miércoles, 4 de octubre de 2017

Una visita aérea inesperada


Una visita aérea inesperada
Miró hacia el cielo y adivinó una estela solitaria. Ya hacía tiempo que nadie se adentraba por aquellos parajes tan distantes. Fuera en su cabaña un pequeño acumulador recogía la energía que el sol había generado al incidir en una vieja placa solar que años atrás había trasladado, no sin penurias, en un carro tirado por dos mulas desde un núcleo de población distante más de 200 km. Aquel viaje estuvo lleno de sinsabores, pero también de aventuras, cuyo recuerdo dibujó en su cara una sonrisa casi imperceptible, mientras brillaban ligeramente sus ojos.
Dentro, en la casa, se escuchaba el Triple Concierto. Escalas maravillosas, romanticismo a raudales salpicado de escorzos orquestales que invitaban a sentarse y a escuchar, dejando fugar la imaginación a cotas impensables: Allá corría el río mezclándose con noches ocultas, ahora un reloj de cuco despertaba la mirada atónita de una niña, una pareja corría desnuda a esconder sus besos tras las dunas, ahora una cierva amamantaba a su cría en un campo florecido de amapolas no lejos de vaguadas y encinares. Se diría que era el discurso de un viejo profesor lleno de encanto y filosofía, salpicado de preguntas ancestrales de alumnos de todos los tiempos.
Se sentó y nuevamente miró hacia lo alto. La estela del avión se abría en un chorro intermitente que asaeteaba en el horizonte a una nube solitaria. Pero ¿qué hacía allí, tan cerca y tan lejos? Lo tenía casi todo. Una pequeña huerta y su destreza le permitía asegurar un volumen de capturas suficientes en un arcón congelador que había conseguido hacía varios lustros. También una vez cada seis meses se desplazaba a la que otros llamaban civilización a la búsqueda de herramientas, munición, anzuelos y otros enseres que hacían más fácil su existencia. Además, recibía puntualmente noticias grabadas de su hijo Miguel, que le llegaban de forma automática al pulsar un botón rojo escondido tras los botes de la cocina. Sin embargo, ya hacía tiempo que no hablaba con él y para colmo su compadre Andrés no daba señales de vida, habiendo roto la costumbre de años atrás de verse una vez en cada estación.
El invierno había sido largo, con nevadas copiosas y frecuentes que aseguraban que pronto un verdor rabioso visitaría a los campos y bosques próximos. Muchas florecillas apuntaban chivando al observador en qué mes del año se encontraban. A los matices de los oboes golpeados por el martilleo del piano se oían llamadas lejanas de pájaros imposibles, chasquidos de los árboles liberándose de viejos trozos de corteza, aderezados por olores a naturaleza plena de colores y vida.
La retina le había enseñado a sobrevivir solo en la lejanía. Desde hacía años nada hostil lograba enturbiar esta soledad y aunque algunas alimañas se aproximaban peligrosamente, él sabía cómo mantenerlas alejadas. Excepto Andrés y Miguel, nadie rompía la monotonía de aquel su rincón día a día. ¿Por qué estoy aquí? – se preguntó-. Los humanos son seres socialmente dependientes y yo parezco cada día menos un ser humano -pensó. La música era su salvación. Pero ¿cuánto tiempo sería capaz de continuar así?-se preguntó. Ya debía tener setenta o casi algunos más. Recordó cómo meses atrás había mantenido con Andrés una discusión amigable sobre el amor y la vida tras ingerir unos cuantos vasos de vino. Su compadre también tenía descendencia y había encontrado a una compañera que le permitía vivir las mañanas y las noches en una soledad compartida y él no tenía por qué no hacerlo.
Un ruido lejano intenso, inexorable, le sacó de sus pensamientos. Beethoven ya no sonaba en sus oídos. Cogió su zamarra, la escopeta, un montón de munición, una lámpara, un mechero y algo de comida, vendas y alguna medicina y se dirigió hacía el cobertizo. Allí, estaban sus mejores perros y un buen trineo, pero ya había menos hielo y la probabilidad de caer en una grieta era elevada. Dos veces había escapado de morir congelado al romperse el hielo, pero aquello eran historias de hacía  veinte años, cuando en sus brazos había fortaleza y en su cabeza arrojo. Optó por su caballo. En las regiones de nieve o hielo le ataría unas fundas en las patas y evitaría el riesgo extremo. Varias explosiones habían seguido al ruido, y una humareda a unos cien kilómetros señalaba el lugar del suceso. Tardaría al menos cinco horas, pero no podía sentirse ajeno a echar una mano o en todo caso a rezar cuando nada pudiera hacer. Si aquello era lo que imaginaba, el olor de la sangre atraería a los osos, lobos y otros depredadores, por lo que debía estar alerta y no arriesgar en exceso. En su cabeza se apiñaban recursos, situaciones, soluciones de antaño. Todo debía esperar.
Una sensación amarga corría ahora por sus venas y salpicaba su mente con las notas más dolientes del triple concierto. Se imaginaba en la soledad del hielo, descalzo, con los pies agrietados, sangrantes, pero corriendo hacia el abismo de lo desconocido y en la zozobra del no llegar. Otra explosión lejana le sacó de sus ensueños e hizo que espoleara a su caballo que sudaba más que otras veces. En cuanto llegara lo dejaría descansar y limpiaría su esfuerzo. La tarde ya había descendido al disco solar unos pocos grados y no le quedarían más de tres o cuatro horas de margen para atender, socorrer o enterrar y rezar y luego buscar o construir un refugio antes de que la Luna los acompañara en aquella noche que prometía ser larga.

