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jueves, 29 de noviembre de 2018

Autodestrucción


Autodestrucción

El agua estaba helada. Si no lograba salir moriría congelada. No recordaba cómo estaba allí ni por qué. Mil imágenes cruzaron en menos de un instante por su cerebro. Se desplazaba silenciosa buscando una salida. Metros más abajo el agua estaba más caliente, pero la salinidad era muy elevada y el riesgo de deshidratación enorme. Le pareció que una música conventual se colaba por entre las piedras y suave llegaba a sus oídos a pesar del frío, del agua y la sal.
El cansancio y la falta de oxígeno eran evidentes cuando creyó que aquella cámara se abría en un conducto, en un enorme pasillo que le llevaría lejos. Se dejó arrastrar. Luces tenues señalaban que al fondo había esperanza. Apretó un botón y cabeza, brazos y piernas se vieron rodeados con globos protectores. La corriente era vertiginosa y lo más probable parecía que chocara rompiéndose un brazo o perdiendo el conocimiento, con lo que la muerte sería imparable.
La temperatura del agua había cambiado bruscamente y a lo lejos le pareció ver una cortina de niebla o vapor. Tenía que salir de allí como fuera. Una mirada hacia arriba le sugirió que se encontraba de nuevo encerrada. Las paredes parecían rocosas. Intentó agarrarse a un saliente que se dobló y cambió de forma como si se tratara de una esponja claramente corrosiva. Había perdido las yemas de los dedos y sangraba de forma imparable. No lo pensó dos veces y colocó su reloj en posición de autodestrucción. Las alarmas sonaban atronadoras: En diez segundos autodestrucción total…En ocho segundos autodestrucción total…en…siete segundos autodestrucción total…
Abrió el ojo y localizó aquel aparato infernal. Miró alrededor. ¡No entendía nada! Un charco de agua caliente aún humeante rodeaba la cama. Los dedos de la mano izquierda estaban amoratados y la sangre fluía por una uña medio arrancada que colgaba de un dedo. El camisón rodeaba su cabeza apretándole las orejas. Se había orinado encima y en la radio sonaban cantos gregorianos.

Nota del autor:
La música en la radio del coche y un viaje que se hacía interminable hizo parte de la historia.
Treinta de septiembre de 2018, volviendo a Madrid.

martes, 9 de octubre de 2018

Éxodo 4 - El camino es casi eterno


Éxodo 4. El camino es casi eterno
La brisa helada de la mañana se colaba desde el exterior, haciendo insuficiente el abrigo con las pieles y la hoguera y golpeaba sus mejillas y sus glúteos mientras hacía el amor con su nueva compañera. Una ráfaga de sensaciones alejó su mente del momento y aminoró sus ímpetus. Hacía ya muchas lunas y habían pasado tantas estaciones que ya superaban el número de los dedos de sus manos y sus pies desde que fuera raptado aquella noche pavorosa y se integrara en aquella su nuevo clan. Sus conocimientos sobre plantas y remedios le habían supuesto la admiración de todos y el reconocimiento y la amistad estrecha con Hug. Ambos constituían un tándem fantástico; se complementaban y asesoraban en tiempos de abundancia y carestía. Parecía como si se conocieran desde niños. Incluso una de sus hijas, la mayor, Agua de Risa, calentaba sus noches y hacía fuerte su sentimiento de hombre y de nuevo miembro de la tribu. Su compañera lo besó en la boca y se entregó totalmente a él, la noche se volvió íntima y ruidosa.
Los dos yacían dormidos junto a la hoguera. De pronto un vacío enorme llenó su alma. El recuerdo de los suyos y de su antigua compañera, que llevaba en su seno un hijo, erizó su cuerpo. Agua de Risa tomó su mano y la colocó sobre su vientre. Un movimiento brusco en el interior de las entrañas, hizo que retirara bruscamente la mano ante la respuesta de la vida. Recordó el viaje sobre el hielo y muchos sinsabores y desgracias. ¿Dónde estarían ahora? ¿Habrían conseguido sobrevivir a las penurias de tanta desgracia?¿Qué sería del Sur? ¿Existía realmente el Sur? Se levantó y dirigió hacia afuera de la cabaña. Hacía frío y los días eran aún más cortos que las noches. Pronto llegarían los animales poderosos de grandes cuernos que ayudarían con su piel, leche y carne a hacer más llevadera la existencia durante los próximos meses. El llanto de un recién nacido lo sacó del mundo de los sueños. Su madre le ofreció el pezón al que se aferró con fuerza acallando sus reclamos.
La luz de la mañana no tardaría en irrumpir. Los matices rojos inundarían el despertar de la naturaleza. Su pensamiento estaba en los hielos y en algunos de los de su antigua tribu. Había tenido suerte y la suerte tendría que ayudarlo a encontrarlos. Estaba resuelto, al llegar la primavera saldría a la búsqueda de los compañeros de antes. Tenía que hablar con Hug y pedirle ayuda y asesoramiento. Las palabras del gran druida sonaban con violencia en su cerebro: “El camino es casi eterno. No sois pájaros y necesitareis varias, muchas estaciones para que lo que añoráis, lo que soñáis, abra vuestros ojos y os invite al descanso y al medro. Mientras tanto vigilad, marchad día tras día hacia el sur. Cruzad muchos valles y montañas y no desesperéis. La muerte es rápida, pero vosotros debéis serlo más”

