miércoles, 12 de septiembre de 2018

Monotonía de lluvia



Nota de autor. Llovía y Machado llamó a la puerta de mis musas. Una historia brutal y triste brotó en primera instancia, luego vino otro final algo distinto, como otras veces


Miraba por la ventana. La tarde apuntaba monotonía de lluvia y soledad. Pegó su cara al cristal como cuando niño.
....Monotonía de lluvia tras los cristales… -pensó
….Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales……
Palabra por palabra iban apareciendo las frases completas. ¡Sabe Dios en que compartimento de su cerebro habían estado almacenadas. Salían a su existencia como si siempre las hubieran tenido a mano! – se dijo.
Seguía mirando por la ventana y recordaba y adivinaba escenas de colegiales.
…Y todo un coro infantil va cantando la lección, mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón…
Se imaginó a un niño con gafas grandes y redondas, todo repelente, dando clases al mismísimo Machado, a Cajal, a los más sabios. Soñaba con el niño-maestro haciendo cantar a un coro de discípulos.
Ahora diluviaba.  “Cats and dogs” –pensó. Las gotas de agua recordaban a pequeños garbanzos que dialogaban con los cristales originado melodías inusitadas. Su imaginación corría veloz recordando como el agua se deslizaba veloz calle abajo donde vivió años atrás, cuando niño.
…La b con la e be, la c con la a ca, la m con la i mi,
…con timbre sonoro y hueco truena el maestro, un anciano mal vestido, enjuto y seco, que lleva un libro en la mano….
Escenas de niños, poesías de siempre, la clase de religión, los mandamientos, la Historia Sagrada, cruzaron por sus recuerdos. De nuevo Machado llamaba a su puerta
…En la clase. En un cartel se representa a Caín fugitivo y muerto Abel junto a una mancha de carmín….
Seguía lloviendo. Su nariz y boca pegadas al cristal dejaban una huella de aliento que ganaba intensidad para al momento apagarse y luego volver a aparecer. El ritmo de la vida misma se adivinaba en la ventana.
Sonó el timbre y se hizo sordo pensando en aquellos años de niño, de excursiones en las que por los caminos encontraba huesos y piedrecitas, pequeños tesoros.
Volvió a oír el timbre ¿Quién sería el inoportuno? Se imaginó que llevaba una quijada en la mano y golpeaba al inoportuno hasta que el felpudo enrojecía.
…En la clase. En un cartel se representa a Caín fugitivo y muerto Abel junto a una mancha de carmín….-recordó.
¡Qué horror, mira que con una quijada! Machado le atacaba fuerte.
Ya casi en la puerta volvió a sonar el timbre. La mirilla permitía ver sin ser visto. Una sombra difusa le informó que alguien se escondía y que no quería ser visto. De nuevo los versos de Machado
…. mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón… Le dolía el brazo sólo de imaginar cómo la quijada de Caín destrozaba al timbre y luego al brazo del intruso.
¿Quién? ¿Quién es? El silencio por respuesta. Un sudor frio hizo que tiritara y su mano derecha restregó fuerte su brazo izquierdo para calentarlo. ¿Quién es? ¿Quién es? –repitió dando voces.
Se sintió abrumado y se autoconvenció que nadie había llamado a su puerta. Cuando se retiraba a seguir mirando por la ventana, el timbre llenó de alarmas su existencia.

No lo pensó dos veces y abrió la puerta dispuesto a eliminar cualquier atisbo de vida. Cincuenta centímetros debajo de sus ojos había una niña que lloraba portando en sus brazos a su perrito moribundo que un coche maldito había atropellado hacía solo breves momentos. Ambos chorreaban agua y dolor.
Sorbiendo los mocos, la niña comentó con el alma encogida que no conocía a nadie que pudiera ayudar a su perro excepto su profe, que por eso estaba allí. El maestro de niños, doliéndole como nunca el corazón, mientras buscaba el botiquín y contenía sus lágrimas, recitaba para sí… mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón.