Un encuentro dantesco y un final inesperado
El terror llenó sus sentidos. Olía a quemado, el fuego había asolado armarios, butacas, ropa haciendo rescoldos bajo las columnas de humo. Restos del avión se esparcían por doquier en medio kilómetro a la redonda. Recordó con escalofrío la estela solitaria en el cielo, mientras soñando escuchaba a Beethoven. Muchos restos se encontraban parcialmente hundidos como consecuencia del impacto y por efecto del calor sobre la nieve. Tenía que actuar rápido, buscar primero restos de vida entre los amasijos del avión, auxiliar luego a los heridos, si es que había alguno, y más tarde localizar los cuerpos y enterrarlos. ¡Los osos y los lobos no tardarían! ¡Nadie vendría en su ayuda en muchas horas! ¡Solo se pondrían en movimiento cuando saltaran las alarmas de las ausencias!
Los restos del aparato señalaban claramente que el avión no era grande, que parecía un aparato particular, del que únicamente en la torre de control del aeródromo del que había despegado tendría noticias. Él había escuchado que a veces, durante los vuelos, de las compañías privadas, se interrumpía la comunicación ente el avión y la base para evitar el ataque y la piratería.
Se acercó y encontró dos cuerpos mutilados. Uno de ellos, al intentar alejarse del avión antes de que estallara, había dejado un reguero de terror, esparciendo salpicones de sangre por doquier. Al otro le faltaba la cabeza que machacada se encontraba hundida a unos 10 metros más allá entre la nieve. Una bocanada de ácido llenó su boca y vomitó sobre ellos. El caballo relinchó intranquilo.
En el interior del cuerpo del avión el caos era aún mayor. Restos calcinados de butacas y una mesa delataban que se trataba de un avión privado. ¡Dios sabrá que provocó el desastre! –se dijo.
En la cara de una mujer, que yacía en el suelo, entre las ruinas calcinadas de los asientos, se había inmortalizado el momento del espanto pretérito. Se acercó a ella y su rostro no le dejó indiferente. Sondeó en sus recuerdos y creyó adivinar una mujer querida, pero el espanto acortó la respuesta de su pasado. Más allá otro cuerpo se encontraba boca abajo y su mano izquierda aún sangraba por la pérdida de dos dedos. Su cara denotaba mezcla de horror, dolor, schock y cercanía de la muerte por debilitamiento e hipotermia. Una de sus orejas colgaba en el vacío separada casi en su totalidad del resto de la cara. Lo miró fijamente, se tapó la cara y dio un grito de dolor. El azar juega fuerte, pero aquello le pareció excesivo. Le aplicó rápidamente un hemostático y aplicó un pequeño torniquete, y una venda sobre los muñones de los dedos, sujetando de forma improvisada la oreja al lugar del que había sido seccionada. Lo tapó con una manta y siguió buscando. Más allá otro cuerpo de mujer y más silencio hicieron que dos lágrimas arrancaran de sus ojos. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánto espanto!
La noche estaba cerca. Localizó en su caballo una pala y empezó a escarbar rápido, para hacer un pequeño escondrijo, donde pasar la noche y escapar a la congelación segura. No tenía tiempo para hacer algo similar a un iglú, pero aquello serviría. Buscó en los alrededores. Los restos de un ala fortalecerían el techo del habitáculo impidiendo que la nieve se desplomara sobre los cuerpos. Un agujero de dos metros de largo por uno de ancho y otro de profundo sería suficiente para él y el hombre que aún vivía. Mañana haría el resto del trabajo. La noche prometía ser fría y morir de hipotermia era un hecho seguro si no actuaba con destreza. Haría una hoguera con los restos de telas y objetos no carbonizados que encontrara para mantener a su caballo lo más caliente posible en un redil improvisado, junto a su escondrijo. Trabajó rápido y duro. El cobertizo, si así podía llamarse, era suficiente para los dos y su caballo viviría, si acertaba a ser vigilante frente a los amos del frío, de la nieve y de la noche.