lunes, 8 de octubre de 2018

Éxodo 3 - El rapto y el brujo


Éxodo 3. El rapto y el brujo
La noche llegó rápida. Un desfiladero abierto entre montañas había alejado a los que yendo en cabeza habían sorteado a los crujidos del hielo, al agua helada, al desequilibrio y al gran padre enfurecido. Grandes fogatas iluminaban ojos asustados que derramaban dolor y miedo. Muchos se abrazaban y unos pocos roían, junto al fuego, pequeñas raíces y restos quemados de tripas de compañeros que acababan de morir. ¡El hambre no tenía escusas! Se diría que el caos había sido total, más de 40 de ellos debían navegar sin destino sobre los témpanos rogando  al dios de la oscuridad que el sol amaneciera pronto. ¡El silencio era cómplice, la noche amante de lo desconocido!
Amanecían los primeros rayos, cuando despertó. Una sombra sigilosa se movía a su espalda. Casi imperceptible llegaba a sus oídos un respirar acelerado y el tambor de su corazón que palpitaba intensamente. Su mujer y su hijo dormían profundamente, alguien rebuscaba entre los sacos de las plantas mágicas. Se movió imitando que dormía y una breve rendija entre sus párpados dejó llegar a sus retinas la silueta de dos figuras que le eran desconocidas. Movió bajo las pieles su mano muy despacio, buscando encontrar su cuchillo de hueso. Una piedra enorme aplastó su brazo con un ruido seco, mientras que una mano fuerte y astuta tapaba su boca evitando que su grito de dolor despertara a los durmientes y un cuchillo enrojecía su hoja con algunas gotas que brotaban de su cuello. Tiraron de él en silencio y vio que de la fogata quedaban rescoldos; veinte hombres se apostaban junto al desfiladero dando seguridad a los dos que arriesgaban con su vida el rapto del chamán. Se alejaron rápido hacia donde la luz era ya realidad. Montaban unas bestias veloces, pequeñas y menos corpulentas, pero similares que los caballos que perdieron en la travesía hacia el sur y que le recordaron unas pinturas de las cuevas que de niño visitara con su padre, cuando aquel le iniciara en la aventura de cazar y de aprender a comer y guardar comida para las épocas de escasez.
La cueva le abrió la puerta del recuerdo de varias estaciones atrás cuando abandonaron las tierras del norte. Un guerrero se dirigió a él en una lengua de la que no entendió nada. Los rasgos eran distintos de los suyos y muchos niños y mujeres, desde el otro lado de la cueva, miraban fijamente esperando encontrar respuestas. Un hombre mayor, pero aún vigoroso, portando un bastón y pieles teñidas se acercó y le habló en diferentes lenguas y dialectos hasta que algunas palabras le parecieron familiares. Su brazo enrojecido le dolía profundamente. Se llevó la mano a la herida y le pareció tocar bajo la piel un trozo de hueso puntiagudo. La piedra había aplastado sus huesos y algo dentro, roto, le impedía moverlo. Despacio, cabizbajo, sin mirar, dirigió un saludo que muchos no entendieron, pero que cambiaron la expresión del gran personaje. Un gesto imperceptible, seguido de un movimiento rápido le dejó inconsciente.
Se tocó la cabeza con dificultad y un bulto prominente y doloroso le recordó donde estaba y qué había ocurrido. Habían pasado al menos dos días desde que los desconocidos le raptaran. No entendía nada y no sabía por qué aún seguía vivo. Aquella parte de la cueva era diferente. Grandes pinturas de caza y una gran piedra le informaron que se encontraba en la estancia del druida o del gran jefe. Pero ¿por qué estaba allí y gracias a qué ancestro protector permanecía vivo? El hombre mayor se sentó cerca y le habló en una lengua antigua que de niño oyera al abuelo de su maestro. Acercó un saco y cogió unas semillas de aspecto desconocido, pero de olor familiar. Con maestría apretó una entre sus manos y movió los dedos hasta obtener una papilla herbal que aplicó sobre la herida de su cabeza y del brazo. Poco después, cuando una sensación de hormigueo llenaba sus sentidos apreció que el brujo cogía su brazo entre las piernas y con fuerza dando un gran tirón encajó los huesos rotos produciendo un dolor insoportable, que le dejó sin sentido y transportó a las fronteras del reino de los vivos. Fiebres y duendes de los sueños velaron por él durante una luna. Cuando volvió a la vida se encontró solo, junto a una hoguera que daba calidez a aquel reducto donde se encontraba. Las sombras del fuego movían a los bisontes y ciervos del techo de la cueva, que parecía corrían asustados por las llamas de la hoguera. Recordó a su tribu y se preguntó qué sería de ellos ¡Tenía que hablar con el gran brujo cuanto antes!
La Luna brillaba completa sobre un charco medio helado, cuando el brujo entró en la tienda. Una sonrisa se dibujó en su cara, a la que el visitante respondió con otra. Portaba grandes collares de semillas y huesos pintados que hacían majestuosa su presencia y su figura. No había podido hablar con él desde que recolocara sus huesos. Movía sus manos intentando hacer imágenes y su boca emitía palabras simples que definían sus imágenes. El brujo se dirigió a él en la misma jerga, antes de que le golpeara y perdiera el sentido. Despacio fueron revisando palabras hasta que entendió que la vida estaba en él gracias a la protección del druida, porque aquel ser importante había rápidamente sabido que él era también un chamán. Con los dedos le explicó su camino y el de su tribu hacia el sur buscando un nuevo nicho, el ataque del gran oso en el témpano, su papel tan necesario para proteger y guiar a los suyos, y que su encuentro había sido fortuito y lejano a la idea de invadir, competir, luchar, ocupar sus tierras y robar ganado.
Él no tenía nada que ofrecer sino agradecimiento y conocimiento. Ya al rato intercambiaban palabras sobre plantas y remedios. La noche se había hecho corta y el sueño había vencido al fuego y a las palabras. Ambos dormían plácidamente cuando un gran guerrero entró en la estancia y a voces despertó al mago y alertó a todos de que la mañana ya levantaba. Le pareció por sus gestos, señas y caras que un gran rebaño de animales fornidos y con cuernos se encontraba a dos jornadas del poblado. Todos tendrían que preparar la cacería y el mago requería de sus conocimientos y ayuda para orientar a la tribu sobre cuándo actuar y cómo. El panorama había cambiado rápidamente, de enemigo a necesario. Pero él seguía pensando en los suyos, en su hembra que tiempos atrás hiciera más dulce la oscuridad en el silencio de las noches.