No lo pensó dos veces y abrió la puerta dispuesto a morir matando.
Delante veinte niños empapados miraban expectantes. Felicidades gritó una niña que portaba una tarta enorme envuelta en un plástico trasparente que invitaba a comérsela rápidamente. ¡Felicidades profe!-gritaron a coro los demás niños. Con un nudo en la garganta y moviendo las manos, les incitó a que entraran en la casa. Un reguero infantil corrió hacia el salón. Uno de los niños se asomó a la ventana mientras que la lluvia seguía haciendo su monotonía contra los cristales. El maestro se dirigió también hacia la ventana y pegando su nariz al cristal, se le saltaron las lágrimas mientras pensaba …. mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón.


Los profesores, y perdóneme por autodenominarme así, somos seres raros, enamoradizos de situaciones inusitadas, productos de nuestras propias limitaciones que desembocan en los caos más incapacitantes frente a los débiles o en los momentos más difíciles.


jueves, 6 de septiembre de 2018

El miedo en altamar y la Navidad



Le dolían todos los huesos. No había parte de su cuerpo que no estuviera empapada a pesar del impermeable que vestía. La humedad era total y las olas entraban por la borda empujadas por la marea y por la marejada, que encabritada, arreciaba desde el Norte. El barco estaba repleto de peces en la bodega, y un momento antes habían capturado merluzas y atunes rojos de norme tamaño. Dos rajas profundas en el dorso de cada mano reseñaban la dificultad del último lance. Ya la sangre no salía a borbotones como un rato antes, pero el flujo del líquido vital seguía siendo importante. Buscó un trapo o algo equivalente y encontró un paño grande, que aunque chorreando, partió en dos y anudó fuerte una mitad en la mano izquierda, y luego el otro trozo en la mano derecha.
Ahora todo parecía más fácil a pesar de que las olas de cinco metros empequeñecían a la embarcación que con maestría el capitán ponía al abrigo del rompeolas que aparecía y desaparecía, como por arte de magia allá en frente, a más de una milla de distancia. Él había visto, años atrás, cómo el mar hacía volcar grandes barcos y los arrastraba hacia remolinos, que succionándolos engullían todo lo que contenían. Una gran ola rompió sobre cubierta llenándolo todo de agua salada y poniendo al barco al pairo, que parecía un juguete en manos de un niño en la bañera. ¡Todos a cubierta, todos a cubierta, deprisa y recen lo que sepan! – vociferó el capitán. ¡Achiquen el agua, conecten las bombas de achique, deprisa! -Continuó gritando a toda voz.
Aquello era un desenfreno, las dos ataduras de las manos, habían desaparecido y la sangre manaba de nuevo, a raudales, manchando todo de rojo. El mar enseñaba ya de forma continua sus poderes y el navío parecía un cascarón presto a ser destrozado por las olas que rompían por todas partes haciendo de la embarcación una diana fácil. Ahora las bombas funcionaban a destajo, la angustia era total. Un rayo desplegó sus dominios de levante a poniente, deslumbrando al horizonte. Otro cayó sobre el mar a media milla a estribor, dejando a todos ciegos y sordos por un momento que resultó eterno. El viento arreciaba y la galerna parecía inevitable.
