial había llegado y que los fríos y lluvias se retirarían por un largo periodo de tiempo.
Una mujer chamán se movía lentamente, sus enormes carnes le impedían hacerlo de forma más rápida. Todos recordaban que de niña era la envidia de muchos de la tribu, pero en las últimas lunas había ganado respeto y envergadura de forma desaforada al igual que su hambre. Sus enormes pechos deberían producir leche capaz de alimentar a cinco pequeños durante ocho estaciones, pensó un muchacho al cruzar brevemente su mirada con la de ella. Dos aprendices la vestían mientras desplegaban al aire movimientos copulatorios que a muchos parecían premonitorios de lo que el sol haría con la estación que hacía florecer a la naturaleza. Pero aquello era tabú y nadie, sino un elegido, podría sembrar su vientre y abrir las grandes fuentes de leche y de vida.
Otras mujeres seleccionaban sobre grandes losas, a la luz de pequeños fuegos, plantas y raíces limpiándolas de insectos y arañas. Mientras, algunos vigías, a la luz de la luna, se apostaban junto a las grandes piedras para evitar que posibles curiosos o enemigos de otros clanes se acercaran en el momento más inoportuno. Faltaban según los más viejos pocas jornadas y nada hacía pensar que la luz de la gran candelaria se abriría camino entre la bruma para pasar entre las piedras e iluminar la marca sagrada.
Una gran nube de polvo pareció levantarse en el horizonte y correr hacia las cuevas en forma de flor que absorbía la bruma, los charcos y los árboles a su paso. Todos se refugiaban en sus respectivas cuevas, cerrando las puertas con parapetos de pieles y cañas que ataban con lianas a piedras cercanas. Llovió sin descanso, parecía que ninguno de los dioses quería nada de aquella maldita tierra sino sembrar el miedo y la muerte.
La mañana se había levantado algo más ligera y luminosa como nadie recordaba desde hacía lunas. Rayos del sol naciente, como dagas, se colaban entre las nubes y la bruma. Todo parecía indicar que la gran ceremonia se celebraría sin tardanza y que en ella una gran fuerza llenaría al clan de energía y esperanza. Mientras la tribu al completo bajaba hacia el tetralito siguiendo despacio los andares de la mujer chaman y los de sus aprendices. La luz del día ganaba en intensidad y todo se preparaba para la gran ceremonia.
El sol ya vestía en lo alto, pero la luna lucía suave, temblorosa, rojiza no lejos en el firmamento. Se diría que ambos habían caído en un encantamiento mutuo, aunque el más fuerte eliminaba poco a poco a la reina de la noche. A lo lejos las aves de la tarde parecía que también acudirían al gran rito, ya que volaban acercándose. Los lobos que día tras día se aproximaban a comer carne dura y jugar con los niños, parecía que se aprestaban a algo extraordinario. Una película invisible se apostaba entre el sol y el clan, haciendo que la temperatura se dejara engañar por los fríos de lunas atrás. La mujer chamán levantó los brazos y gimió un canto incomprensible que hizo temblar a muchos de los que allí estaban. Era como si la luna ahora metiera en sus entrañas al sol, haciendo caer la tarde a toda prisa. Un grito potente desgarró el silencio de nuevo, fuerte, hacia el cielo, mientras una corona de fuego aparecía rodeando a la luminaria de la noche. Los guerreros clavaban en sus muslos los palos de caza. El resto gemía, se clavaba las uñas y ofrecía su sangre al cielo.
Todo era quietud instantánea, recogimiento, nada se movía en el cielo ni en la tierra; solo algunas aves de la noche abrieron sus ojos y se aprestaron a la caza. Esbozos de aullidos se oyeron a lo lejos. La oscuridad se hizo total. Un nuevo grito de la mujer chamán y todo se volvió milagro, borrando despacio la oscuridad y la zozobra, mientras que las crías de búfalo acercándose a sus madres, y ya sin miedo a la noche inoportuna, mamaban con fuerza. Las aves levantaban de nuevo su vuelo hacia el horizonte hacia donde el agua sabía a sal.
Desde lo lejos un haz de luz se abría camino y cruzaba entre dos enormes piedras verticales que miraban a levante y avanzaba hacia otras algo más pequeñas y más juntas en poniente para besar acariciando la marca sagrada.