miércoles, 3 de octubre de 2018

Éxodo 2-Andando sobre el hielo


Éxodo 2. Andando sobre el hielo

Una extensión enorme helada apareció en la lejanía. Nada aseguraba que fuera suficientemente firme para poder andar sobre ella sin que se rajara y, abriendo sus fauces, succionara a más de uno y cortara “los sueños del sur”. Los vigías andaban despacio, golpeando suavemente durante horas con palos afilados la costra helada. Sería importante que la noche no llegara hasta que estuvieran todos en el otro extremo de la gran llanura. Allí dormirían esperando a las primeras luces del amanecer, para dirigirse a través de las montañas a otro valle, quizás más cálido y algo más prometedor que aquella soledad helada.

El hielo era grueso, a veces se adivinaban perfiles de animales, de peces, que habían quedado prisioneros congelados a un metro de la superficie haciendo el momento aún más angustioso. Crujidos graves obligaban a veces a desplazarse varios metros hacia uno u otro lado buscando la seguridad en la superficie helada. Una verdadera bandada de humanos se deslizaba formando un frente en forma de V con dos largos brazos. El cansancio hacía estragos. No podían detenerse allí en medio de la nada, mientras el día avanzaba inexorablemente. Las montañas se mostraban sigilosas algo más cerca y el borde de la superficie helada se adivinaba porque el Sol no se reflejaba como en el hielo. El grupo avivó la marcha.

Cada vez eran más frecuentes los crujidos del hielo y de nuevo empezó a caer aguanieve que debilitaba la superficie helada y hacía temer por la existencia del grupo y en particular por la de aquellos más rezagados. Una enorme raja se abrió junto a nosotros. Recordaba los dos bordes de una herida congelada por el hielo. De nuevo el caos, las carreras, el miedo de no saber, de no poder llegar. El frío ya no era importante, el pánico lo inundaba todo. Había que saltar sobre los bloques que se desgajaban y guardar el equilibrio. Algunos aprendieron a quedarse inmóviles en el centro de su superficie, pero la quietud duraba poco, ya que otros imitando esta acción se apresuraban a desplazarse al centro haciendo que el bloque se moviera de forma incontrolable lanzando al agua a los que permanecían cercanos a los bordes. El agua estaba verdaderamente gélida, ya que los que caían gritaban de forma aterradora y se movían con dificultad al cabo de varios segundos. Una corriente desplazaba despacio los bloques con algunos de la tribu en su superficie hacia lo ignoto, pero aquello era mejor que ser tragado por el hielo, como había ocurrido ya varias veces en la última hora.