Las horas pasaron lentas y dolientes. No había pegado ojo y el cansancio era extremo. Su caballo tiritaba cuando las primeras luces del amanecer alertaron en la distancia el perfil de un gran oso que se acercaba. Los osos, a veces, eran imprevisibles. El olor de la sangre y los restos de los muertos harían que se decidiera fácilmente por ellos, pero el caballo, él o el hombre en schock, dentro del agujero, tampoco parecían presas difíciles –se dijo-.
Buscó su rifle, munición y preparó el momento. Ensilló bien a su caballo y despacio se dirigió al encuentro. Como a cincuenta pasos el oso erguido enseñaba sus poderes, rugiendo feroz y asustando a cualquier ser vivo que se moviera en cien metros a la redonda. Un movimiento rápido del caballo erró su disparo, hiriendo al oso y convirtiéndolo en su mayor enemigo. Disparó de nuevo y el tiro vació un ojo de la bestia que embistió tuerto contra jinete y montura, cayendo abatido a menos de dos metros de ambos.
Multitud de decisiones se agolparon en su mente. La piel del oso serviría de abrigo espléndido frente el frío, pero su caballo y él estaban exhaustos. El hambre arreciaba y la muerte también. Se acercó deprisa al agujero y con los restos del ala y de unas pértigas de metal que encontró en lo que debió ser la bodega del avión construyó una especie de parihuelas. Sujetó fuertemente el remolque al caballo, accedió a dar algo de paja a su caballo y mojó con agua los labios y boca del moribundo. Un poco de pan entreabrió sus fuerzas. El camino a casa era largo, pero la muerte llamaba con golpes secos a la puerta de su existencia. Junto al moribundo colocó el cuerpo de aquella mujer que momentos atrás le abriera los escondrijos de su memoria. La música inútil empezó a sonar en sus oídos. Recordó los últimos acordes que escuchara al observar la estela del avión en el cielo y se puso en marcha hacia la salvación.
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Ya estaba en casa, había logrado escapar aunque no recordaba cómo. En su mano izquierda solo quedaban tres dedos, en la derecha dos. A su regreso, en la población en la que adquiría enseres y algunos víveres, le habían salvado la vida. Al ver su estado de congelación y conscientes del riesgo de gangrena, un médico, o alguien que así se hacía llamar, tuvo que cortárselos.
Intentó recordar. Sonaba ahora Vivaldi entremezclado con algunos de sus recuerdos más dolorosos. El viento levantaba acordes y él memorizaba los torbellinos de nieve y de hielo que herían su cara y el cuerpo de su caballo haciendo el retorno imposible. Ciego condujo a todos hacia una grieta que sin saber cómo no segó su vida, pero sí lo que quedaba de la de su amigo y la de su caballo. Las pértigas de la parihuela habían quedado atravesadas en la boca de la grieta, permitiendo que en su caída se agarrara a ellas, evitando precipitarse hasta el abismo, mientras oía cómo el resto de la comitiva se desplomaba hasta el mismísimo infierno.
Lloraba en aquel momento, recordando a su caballo y a aquellos a los que intentó salvar o darles un entierro digno. Permaneció en silencio más de una hora. Su silencio era explicable, muchas palabras golpeaban ahora su existencia y con ellas desenterraba de nuevo mucho de lo que su moribundo amigo le confesó, en su delirio, aquella noche entre dientes, entre lágrimas, entre ayes y entre perdones. Recordó la visita de una sombra que le gritó muchas veces ¡Adelante viajero! ¡Adelante compañero! ¡Adelante amado mío! ¡Te mueves hacia el lugar del descanso, al sitio donde triunfan los solitarios, los que han luchado y se lo merecen!
Hoy estaba de nuevo en su hogar, en mitad de las grandes llanuras de su existencia, frente montañas que ya no eran tanto, donde algunos trinos anunciaban la primavera. ¡Vendrán noches y penurias, pero ya no me extrañará su llamada! -se dijo-.
La vida había permitido que pudiera contarlo y que se sintiera más cerca.



