miércoles, 4 de octubre de 2017

Una visita aérea inesperada


Una visita aérea inesperada
Miró hacia el cielo y adivinó una estela solitaria. Ya hacía tiempo que nadie se adentraba por aquellos parajes tan distantes. Fuera en su cabaña un pequeño acumulador recogía la energía que el sol había generado al incidir en una vieja placa solar que años atrás había trasladado, no sin penurias, en un carro tirado por dos mulas desde un núcleo de población distante más de 200 km. Aquel viaje estuvo lleno de sinsabores, pero también de aventuras, cuyo recuerdo dibujó en su cara una sonrisa casi imperceptible, mientras brillaban ligeramente sus ojos.
Dentro, en la casa, se escuchaba el Triple Concierto. Escalas maravillosas, romanticismo a raudales salpicado de escorzos orquestales que invitaban a sentarse y a escuchar, dejando fugar la imaginación a cotas impensables: Allá corría el río mezclándose con noches ocultas, ahora un reloj de cuco despertaba la mirada atónita de una niña, una pareja corría desnuda a esconder sus besos tras las dunas, ahora una cierva amamantaba a su cría en un campo florecido de amapolas no lejos de vaguadas y encinares. Se diría que era el discurso de un viejo profesor lleno de encanto y filosofía, salpicado de preguntas ancestrales de alumnos de todos los tiempos.
Se sentó y nuevamente miró hacia lo alto. La estela del avión se abría en un chorro intermitente que asaeteaba en el horizonte a una nube solitaria. Pero ¿qué hacía allí, tan cerca y tan lejos? Lo tenía casi todo. Una pequeña huerta y su destreza le permitía asegurar un volumen de capturas suficientes en un arcón congelador que había conseguido hacía varios lustros. También una vez cada seis meses se desplazaba a la que otros llamaban civilización a la búsqueda de herramientas, munición, anzuelos y otros enseres que hacían más fácil su existencia. Además, recibía puntualmente noticias grabadas de su hijo Miguel, que le llegaban de forma automática al pulsar un botón rojo escondido tras los botes de la cocina. Sin embargo, ya hacía tiempo que no hablaba con él y para colmo su compadre Andrés no daba señales de vida, habiendo roto la costumbre de años atrás de verse una vez en cada estación.
El invierno había sido largo, con nevadas copiosas y frecuentes que aseguraban que pronto un verdor rabioso visitaría a los campos y bosques próximos. Muchas florecillas apuntaban chivando al observador en qué mes del año se encontraban. A los matices de los oboes golpeados por el martilleo del piano se oían llamadas lejanas de pájaros imposibles, chasquidos de los árboles liberándose de viejos trozos de corteza, aderezados por olores a naturaleza plena de colores y vida.
La retina le había enseñado a sobrevivir solo en la lejanía. Desde hacía años nada hostil lograba enturbiar esta soledad y aunque algunas alimañas se aproximaban peligrosamente, él sabía cómo mantenerlas alejadas. Excepto Andrés y Miguel, nadie rompía la monotonía de aquel su rincón día a día. ¿Por qué estoy aquí? – se preguntó-. Los humanos son seres socialmente dependientes y yo parezco cada día menos un ser humano -pensó. La música era su salvación. Pero ¿cuánto tiempo sería capaz de continuar así?-se preguntó. Ya debía tener setenta o casi algunos más. Recordó cómo meses atrás había mantenido con Andrés una discusión amigable sobre el amor y la vida tras ingerir unos cuantos vasos de vino. Su compadre también tenía descendencia y había encontrado a una compañera que le permitía vivir las mañanas y las noches en una soledad compartida y él no tenía por qué no hacerlo.
Un ruido lejano intenso, inexorable, le sacó de sus pensamientos. Beethoven ya no sonaba en sus oídos. Cogió su zamarra, la escopeta, un montón de munición, una lámpara, un mechero y algo de comida, vendas y alguna medicina y se dirigió hacía el cobertizo. Allí, estaban sus mejores perros y un buen trineo, pero ya había menos hielo y la probabilidad de caer en una grieta era elevada. Dos veces había escapado de morir congelado al romperse el hielo, pero aquello eran historias de hacía  veinte años, cuando en sus brazos había fortaleza y en su cabeza arrojo. Optó por su caballo. En las regiones de nieve o hielo le ataría unas fundas en las patas y evitaría el riesgo extremo. Varias explosiones habían seguido al ruido, y una humareda a unos cien kilómetros señalaba el lugar del suceso. Tardaría al menos cinco horas, pero no podía sentirse ajeno a echar una mano o en todo caso a rezar cuando nada pudiera hacer. Si aquello era lo que imaginaba, el olor de la sangre atraería a los osos, lobos y otros depredadores, por lo que debía estar alerta y no arriesgar en exceso. En su cabeza se apiñaban recursos, situaciones, soluciones de antaño. Todo debía esperar.
Una sensación amarga corría ahora por sus venas y salpicaba su mente con las notas más dolientes del triple concierto. Se imaginaba en la soledad del hielo, descalzo, con los pies agrietados, sangrantes, pero corriendo hacia el abismo de lo desconocido y en la zozobra del no llegar. Otra explosión lejana le sacó de sus ensueños e hizo que espoleara a su caballo que sudaba más que otras veces. En cuanto llegara lo dejaría descansar y limpiaría su esfuerzo. La tarde ya había descendido al disco solar unos pocos grados y no le quedarían más de tres o cuatro horas de margen para atender, socorrer o enterrar y rezar y luego buscar o construir un refugio antes de que la Luna los acompañara en aquella noche que prometía ser larga.