La imagen no dejaba a nadie indiferente. ¡Era increíble, no podía ser! a diez tiros de piedra un gran bloque conducía, paralelo a nuestro camino, a un gran oso blanco. Todos despertamos del aletargamiento y nos pusimos en guardia. El gran oso no tardaría en echarse al agua y nadar hacia uno de los témpanos en donde nos encontrábamos flotando hacia la nada. ¡Los dioses no podían ser tan crueles y abandonarnos en aquella mala suerte tan certera! Una de las mujeres portaba en brazos a un niño debilitado que sangraba por la nariz emitiendo un olor que alertaba al oso que se movía inquieto sobre el pequeño iceberg. La bestia se lanzó al agua helada y comenzó andar. Dos hombres con palos de caza rodeaban a la mujer y al niño y se aprestaban a la lucha. El oso no subiría a aquel bloque –pensaban.

El plantígrado se acercaba presto. Todos recordábamos escenas de antaño, donde los osos atacaban a focas o incluso a los humanos demostrando agilidad, astucia y fiereza. Un zarpazo a ciegas tiró a uno de los guerreros. Un palo de caza clavado sobre un brazo del oso hirió en el pecho a un anciano que también protegía a la madre y su retoño. El rugido feroz heló la sangre y la existencia de los que allí estábamos. Con presteza el otro guerrero clavó el otro palo en la espalda de la bestia. Un nuevo grito al viento gélido llegó hasta las montañas; el niño yacía partido en dos en las fauces del gran oso, que a la vez luchaba por quitarse lo que laceraba terriblemente su espalda. El témpano parecía el movimiento de la risa en el vientre de la nada. Uno tras otros los que allá estaban iban cayendo al agua y nadaban como mal podían hacia los otros témpanos, sin poder llegar, congelados de dolor y de espanto. La madre golpeaba con un cuchillo casi sin hoja los ojos de la bestia y gritaba al viento su maternidad castrada. Su pecho sangraba dolores ancestrales que hacían aún más violento sus golpes cegadores. El oso dejó caer de la boca uno de los brazos del niño momentos antes de desplomarse sobre el vértice del témpano. El hielo se rompió en dos trozos llevándose al animal y a la madre que agarraba con un brazo su cuello y tiraba del cuerpo del niño con la otra mano. El averno del silencio se abrió sobre los pocos que llegaban a pisar tierra firme. Muchos se desplazaban despacio, movidos por la corriente sobre bloques helados, insuficientes para todos.


martes, 2 de octubre de 2018

Éxodo 1 - Escapando de la muerte y la miseria


Éxodo (1). Escapando de la muerte y la miseria.

Había salido el sol y sus rayos se entremezclaban con la bruma de la mañana recién amanecida. Se adivinaban a lo lejos las copas de algunos árboles en el contraste del haz hiriente sobre las colinas del horizonte.

El camino se había hecho largo desde que el último caballo cayera extenuado subiendo por aquellos caminos agrestes donde la nieve se mezclaba con el barro helado fruto de las nevadas pasadas. Algunos animales pequeños asomaban sus hocicos por pequeños agujeros en respuesta al olor que pasaba, buscando algo que pudiera ser comido.

Se diría que aquello era el intento último de escapar a la muerte y a la miseria. El frío venía siendo observador cotidiano desde que él fuera un niño. Las pieles de antaño no eran suficientes y una llamada imperiosa los empujaba hacia el sur siguiendo el rastro de pájaros que desde hacía varias lunas veían cruzar el cielo formando inmensas bandadas que también buscaban nuevos nichos. Se diría que una llamada general convocaba a miles de especies. “¡Hacia el sur! ¡Hacia el sur!" El graznar lejano de las grandes ocas era inconfundible, se intuía una vez tras otra "¡Al sur, vamos al sur!"

Todo era blanco a lo lejos y algunos movimientos de sombras furtivas obligaban a estar alerta. Viajaban en paralelo a miles de cabezas que buscaban pastos frescos, seguridad para sus crías al abrigo del hielo y del viento exterminador. Ellos eran descendientes de las lunas de antaño, de los pintores de ancestros, de los suspiros de muchos. Grandes fiebres habían seleccionado a los más fuertes y solo unos cuantos verían aquella tierra que prometía ser lo que antaño había sido la que abandonaron fruto de la desesperación y la muerte de sus antecesores.