Recordó que la mañana había levantado brillante y que el parte meteorológico definía que nada preocupante se encontraba a menos de 1000 km. Todo en la nave era buen humor y ya pensaban los marineros y el capitán en el regreso y en compartir con los suyos la Navidad. Los fandangos se oían por doquier. Uno se estiró con “Lo dicen los marineros, cuando salgo a navegá…” Luego vinieron las risas y los villancicos, todos al unísono cantaban “Pero mira como beben los peces en el río….”. Pero aquello había surgido de golpe, como en las películas. Primero el mar fue perdiendo azul y ganando gris, luego todo se llenó de nubes que aparecían desde el Norte. El sol desapareció como en un eclipse, nubes, bruma, misterio insondable. Se diría que alguien poderoso no quería que pasaran la Navidad con sus familias, disfrutando de los beneficios de la venta de pescado en la lonja de Isla Cristina. Su cargamento era fantástico, atunes de más de 200 kg, y un tropel de merluzas que por arte del mismísimo diablo se habían puesto a su alcance en un abrir y cerrar de ojos. Aquello no era ni siquiera improbable, ya que los bancos de atunes distaban de los de merluza de gran tamaño. Llevaba sacados con el gancho cinco grandes atunes, cuando uno gigante, que le pareció algo menos, de un tirón desplazó el arpón rasgando el dorso de su mano izquierda como el viento lo hace con el papel, yéndose a enganchar en el dorso de la otra mano. El dolor fue insoportable y perdió el conocimiento. Una ola de grandes dimensiones embarcó al gran túnido y ambos, pez y marinero, rodaron por la borda hasta llegar al gran cúmulo de enormes peces que allá se amontonaban. Un compañero se acercó y, como pudo, arrancó de la piel el arpón y colocó sendos torniquetes en las muñecas del marinero.
En aquel estado comatoso se preguntaba que cómo había podido suceder todo tan deprisa. Una ola por babor llegaba amenazante, cuando la embarcación fue izada a seis metros rodeada de espuma fluorescente. Los fuegos fatuos, las luces de San Telmo acudían a sus sueños. Nada era real, ni las continuas salpicaduras contra su cara; tal parecía que alguien del más allá lanzaba jarras gigantescas de agua y de sangre, pidiendo que despertara de aquella horrible pesadilla antes de zozobrar.
Otro rayo mucho más cercano le sacó de su coma angustioso y trasladó a un infierno más profundo, como si del Dante se tratara. Una ola enorme ponía fin a su pesadilla, deslizaba el barco como una tabla de surf en la Polinesia. Cuatrocientos metros en la cresta de la ola parecían interminables y el gran dique se encontraba cada vez más cerca. Otro soplo del huracán y la ola voló más lejos haciendo encallar al navío sobre las dunas a 150 metros tierra adentro. La embarcación se quebró en dos, la muerte parecía imparable. Todos salieron desplazados hacia la proa, chocando sobre las toneladas de redes que allí permanecían apiladas.
Llovía torrencialmente cuando despertó de nuevo, ya no había viento y el huracán no gritaba contra la cubierta o la cabina medio destrozada que había perdido los cristales y el tejadillo. No lejos, la silueta de una ciudad, que le resultaba conocida, le enviaba saludos de bienvenida y le aseguraba que estaba vivo. Otro compañero moribundo lo llamaba y a voces pedía un confesor. Sus huesos rotos, habían taladrado la pierna y se entreveían por los agujeros de su impermeable arruinado por la tormenta. El dolor le pareció insoportable y vomitó bilis. Se acordó de su madre y rezó una avemaría por su compañero, mientras llamaba de forma desgarrada a otros barcos, que habían sabido mejor que ellos escapar del horror de la galerna. Él no creía en los milagros, pero recordando un dicho de su abuelo, vio que la propia vida era un milagro y que llegaría a tiempo para poder cantar con los suyos la mismísima noche víspera de Navidad.