Nota de autor: Escribí la primera parte de esta historia viajando, al fondo en la radio sonaba el Triple concierto por allá, en el mes de junio. No sé qué me llevó a esta historia heladora y de soledad. Luego he terminado su segunda parte y colofón, a duras penas, no sin dificultades, recordando que las segundas partes nunca fueron buenas y menos en septiembre cuando apunta la naturaleza en amarillo. Un trozo fue oyendo a Camarón camino de Pedraza y el otro  -desde el encuentro con el oso-,  al levantarme recordando un concierto de música polifónica y barroca que por casualidad presencié en Pedraza.

24 de Septiembre 2017

lunes, 25 de septiembre de 2017

Los cerdos también vienen a tu mesa

Cinco de septiembre, siete horas de la mañana. En Rector Royo Villanova todo es desorden, un auténtico caos. Duele la suciedad hasta la médula. Un coche intenta aparcar en una isleta, junto a la residencia universitaria Galdós. Cruje una botella de ron y esparce por la calle restos del destilado que contiene y decenas de cristales. La otra rueda delantera aplasta vasos de plástico que desparraman olor y ruido. Un poco más allá un peatón sortea y pisotea sin querer bolsas de plástico que yacen por doquier y dificultan su paso, algunas vacías, otras con cascos que aún darían para más copas.



El vértigo es total, la vergüenza aún mayor. Se diría que los cerdos se acercan a la mesa de la Universidad. A treinta metros de mi asombro dos barrenderos se afanan para que aquello no recuerde en lo más mínimo lo que es ahora. Viajo a mi adolescencia, a mis tiempos de estudiante y nada encuentro, solo queda avergonzarme de mi momento, de mis universitarios, de mi generación que debió hablar y sembrar en silencio, sin el más mínimo empuje.