Nadie sabía nada. Las palabras del último gran druida momentos antes de exhalar un último suspiro habían sido terminantes: “El camino es casi eterno. No sois pájaros y necesitareis varias, muchas estaciones para que lo que añoráis, lo que soñáis, abra vuestros ojos y os invite al descanso y al medro. Mientras tanto vigilad, marchad día tras día hacia el sur. Cruzad muchos valles y montañas y no desesperéis. La muerte es rápida, pero vosotros debéis serlo más”. Aquellas palabras se clavaban una y otra vez en su existencia. Debía ser fuerte. Nadie como él había sabido salir inerte varias veces del ataque de los lobos o de aquellas visitas de los grandes osos o de las reyertas con tribus vecinas que quisieron hacerse dueños de la laguna donde recogían agua o de aquellas plantas cuyas semillas, después de ser molidas, permitían hacer masas con las que alimentarse varias jornadas. Las palabras del druida sonaron de nuevo en su cerebro y sin demora aceleró el paso alertando a aquellos observadores, a aquellos vigilantes que marchaban en avanzada, delante.

Surgieron de la nada, famélicos, anhelantes, portando palos con puntas de flecha en sus extremos. Tres crías de bisonte cayeron mal heridas, pero también lo hicieron dos de los nuestros. El hambre no hacía asco a nada que se moviera. La lucha fue armónica, se mezclaban los ecos de los bufidos con los gritos de unos y los quejidos de otros. Se vino la tarde y muchos logramos escapar del horror del dolor y la nada. Los fantasmas arrastraban sus capturas hacia sus secretos. No lejos el humo delataba que un festín haría pronto pasto de dentelladas certeras los cuerpos capturados.

Las últimas huellas del día urgían huir de aquel lugar lleno de tristezas y duquelas. Pero aquello no era nuevo. La supervivencia demandaba oscuros designios, aunque locura había ido más lejos de lo esperado, de lo acordado. Generaciones atrás había tenido lugar un gran encuentro de jefes donde el acuerdo había sido firme y unánime “respeto por todo aquello que se mueva como nosotros”. Los trasgresores debían pagar lo que habían hecho con su propia existencia.

Nada ocurrió en los días que sucedieron al ataque por sorpresa. El viento soplaba gélido haciendo aún más costosa la marcha de los que quedábamos. Los vigilantes descubrían posibles asentamientos con agua cercana, donde muchos animales, o al menos algunos, abrevarían. Pero nada debía frenar aquel éxodo. Todo apremiaba a seguir huyendo hacia la luz del sur, el frío intenso no podía poner fin a tanto esfuerzo. Sin embargo, nada parecía frenar la llegada de un invierno extremo con días cada vez más cortos, donde nada sino ellos se arrastraban hacia lejanos horizontes, donde no sería necesario calentar el hielo para que todos pudieran beber, donde algo más que raíces secas y heladas permitirían una vida honrosa que asegurara la supervivencia.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Chun-Chin


Note: This is a short tale that was “invented” some years ago, when every night I said tales to my kids before sleeping. I would try to catch it from my memories.
It was written in English some days ago during this class. I have corrected some words and expressions. I hope you will enjoy it.


CHUN-CHIN

Once Upon a time there was a child living in a country very far from here. His name was Chun-Chin. He was twelve years old. He had lost his mother some years before and his father was sick, so he was looking after his father and himself. Thus, money was very scarce at Chun-Chin’s home. 
Every morning he used to go to the river to catch fish. From his catch he prepared lunch and dinner, and sometimes he was lucky to catch some many big fish that permitted him to sell some of them in the market and to earn some money to buy bread and clothes.
One day Chun-Chin was fishing as usual but throughout the whole morning he did not catch anything. Suddenly in the distance, he saw a very tall men coming closer. The man stopped at the river bank ten meters away from Chun-Chin and shouted, “Hello boy! How are things going with you?”
Chun-Chin did not answer the man. The tall man continued, “You did not catch anything today, did you? Look, Chun-Chin, I think you’d better move to the other river shore. There are not anymore fish, here. Try there on the other side. Do you see that part with lights and shadows? Go there!”
Chun-Chin was amazed. How did this man know his name? Chun-Chin was proud to know everybody down in his village but this man was really new to him. 
“How do you know my name? How do you know it if this is the first time we have met one another?” asked Chun-Chin.
“Look Chun-Chin, I am Chu-Lin an old man that knows many things. In some towns they call me a wizard, but do not worry about the things I have told you. Just do it!”
Chun-Chin looked at the sky and realized that the sun was high. The morning was almost gone and he had not caught anything.
“What could I lose by doing that?” he asked himself. “Let me do it!” He took all his things, the cane, the little hook, and the basket, and crossed the river, over some big stones spread in the middle of it, to the other bank. He threw the cord with the little hook at the end into the water and after a very few seconds he caught a huge fish!
Chun-Chin was very happy. With that fish, his father would have enough food for one week, and he also would obtain some money to buy food and a toy! He quickly ran home, happy, shouting, and singing.    
After half an hour of running he arrived home exhausted and started shouting, “Father! Father! Look at the enormous thing I have brought from the river!” The father looked at his son and the very large heavy fish in astonishment.
Chun-Chin ran to the kitchen and took a big, sharp knife to slice the fish and to separate a very ample part of it to be sold later in the market. But suddenly, the fish started to cry, “Chun-Chin, Chun-Chin, do not kill me! I am Lu-Jim a very rich man that lived in your town two hundred years ago and a sorceress transformed me into a fish. Please, kiss me on the forehead and I shall be transformed into a man! Please do it!”
Chun-Chin did not believe why such odd things were occurring! “Today was a really strange day!” he thought. “First the wizard at the river, then the huge fish, and now the talking fish. What more!”
“How revolting to kiss the fish!” thought Chun-Chin, but the fish cried again, “Please, kiss me on the forehead and I shall be transformed into a man! Please do it!”
He closed his eyes and put his mouth on the fish’s forehead. He kissed the fish between its two eyes. A short but sincere kiss it was!
Suddenly, the fish changed into the shape of a man, which was wearing extremely a very, very nice suit with gold and silver threads decorating it. The man started to speak slowly, with pleasure “Chun-Chin, as I told you I was, well… I am Lu-Jim, an important and rich man that a jealous witch converted into a little fish two hundred years ago. With the Lord’s help, the passing of the time, and some luck, I have survived and grown to be the largest fish of the river. Many fishermen tried to catch me but I was lucky. Now, I am again a man. Thanks, thanks!” said Lu-Jim.
Then, he went ahead towards Chun-Chin’s door, where he turned back saying, “Please, ask me for anything you wish and I will give it to you, now!”
Without delay, Chun-Chin made his wish, “I wish for my father to be cured forever.”
Lu-Jim said, “Let it be done!” Then he gave the child thousands of gold coins.
Chun-Chin could not believe it. With such an enormous amount of gold he could do anything! He first thought to call to the wisest physicians of the world and as if by magic, twelve very important men appeared in his home. The men stared at Chun-Chin’s father and started to talk. Then, they formulated the best medicines for the father of Chun-Chin that cured him very soon.
After that, Chun-Chin and his father went together everywhere. They had enough time to share and to talk. They played together and sometimes went fishing but just for fun. They did not need to fish for survival anymore. Chun-Chin was the happiest boy of the village.
And that was all, folks