Llamó a la puerta y una cara desencajada besó sus labios, como si el tiempo ya no existiera. Los mayores a coro gritaban Feliz Navidad papá, Feliz Navidad abuelo. El más pequeño tiraba de la manga y balbuceaba, abuelito, queremos que nos cuentes tu última aventura.



Nota de autor:
He visto el mar algo gris, acompañado de fuertes vientos, en esta tarde lluviosa de diciembre, tiempo de Navidad, y la tormenta pasó por mis musas. Luego llegaron otras musas pidiendo que todo amainara, que la paz fuera un encuentro donde la tormenta feneciera y la vida brotara como sueño necesario para que los abrazos calienten al alma necesitada

A la altura de Málaga. Volviendo a Madrid. 26 de diciembre de 2017

martes, 4 de septiembre de 2018

Viento solar



¡Buenas noticias desde el Paraíso! Una voz angelical despertó del silencio a muchos de los que en aquella sala miraban a través de los enormes ventanales del transportador espacial. A lo lejos una bola brillante, casi perfecta, hacía presagiar que el final del viaje estaba próximo.
¡Señoras, buenas noticias desde el Paraíso! -repitió la voz femenina, mientras que aromas de lavanda llenaron el espacio virtual. ¡Nos informan que el viento solar ha amainado y que el aterrizaje será placentero y sensual! ¡Por favor, abróchense sus cinturones y sueñen! - continuó la voz.
¡Aquello no podía ser más que una patraña propagandística, peor que el futbol del siglo XXI –pensó. ¡Aterrizaje en un mundo que no era la Tierra! ¡Abrocharse un cinturón que no era tal! ¡Sensual y placentero cuando te dolían hasta las cuerdas vocales al desacelerar desde el espacio! Se había gastado más del sueldo de dos años solares para poder hablar en superagudo, lejos del control de los hombres, y ahora temía que se estropearan al acercarse a un mundo extraño que prometían era el Paraíso.
¡Señoras! ¡Señoras!, -repitió aquella voz que engañaba melodiosa. ¡Buenas noticias desde el Paraíso! De pronto las alarmas sonaros estridentes tapando la voz de aquella ilusión como con una gran mordaza. ¡Hombre a bordo! ¡Hombre a bordo! - repitió la alarma.
Sonaba el despertador, cuando un beso y una caricia despertaron sus ansias mientras los grandes ventanales del transportador espacial se hacían añicos por el viento solar que arreciaba.

Madrid, 14 de mayo de 2018. Viajando hacia La Mancha

lunes, 3 de septiembre de 2018

El fuego aniquilador



Si después de cada tormenta vienen tales calmas,
Ojalá los vientos soplen hasta que puedan despertar a la muerte
Otelo

Se ponía el sol. No era como otras veces, eterno en mi retina, girando sobre sí mismo, efervescente, diciendo limpio adiós a la luz y al día que allí morían. Una cortina de humo dejaba un horizonte débil sin contrastes a la espera del milagro del día que vendría. La luz débil llegaba a los pocos espectadores que se atrevían a mirar el horror lejano de las llamas saqueadoras que brotaban junto al río haciendo imposible la vida y mortal el respirar.

La silueta lejana insinuaba demonios que acechaban, bucos que bailaban aquelarres sin dar la bienvenida a la Luna llena, inciensos cenicientos que afligían dolores solitarios, lágrimas inoportunas que informaban que aquello mataba, dejando en su impronta quemante soledad y tristeza.

Salían de los pinares gritos silenciosos de camaleones, de insectos y ancestros vegetales que huían sin descanso hacia otro espanto. Moría la tarde, pero el fuego se erigía en luminaria en un cielo sin estrellas, roja y amarilla ahora, con tonos azules y naranjas antes, humeante y sofocante al momento.

Me quemaban las manos golpeando imaginario el pavor distante. Mi boca escupía agua que no apagaba y sentía una sed incansable que fenecía ante el calor y la iniquidad de quien atenta contra su propia existencia.

El lenguaje del viento ya no existe, habrá que esperar primaveras para que las hojas canten a las estrellas que la brisa y el amor llegan para hacer atardeceres más brillantes.


El Portil, viendo las noticias sobre los incendios de Nerva, de Moguer y del Algarve. Agosto de 2018

viernes, 31 de agosto de 2018

Llamada del alma




Llamada del alma.
Comunico.
Reitera y comunico.
Un buen rato de espera y
La espera se llena de mutismo
Y el sigilo de zozobra.

Una música suave entra por la ventana
Que permanece aún abierta
Por si le diera por entrar
Para que piense
Que aún estoy vivo
Que vivo aquí.

Me levanto y ladro
Olfateo profundo
¡Pero no soy un perro!
Busco y no sé qué busco
Quizás unos ojos que me miren
Pero ni rastro de sus ojos.

Ahora nado en los mares del recuerdo
Aquel que llenamos
Con mi llanto y con el tuyo.
Me agarro al clavo ardiente
Que las lágrimas no supieron apagar.
Desde que te fuiste
Ya nada es nada,
Ni siquiera algo es algo.
Silencio tras silencio.

Llamada del alma
¿Si diga?
Le llamo pues ya le toca
¿Cuándo?
Pues esté preparado ¡Ya!
¿Tendré que ir de gala?
Sí, si Ud. lo desea.
Pues sí, iré de blanco,
¡No todos los días te llama el alma!