Miro el reloj y adivino que los jueves perdieron ya su protagonismo, que no importa el día, que la noche, cualquier noche es punto de encuentro de gente que aprieta, que tapona, que arremete, sin importarle donde, ni por qué.
Paradoja total, la cita es junto a la Facultad de Educación. El destino también quiere una Complutense sucia, borracha de alcohol y repleta de sin sentido; para que nada extrañe, para que duela el recuerdo mientras viva, para que podamos enseñar lo que es bello y lo que es vida, que la felicidad es salud y capacidad para olvidar, que la transigencia total, que hasta la policía contribuye a que la calle sea peatonal y propiedad de aquellos que allí no viven. ¡Universidad modélica! La élite está aquí y me topo de bruces con ella.



Veinticuatro horas después, de nuevo el espanto, la recolección casi ha terminado y las bolsas llenas son testimonio de la cacofonía de los hechos. ¿Anoche también? –pregunto a un basurero. Casi sin mirarme responde-Sí, esto ya es el pan de todos los días. Hago unas fotos y continúo mi marcha, tengo prisa y quiero evitar más espanto.


Sé que puedo parecer carca, viejo, anacrónico pero no me queda más que añadir -¡Definitivamente, Complutese, los cerdos comen y beben en tu mesa!


Septiembre 2017, empezando el curso

jueves, 14 de septiembre de 2017

Si los Huntington levantaran la cabeza



He escrito este texto hace unos días, aunque maduraba en mi cabeza desde hace años. He compartido mi angustia, mi reflexión con mis alumnos y compañeros de Farmacia, queriendo despertar en ellos el horror del vandalismo, del atentado contra el espíritu.
Hoy, esta mañana, mi sorpresa ha sido mayúscula cuando una doctora de mi grupo me ha comentado que parte del horror ha pasado y que el daño, si así se puede decir, eliminado, que no era necesario que colgara mi escrito. Paloma, gracias por tu grata noticia. El Guadiana de la estupidez humana ha abandonado por ahora el averno y se encuentra visible a sus Ojos.
Incrédulo me digo -Por fin alguien ha sido sensato, nuestra estatua ya está completa, pero ¿Por cuánto tiempo?

Agradezco la información obtenida en libro “La Universidad Complutense”, en el blog Arte, historia y curiosidades.blogspot.com.es y en las páginas https://www google.Los Portadores de la Antorcha, un regalo del matrimonio Huntington a Madrid (1955); Andrews Hamilton. The Torch Bearers en https://wwwcounter-currets.com; https://wwwmadridafondo.blogspot.com.es


Man bears the holy torch fidelity
Across the glazed and burning sands of Time
A womans’ soul uplifts maternity
Starting to mark a course no less sublime