Boston 1st July 2001
Newly corrected, Madrid 12th December 2018

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Monotonía de lluvia



Nota de autor. Llovía y Machado llamó a la puerta de mis musas. Una historia brutal y triste brotó en primera instancia, luego vino otro final algo distinto, como otras veces


Miraba por la ventana. La tarde apuntaba monotonía de lluvia y soledad. Pegó su cara al cristal como cuando niño.
....Monotonía de lluvia tras los cristales… -pensó
….Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales……
Palabra por palabra iban apareciendo las frases completas. ¡Sabe Dios en que compartimento de su cerebro habían estado almacenadas. Salían a su existencia como si siempre las hubieran tenido a mano! – se dijo.
Seguía mirando por la ventana y recordaba y adivinaba escenas de colegiales.
…Y todo un coro infantil va cantando la lección, mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón…
Se imaginó a un niño con gafas grandes y redondas, todo repelente, dando clases al mismísimo Machado, a Cajal, a los más sabios. Soñaba con el niño-maestro haciendo cantar a un coro de discípulos.
Ahora diluviaba.  “Cats and dogs” –pensó. Las gotas de agua recordaban a pequeños garbanzos que dialogaban con los cristales originado melodías inusitadas. Su imaginación corría veloz recordando como el agua se deslizaba veloz calle abajo donde vivió años atrás, cuando niño.
…La b con la e be, la c con la a ca, la m con la i mi,
…con timbre sonoro y hueco truena el maestro, un anciano mal vestido, enjuto y seco, que lleva un libro en la mano….
Escenas de niños, poesías de siempre, la clase de religión, los mandamientos, la Historia Sagrada, cruzaron por sus recuerdos. De nuevo Machado llamaba a su puerta
…En la clase. En un cartel se representa a Caín fugitivo y muerto Abel junto a una mancha de carmín….
Seguía lloviendo. Su nariz y boca pegadas al cristal dejaban una huella de aliento que ganaba intensidad para al momento apagarse y luego volver a aparecer. El ritmo de la vida misma se adivinaba en la ventana.
Sonó el timbre y se hizo sordo pensando en aquellos años de niño, de excursiones en las que por los caminos encontraba huesos y piedrecitas, pequeños tesoros.
Volvió a oír el timbre ¿Quién sería el inoportuno? Se imaginó que llevaba una quijada en la mano y golpeaba al inoportuno hasta que el felpudo enrojecía.
…En la clase. En un cartel se representa a Caín fugitivo y muerto Abel junto a una mancha de carmín….-recordó.
¡Qué horror, mira que con una quijada! Machado le atacaba fuerte.
Ya casi en la puerta volvió a sonar el timbre. La mirilla permitía ver sin ser visto. Una sombra difusa le informó que alguien se escondía y que no quería ser visto. De nuevo los versos de Machado
…. mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón… Le dolía el brazo sólo de imaginar cómo la quijada de Caín destrozaba al timbre y luego al brazo del intruso.
¿Quién? ¿Quién es? El silencio por respuesta. Un sudor frio hizo que tiritara y su mano derecha restregó fuerte su brazo izquierdo para calentarlo. ¿Quién es? ¿Quién es? –repitió dando voces.
Se sintió abrumado y se autoconvenció que nadie había llamado a su puerta. Cuando se retiraba a seguir mirando por la ventana, el timbre llenó de alarmas su existencia.