Un encuentro dantesco y un final inesperado
El terror llenó sus sentidos. Olía a quemado, el fuego había asolado armarios, butacas, ropa haciendo rescoldos bajo las columnas de humo. Restos del avión se esparcían por doquier en medio kilómetro a la redonda. Recordó con escalofrío la estela solitaria en el cielo, mientras soñando escuchaba a Beethoven. Muchos restos se encontraban parcialmente hundidos como consecuencia del impacto y por efecto del calor sobre la nieve. Tenía que actuar rápido, buscar primero restos de vida entre los amasijos del avión, auxiliar luego a los heridos, si es que había alguno, y más tarde localizar los cuerpos y enterrarlos. ¡Los osos y los lobos no tardarían! ¡Nadie vendría en su ayuda en muchas horas! ¡Solo se pondrían en movimiento cuando saltaran las alarmas de las ausencias!
Los restos del aparato señalaban claramente que el avión no era grande, que parecía un aparato particular, del que únicamente en la torre de control del aeródromo del que había despegado tendría noticias. Él había escuchado que a veces, durante los vuelos, de las compañías privadas, se interrumpía la comunicación ente el avión y la base para evitar el ataque y la piratería.
Se acercó y encontró dos cuerpos mutilados. Uno de ellos, al intentar alejarse del avión antes de que estallara, había dejado un reguero de terror, esparciendo salpicones de sangre por doquier. Al otro le faltaba la cabeza que machacada se encontraba hundida a unos 10 metros más allá entre la nieve. Una bocanada de ácido llenó su boca y vomitó sobre ellos. El caballo relinchó intranquilo.
En el interior del cuerpo del avión el caos era aún mayor. Restos calcinados de butacas y una mesa delataban que se trataba de un avión privado. ¡Dios sabrá que provocó el desastre! –se dijo.
En la cara de una mujer, que yacía en el suelo, entre las ruinas calcinadas de los asientos, se había inmortalizado el momento del espanto pretérito. Se acercó a ella y su rostro no le dejó indiferente. Sondeó en sus recuerdos y creyó adivinar una mujer querida, pero el espanto acortó la respuesta de su pasado. Más allá otro cuerpo se encontraba boca abajo y su mano izquierda aún sangraba por la pérdida de dos dedos. Su cara denotaba mezcla de horror, dolor, schock y cercanía de la muerte por debilitamiento e hipotermia. Una de sus orejas colgaba en el vacío separada casi en su totalidad del resto de la cara. Lo miró fijamente, se tapó la cara y dio un grito de dolor. El azar juega fuerte, pero aquello le pareció excesivo. Le aplicó rápidamente un hemostático y aplicó un pequeño torniquete, y una venda sobre los muñones de los dedos, sujetando de forma improvisada la oreja al lugar del que había sido seccionada. Lo tapó con una manta y siguió buscando. Más allá otro cuerpo de mujer y más silencio hicieron que dos lágrimas arrancaran de sus ojos. ¡Cuánto dolor! ¡Cuánto espanto!
La noche estaba cerca. Localizó en su caballo una pala y empezó a escarbar rápido, para hacer un pequeño escondrijo, donde pasar la noche y escapar a la congelación segura. No tenía tiempo para hacer algo similar a un iglú, pero aquello serviría. Buscó en los alrededores. Los restos de un ala fortalecerían el techo del habitáculo impidiendo que la nieve se desplomara sobre los cuerpos. Un agujero de dos metros de largo por uno de ancho y otro de profundo sería suficiente para él y el hombre que aún vivía. Mañana haría el resto del trabajo. La noche prometía ser fría y morir de hipotermia era un hecho seguro si no actuaba con destreza. Haría una hoguera con los restos de telas y objetos no carbonizados que encontrara para mantener a su caballo lo más caliente posible en un redil improvisado, junto a su escondrijo. Trabajó rápido y duro. El cobertizo, si así podía llamarse, era suficiente para los dos y su caballo viviría, si acertaba a ser vigilante frente a los amos del frío, de la nieve y de la noche.
Las horas pasaron lentas y dolientes. No había pegado ojo y el cansancio era extremo. Su caballo tiritaba cuando las primeras luces del amanecer alertaron en la distancia el perfil de un gran oso que se acercaba. Los osos, a veces, eran imprevisibles. El olor de la sangre y los restos de los muertos harían que se decidiera fácilmente por ellos, pero el caballo, él o el hombre en schock, dentro del agujero, tampoco parecían presas difíciles –se dijo-.