.
A la espalda de la Avenida Complutense, en el parque, entre facultades, horadado desde hace unas pocas décadas por el metro de Madrid, se ubica la pura dinámica que gira alrededor de un momento mágico: dos hombres desnudos y un caballo son la esencia de nuestra propia civilización, de la esencia de la Universidad misma
Durante mis años de facultad, de doctorado, de deambular universitario, te he visitado, fotografiado, admirado. Sé que has vivido años difíciles, que ha visto correr a otros caballos tras los estudiantes, que recuerdas el mayo del 68, que aún escuchas las voces del cambio del setenta y siete, los tenderetes que hicieron pensar hace poco que en la Ciudad Universitaria reinaba la Edad Media, que vivió y vive las penurias e insensateces de nuestra civilización. Sí, hablo de ti, estatua fantástica.
Hace ya más de media década, salía un día del metro y atónito comprobaba un hecho insólito: Un hombre caído, sufriendo de forma máxima, empujaba en su esfuerzo a su mano portadora de vacío hacia un jinete portentoso que alargaba su brazo más allá de lo imposible; mientras su montura estaba presta a volar hacia el futuro. Corren malos tiempos para la Universidad -pensé. ¿Se acercaban las manos para tocarse, para pedirse ayuda? El vacío generacional era total. La antorcha símbolo de la entrega del conocimiento se había transformado en un sin sentido.
Vez tras vez, cuando cogía el metro, me acercaba y te miraba. En ocasiones encontraba restos de un botellón incomprensible, cintas de colores atadas en tus patas, barbarie señalando que ya nada importaba, que la ignorancia es atrevida.
Con vergüenza he mostrado tu imagen mutilada a compañeros de otras universidades. Muchos de ellos, sobre todo los extranjeros, se acobardaban ante la falta de respeto de unos desalmados y preferían pensar que no fueron universitarios los que atentaron hace tiempo contra ti, contra el alma de la Complutense, contra “la Docta”, contra el alma misma de la Universidad. Otros no comprendían la falta de acción por parte de todos. Sí, esto fue un atentado grave contra ti, más grave aún que otros, ya que se destruyó al espíritu, a la dignidad, a la esencia del saber y de la transmisión del mismo.
Salgo del metro hace una semana, y vuelvo a mirarte, y compruebo que nada ha cambiado, lo mismo desde hace años, desde que lo denuncié en Junta de Facultad y que se plasmó en una carta que se dirigió al Rector Magnífico de la Complutense. Miro bien y te fotografío. Entre las manos de tus dos humanos sigue habiendo vacío. Busco en mi memoria tu nombre, rodeo caminado tu basamento y casi borrado en la piedra adivino “Los Portadores de la Antorcha”. Creo estar viviendo una pesadilla y me pellizco, tus portadores siguen sin portar nada, tu antorcha, símbolo de la entrega del conocimiento, de la razón civilizadora sigue sin existir en la Universidad Complutense. La acción, la responsabilidad personal, la imaginación creativa sigue siendo pasto de la infidelidad.
Han pasado años y tú, estatua familiar desde antes que desapareciera el tranvía de la Complutense, desde que tu creadora Anna Vaughn Hyant Huntington se sintiera orgullosa de que estuvieras en Madrid, sigues incompleta.
Tras visitar algunas fotografías, tus fotografías me he dicho -Si los Huntington levantaran la cabeza, tendíamos que ir a contemplarla a Connecticut, a Virginia o a New Jersey donde están tus réplicas-. El sueño de la artista que estaba orgullosa de que residieras en un país que supo luchar 800 años por su independencia y mantuvo su esencia de civilización trasladándola a América, se convertiría en pesadilla. Anna no volvería a elegir a nuestra ciudad Universitaria para que siguieras iluminado al mundo con tu antorcha del saber.

Hoy, mi espíritu es otro. En tu escena magistral reina ya el equilibrio: Todos podemos sentir el empuje de mantener esa llama del saber y la cultura, la razón de saber lo que es nuestra razón de ser y nuestro destino. Sueño que sabremos recoger tu antorcha y portarla lejos, tanto como el brío que nuestra generación nos permita. Sueño que allá en la lejanía no faltarán amantes del respeto y del saber, que alguien en un relevo eficaz portará tu antorcha y con ella los valores del ser humano. Sé que no te merecemos, pero otras generaciones esperan, sin duda, que ojalá sigas siendo por siempre testigo del cambio generacional y que ellas también puedan presumir ante sus hijos de esto que sin duda es y será un milagro.