No lo pensó dos veces y abrió la puerta dispuesto a eliminar cualquier atisbo de vida. Cincuenta centímetros debajo de sus ojos había una niña que lloraba portando en sus brazos a su perrito moribundo que un coche maldito había atropellado hacía solo breves momentos. Ambos chorreaban agua y dolor.
Sorbiendo los mocos, la niña comentó con el alma encogida que no conocía a nadie que pudiera ayudar a su perro excepto su profe, que por eso estaba allí. El maestro de niños, doliéndole como nunca el corazón, mientras buscaba el botiquín y contenía sus lágrimas, recitaba para sí… mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón.

No lo pensó dos veces y abrió la puerta dispuesto a morir matando.
Delante veinte niños empapados miraban expectantes. Felicidades gritó una niña que portaba una tarta enorme envuelta en un plástico trasparente que invitaba a comérsela rápidamente. ¡Felicidades profe!-gritaron a coro los demás niños. Con un nudo en la garganta y moviendo las manos, les incitó a que entraran en la casa. Un reguero infantil corrió hacia el salón. Uno de los niños se asomó a la ventana mientras que la lluvia seguía haciendo su monotonía contra los cristales. El maestro se dirigió también hacia la ventana y pegando su nariz al cristal, se le saltaron las lágrimas mientras pensaba …. mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón.


Los profesores, y perdóneme por autodenominarme así, somos seres raros, enamoradizos de situaciones inusitadas, productos de nuestras propias limitaciones que desembocan en los caos más incapacitantes frente a los débiles o en los momentos más difíciles.


lunes, 3 de septiembre de 2018

El fuego aniquilador



Si después de cada tormenta vienen tales calmas,
Ojalá los vientos soplen hasta que puedan despertar a la muerte
Otelo

Se ponía el sol. No era como otras veces, eterno en mi retina, girando sobre sí mismo, efervescente, diciendo limpio adiós a la luz y al día que allí morían. Una cortina de humo dejaba un horizonte débil sin contrastes a la espera del milagro del día que vendría. La luz débil llegaba a los pocos espectadores que se atrevían a mirar el horror lejano de las llamas saqueadoras que brotaban junto al río haciendo imposible la vida y mortal el respirar.

La silueta lejana insinuaba demonios que acechaban, bucos que bailaban aquelarres sin dar la bienvenida a la Luna llena, inciensos cenicientos que afligían dolores solitarios, lágrimas inoportunas que informaban que aquello mataba, dejando en su impronta quemante soledad y tristeza.

Salían de los pinares gritos silenciosos de camaleones, de insectos y ancestros vegetales que huían sin descanso hacia otro espanto. Moría la tarde, pero el fuego se erigía en luminaria en un cielo sin estrellas, roja y amarilla ahora, con tonos azules y naranjas antes, humeante y sofocante al momento.

Me quemaban las manos golpeando imaginario el pavor distante. Mi boca escupía agua que no apagaba y sentía una sed incansable que fenecía ante el calor y la iniquidad de quien atenta contra su propia existencia.

El lenguaje del viento ya no existe, habrá que esperar primaveras para que las hojas canten a las estrellas que la brisa y el amor llegan para hacer atardeceres más brillantes.


El Portil, viendo las noticias sobre los incendios de Nerva, de Moguer y del Algarve. Agosto de 2018

lunes, 24 de abril de 2017

Cantando en Gregoriano



A veces un programa de música te engancha en maneras impensables, y te sientes monje, o al menos espíritu y navegas por las notas como navegó Ulises, enfrentándose a las sirenas y a las tempestades, llegando incluso a la esencia de las cosas y rezando un poco, ante el miedo, la incertidumbre o la belleza

Cantando en Gregoriano
Dolían las manos. El frío calaba más allá de los huesos. Nada de lo que llevaba puesto parecía frenar ni un ápice la humedad gélida de la huyente madrugada. No obstante, detrás de los cristales, en la capilla, aquellos hábitos gruesos, intemporales permitían perderse, sin saber bien cómo, en el calor de las salmodias que llenaban los huecos del momento.
Hasta el alma se perdía en aquellos cantos profundos que hacían amar lo imposible. Levitaban sus espíritus hacia el infinito, hasta darse de bruces con lo que más vive, la luz perfecta, la esperanza del momento, lo anhelado, las entretelas de Dios, Dios.