En la carretera, camino de Estremera (Madrid). Catorce de julio de 2018.
¿Esperando?


viernes, 17 de agosto de 2018

Damero maldito



Damero maldito ¿Con qué dígitos hoy descubres tus claves? ¿11S, 17A, 11M, 7A, 13A, 24J, 19D, 22M? Muerte, muerte. ¿Nada te frena? No sé a dónde mirar, a quién vigilar, me falta un brazo, una pierna, tu hombro donde reposar la cabeza, tu sonrisa que despertaba mis ansias día a día, aquellos besos que refrescaban nuestras tardes. Aviones contra torres, camiones, furgonetas, coches contra todos. Amasijo de cuerpos, de ropas destrozadas, de almas sin credos. ¡Nada te frena damero maldito, nadie, nada! ¡Cualquier lugar es bueno para jugar a ser aberrantes! ¿Madrid, Nueva York, Londres, Berlín, San Petersburgo, París, Estocolmo, Barcelona? ¡qué más da para que la noche se haga larga y el horror crónico!

Hace ya más de dos milenios, Isócrates decía que morir es el destino común de los hombres; morir con gloria es el privilegio del hombre virtuoso. Pero a veces hay voces del destino que no negocian, que no pactan con el ritmo normal de la muerte y rompen sin preguntar cualquier atisbo de racionalidad y consiguen, como dice Pablo García Casado, que la perplejidad se quede corta y se sitúe en el territorio de la angustia. La vida entonces no vale nada y el llanto de los ojos borra la estupidez humana y da sombra a las tumbas, a los seres vivos que sin querer y sin saberlo se encontraban allí, en ese momento, con su inesperado destino.

Guardo en mi memoria la llamada de la muerte y la suerte de haber escapado, de ella, varias veces. He vivido momentos innombrables en Boston que me hicieron abandonar con urgencia el edificio federal donde trabajaba, cuando los aviones enloquecidos, ciegos, derrumbaron las torres de Manhattan. Me aterra recordar cada primavera, los trenes que estallaron en las proximidades de Madrid. Me duele recordar otoños dolorosos en París, Navidades de muerte en Berlín, la sombra de furgonetas, de vehículos infames que segaban vidas, ilusiones, paseos por el corazón de una ciudad, de un lugar que llora la impertinencia de la anarquía.

He observado sin digerir momentos sin sentido en Pekín, en Budapest, en Venezuela, y me duele, todos, todos los días, la desigualdad humana, la muerte de miles de niños que no conocerán los cinco años.

La vida no pacta con la muerte, es espécimen cada vez más raro entre los humanos. Parece que amamos la imposibilidad de disfrutar del horizonte próximo que otros iniciaron. Atónito, desconcertado quiere salir mi espanto a brindar por la vida, a recitar en voz alta, hoy en este rudo momento, el final de una enorme poesía de Rudyard Kipling.

No quise vivir mirando y elegí la vida.
Así podré sonreír cuando llegue la muerte
aunque no la elija…
porque moriré viviendo

Descansen en paz



17 de agosto de 2017. Una tarde de verano sin sentido

jueves, 5 de abril de 2018

En la muerte de un amigo



Cuando la noche alcanza,
Y busco tu recuerdo,
Pareces salir a mi encuentro,
Pero aún no llegas
Y no lo entiendo.

La noche se hace larga,
Aquí en El Portil
Sin saber de ti,
Compañero, amigo,
Sin poder escucharte.

Solías nacer cada mañana
A tu mundo de sonrisas.
Hablabas sin parar,
Con palabras animosas,
Siempre ilusionado y cariñoso.

Hoy llegan tus anécdotas
Al fondo de mi alma
Y con silencios cortos
Susurran con dolor
Ecos lejanos de tu existencia.

Y a lo lejos, me dice el mar
Que ahora sólo queda rezar,
Llorar por tu pérdida
Y agradecer tus momentos,
Y el haberte conocido.

31 de marzo de 2018
Sábado Santo,
En la muerte de Diego Santiago Laguna
Francisco J. Sánchez Muniz