viernes, 25 de agosto de 2017

Amanecía más allá


Amanecía más allá, en las islas de levante, donde la leyenda anticipaba gigantes y la historia dolores de batallas angostas y lunas salpicadas de llantos de mujeres por sus hombres-héroes que ya no existían. Había caminado sin descanso desde que las entrañas de las palomas trajeran buenas nuevas destrozando el horóscopo aciago. Tenía el corazón añorante de aquel su primer amor, a quién vería pronto si los hados seguían protegiéndole y si su amada aún vivía. Dormía ahora, con la cara encerrando una sonrisa, que borraba sus arrugas y que se movía entre sedas y arena de playa que salpicaba, latigando, sus piernas desnudas antes de sumergirse entre sus brazos.
Andaba aun la noche de tiros largos. Había peleado en su galope mágico contra sus instintos, sudaba dormido, intranquilo, jadeante; apaciguaba sus ansias volteando su cuerpo contra la brisa de la noche y las lacerantes luces de estrellas cada vez más débiles. Llenaba la noche con sus trazos las sombras casi imperceptibles que la luna nueva dejaba en las dunas más allá, junto al agua, en la orilla inexistente de su existencia. Una música lejana llenaba aquel momento rogando a los cielos no despertar nunca. Se deslizaba despacio como si el tiempo no latiera, como si el tic-tac de su corazón hubiera ralentizado el paso de las horas haciendo aquel momento eterno.

De nuevo la brisa hizo más palpable una mirada que se clavaba en sus ojos y despertó asustado en el fondo de su sueño, a sus ochenta y muchos años. Aquellos ojos eran una mezcla de todos los misterios y preguntas que llevaba haciéndose desde hacía lustros. Mil estrellas en la noche ahora brillaban inmensas arriba. Sintió frío, sus ropas mojadas de sudor y rocío temblaban más allá de lo que hacía su cuerpo. Recordó y recordó todo parecía tan lejano, pero tan próximo, tan profundo que dolía más allá de lo conocido. Aquella noche había sido distinta de otras muchas, diferente a todas, un preludio del amanecer brillante que le tendía la mano.

martes, 16 de mayo de 2017

La escalera


Llenaban de notas la habitación. Se diría que el invierno había fugado la tristeza del otoño para dejar venir la primavera en su esplendor total. El espíritu navegaba por no sé qué mares donde todo era calma envuelta en brisa fresca. Un violín, una viola, un violonchelo se contestaban, contrapunteaban y completaban haciendo lo imposible bello, lo bello imposible, lo difícil calmo, lo calmo fácil.
Abajo los vecinos se aprestaban a cenar en un portento de ruido, entremezclando ansiedad, alegría y tensión. Todos esperaban la noticia en la seguridad de que alguien llegaría. Llamaría a la puerta y el hijo más pequeño, el talismán de la familia, abriría para recibir un sobre, quizás una noticia, donde en una carta estaría escrito el final de todo, el final de las penurias.
Fuera soplaba un viento suave que hacía aún más nítida la sensación de primavera. Algunos grupos poco numerosos se aprestaban a tomar la última copa antes de recogerse en sus hogares vacíos de tranquilidad y amor, donde ya nada era paz.
Alguien se movía sigiloso para no hacer callar a los violines y violas, a las risas nerviosas de los de abajo o el tintinear lejano de las copas del mostrador del bar. Se diría que en su cara había una mueca de dolor, pero la oscuridad de la noche no daba opciones. Vestía de negro como siempre y solo sus sandalias desnudas sabían dónde ponía los pies.
Había visitado todos los continentes y hacía solo unos días había sorprendido más allá del Cono Sur, en una de las bases científicas que sueñan con descubrir la existencia de lo indescifrable. Realizaba viajes inquietantes sin mostrarse intranquilo, cansado, nervioso, pero hoy parecía distinto. El aire olía a primavera, a tierra recién mojada, a vidas por vivir. Nadie le seguía y bajo su capa escondía aquello que siempre era suyo. Velaba y velaba, nunca dormía y casi sorprendía sin dejarse ver. Ya adivinó en la oscuridad de la calle, la puerta que esperaba.
Con seguridad y silencio penetró en la vivienda. Nadie en la escalera, solo soledad y olor a madera vieja de escalones pisados una y mil veces. Sin embargo, algo de brisa de la noche de afuera se había mezclado con aquel olor ancestral cuando penetró en el vestíbulo que llevaba a la escalera.
Arriba, las cuerdas sonaban bien. Boccherini recordaba su quinteto del fandango, entrecortadas las notas con las toses del abuelo y las risitas veladas del benjamín. Nadie en la escalera, ni siquiera sus pasos. Un movimiento imperceptible y se encontró oscuro, sorprendente, dentro de la casa. Arriba Boccherini seguía sonado español. De bruces se encontró con el niño y al fondo con el abuelo. Ya hacía 85 años que le buscaba y allí estaba, era su momento. Algo imperceptible tiró de su capa e imaginó la mano del niño parando su mano, desnudándolo, quitándole su sin sentido.
El abuelo yacía en el suelo jadeante, con una mano en el pecho, esbozando una sonrisa de victoria. Tenía en los ojos restos de pavor y llamaba al niño. El beso del chiquillo rompió el momento y la oscuridad se hizo luz en una habitación donde un momento antes no había más que espanto.