Buscó su rifle, munición y preparó el momento. Ensilló bien a su caballo y despacio se dirigió al encuentro. Como a cincuenta pasos el oso erguido enseñaba sus poderes, rugiendo feroz y asustando a cualquier ser vivo que se moviera en cien metros a la redonda. Un movimiento rápido del caballo erró su disparo, hiriendo al oso y convirtiéndolo en su mayor enemigo. Disparó de nuevo y el tiro vació un ojo de la bestia que embistió tuerto contra jinete y montura, cayendo abatido a menos de dos metros de ambos.
Multitud de decisiones se agolparon en su mente. La piel del oso serviría de abrigo espléndido frente el frío, pero su caballo y él estaban exhaustos. El hambre arreciaba y la muerte también. Se acercó deprisa al agujero y con los restos del ala y de unas pértigas de metal que encontró en lo que debió ser la bodega del avión construyó una especie de parihuelas. Sujetó fuertemente el remolque al caballo, accedió a dar algo de paja a su caballo y mojó con agua los labios y boca del moribundo. Un poco de pan entreabrió sus fuerzas. El camino a casa era largo, pero la muerte llamaba con golpes secos a la puerta de su existencia. Junto al moribundo colocó el cuerpo de aquella mujer que momentos atrás le abriera los escondrijos de su memoria. La música inútil empezó a sonar en sus oídos. Recordó los últimos acordes que escuchara al observar la estela del avión en el cielo y se puso en marcha hacia la salvación.
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Ya estaba en casa, había logrado escapar aunque no recordaba cómo. En su mano izquierda solo quedaban tres dedos, en la derecha dos. A su regreso, en la población en la que adquiría enseres y algunos víveres, le habían salvado la vida. Al ver su estado de congelación y conscientes del riesgo de gangrena, un médico, o alguien que así se hacía llamar, tuvo que cortárselos.
Intentó recordar. Sonaba ahora Vivaldi entremezclado con algunos de sus recuerdos más dolorosos. El viento levantaba acordes y él memorizaba los torbellinos de nieve y de hielo que herían su cara y el cuerpo de su caballo haciendo el retorno imposible. Ciego condujo a todos hacia una grieta que sin saber cómo no segó su vida, pero sí lo que quedaba de la de su amigo y la de su caballo. Las pértigas de la parihuela habían quedado atravesadas en la boca de la grieta, permitiendo que en su caída se agarrara a ellas, evitando precipitarse hasta el abismo, mientras oía cómo el resto de la comitiva se desplomaba hasta el mismísimo infierno.
Lloraba en aquel momento, recordando a su caballo y a aquellos a los que intentó salvar o darles un entierro digno. Permaneció en silencio más de una hora. Su silencio era explicable, muchas palabras golpeaban ahora su existencia y con ellas desenterraba de nuevo mucho de lo que su moribundo amigo le confesó, en su delirio, aquella noche entre dientes, entre lágrimas, entre ayes y entre perdones. Recordó la visita de una sombra que le gritó muchas veces ¡Adelante viajero! ¡Adelante compañero! ¡Adelante amado mío! ¡Te mueves hacia el lugar del descanso, al sitio donde triunfan los solitarios, los que han luchado y se lo merecen!
Hoy estaba de nuevo en su hogar, en mitad de las grandes llanuras de su existencia, frente montañas que ya no eran tanto, donde algunos trinos anunciaban la primavera. ¡Vendrán noches y penurias, pero ya no me extrañará su llamada! -se dijo-.
La vida había permitido que pudiera contarlo y que se sintiera más cerca.



Nota de autor: Escribí la primera parte de esta historia viajando, al fondo en la radio sonaba el Triple concierto por allá, en el mes de junio. No sé qué me llevó a esta historia heladora y de soledad. Luego he terminado su segunda parte y colofón, a duras penas, no sin dificultades, recordando que las segundas partes nunca fueron buenas y menos en septiembre cuando apunta la naturaleza en amarillo. Un trozo fue oyendo a Camarón camino de Pedraza y el otro  -desde el encuentro con el oso-,  al levantarme recordando un concierto de música polifónica y barroca que por casualidad presencié en Pedraza.

24 de Septiembre 2017

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