Nota del autor: No sé por qué he hecho esta historia tan mía y he viajado de un principio calmo, con Boccherini y el fandango tan querido, a un final aterrador convirtiéndome en abuelo y escapándome por los pelos. Nunca la sensación de muerte la tuve tan cerca. Lo malo es que ya me quedan, menos años y aun no tengo nietos. 

lunes, 24 de abril de 2017

Cantando en Gregoriano



A veces un programa de música te engancha en maneras impensables, y te sientes monje, o al menos espíritu y navegas por las notas como navegó Ulises, enfrentándose a las sirenas y a las tempestades, llegando incluso a la esencia de las cosas y rezando un poco, ante el miedo, la incertidumbre o la belleza

Cantando en Gregoriano
Dolían las manos. El frío calaba más allá de los huesos. Nada de lo que llevaba puesto parecía frenar ni un ápice la humedad gélida de la huyente madrugada. No obstante, detrás de los cristales, en la capilla, aquellos hábitos gruesos, intemporales permitían perderse, sin saber bien cómo, en el calor de las salmodias que llenaban los huecos del momento.
Hasta el alma se perdía en aquellos cantos profundos que hacían amar lo imposible. Levitaban sus espíritus hacia el infinito, hasta darse de bruces con lo que más vive, la luz perfecta, la esperanza del momento, lo anhelado, las entretelas de Dios, Dios.

17 de Marzo, 2017. Camino de Málaga, escuchando la radio.

Mujer alunarada, mujer afortunada

MUJER ALUNARADA, MUJER AFORTUNADA

       Una luna gigantesca arrancó reflejos multicolores al horizonte. Iba cargada hasta las cejas, cuando al doblar una esquina tropezaron, desparramándose por el suelo el contenido de dos bolsas llenas de comida y rajándose un paquete lleno de libros que cayeron con estrépito. Angustiada empezó a meter la comida en la bolsa rota, hasta que desesperada lo dejó por imposible. Mientras, él, sin dejar de excusarse, empezó a apilar los libros haciendo un paquete con ellos.

       Se miraron y algo conocido despertó en sus mentes. Aquellos ojos, aquella forma de mirar no eran extrañas. De golpe, recordaron años atrás en el Instituto, cuando eran novios. Había transcurrido mucho tiempo, volvieron a mirarse y cogidos del brazo se alejaron de aquella esquina primero maldita, luego bendita. En la otra acera se besaron. Ambos pasaban por momentos difíciles y una luz de esperanza se abría en sus caminos.

       Había quedado con él dos días después de un encuentro desgraciado y fortuito que se volvió afortunado. Se dirigía al lugar de encuentro, nerviosa, mirando al móvil por si él la llamaba, por si había cambio de planes. Cruzó la calle, un camión se cruzó en su camino y con un golpe gigantesco la lanzó sobre sus brazos. Había tenido la fortuna de morir junto a él mientras una luna blanquecina, ya en cuarto menguante, volvía a arrancar reflejos multicolores al horizonte.