17 de Marzo, 2017. Camino de Málaga, escuchando la radio.

Mujer alunarada, mujer afortunada

MUJER ALUNARADA, MUJER AFORTUNADA

       Una luna gigantesca arrancó reflejos multicolores al horizonte. Iba cargada hasta las cejas, cuando al doblar una esquina tropezaron, desparramándose por el suelo el contenido de dos bolsas llenas de comida y rajándose un paquete lleno de libros que cayeron con estrépito. Angustiada empezó a meter la comida en la bolsa rota, hasta que desesperada lo dejó por imposible. Mientras, él, sin dejar de excusarse, empezó a apilar los libros haciendo un paquete con ellos.

       Se miraron y algo conocido despertó en sus mentes. Aquellos ojos, aquella forma de mirar no eran extrañas. De golpe, recordaron años atrás en el Instituto, cuando eran novios. Había transcurrido mucho tiempo, volvieron a mirarse y cogidos del brazo se alejaron de aquella esquina primero maldita, luego bendita. En la otra acera se besaron. Ambos pasaban por momentos difíciles y una luz de esperanza se abría en sus caminos.

       Había quedado con él dos días después de un encuentro desgraciado y fortuito que se volvió afortunado. Se dirigía al lugar de encuentro, nerviosa, mirando al móvil por si él la llamaba, por si había cambio de planes. Cruzó la calle, un camión se cruzó en su camino y con un golpe gigantesco la lanzó sobre sus brazos. Había tenido la fortuna de morir junto a él mientras una luna blanquecina, ya en cuarto menguante, volvía a arrancar reflejos multicolores al horizonte.

viernes, 21 de abril de 2017

Aprendiz


Hoy he volado más allá de las colinas de poniente. Se diría que el viento me empujó suave pero firme hasta donde nunca antes había llegado. Abajo, divisaba algunos caminos de tierra que partían de chozas donde ladraban algunos perros. Siempre me asombró la capacidad de los perros de adivinar cosas, de reaccionar frente a situaciones que no son perceptibles para los humanos y aun siquiera para nosotros. La lluvia fue en algunos momentos testigo de aquel viaje que dejará marcas imperecederas en mi cerebro.
La mañana había levantado temprano, fría, filtrando las últimas sombras de la noche en una lucha feroz con su propia existencia. El gran grupo despertaba tranquilo, sin prisas, un tanto amedrentado por la escarcha que empezaba a fulgurar con las primeras luces de la mañana.
El “Jefe”, el más sabio, el de las cien aventuras y mil viajes miraba a lo lejos y desplegaba su cuerpo con movimientos y contracciones inverosímiles que permitían a las plumas timoneras catar la dirección y la fuerza de la brisa que también amanecía. No lejos, otros compañeros, algunos aún muy bisoños, miraban atentos y remedaban casi de forma caricaturesca aquel ritual deslumbrante. Fue algo mágico, la gran bola de fuego se adivinó en el horizonte mostrando el borde rojizo potente que incendió su cabeza. Al momento y casi sin esfuerzo se encontraba parado a 100 metros del suelo, disfrutando en contra del viento con su buen hacer y enseñando sus poderes.
La mañana traía hasta nosotros olores frescos de jara y marisma, desde la laguna de los patos, donde el viento siempre sopla, perfumaba las madrigueras de los más dormilones, de los que nunca vuelan.
Había estirado diez veces cada extremidad y movido con celeridad mis articulaciones quizás más de cien. Todo hacía presagiar que el arranque era inminente. Delante los más versados, junto a ellos los veteranos, cerrando el cortejo otros vigilantes que custodiarían a los que como yo, colocados en las dos grandes ramas de la gran V nos estrenábamos en aquella nueva experiencia. El sol se desprendió del horizonte como una gran burbuja roja que inundaba nuestras alas y les daba un color e irisaciones inusitadas. Recordé brevemente el vuelo de quince metros del primer día; los esfuerzos angustiosos e infructuosos de mantenerme en el aire flotando y de no caer rompiéndome un ala al intentar parar el golpe, de las caídas menores los días que siguieron en mi aprendizaje. Hoy la prueba sería muy dura: navegar con el viento y contra él, en lo más alto, donde el cielo se hace todo azul.
La explosión del momento inició la danza de las alas en un desenfreno extravagante. Ya volábamos que digo 100, 500 desenfrenando novedades. Dolían las extremidades y hasta la última pluma. Llovía delicado y refulgente en poniente hacía donde íbamos. Allá abajo levantaba también la naturaleza en un canto rápido.
Volábamos vigilantes, la tierra lejana, casi enana, cuando fuimos absorbidos por una gran nube que se movía a velocidad vertiginosa. El estruendo fue inmenso. Había aparecido rugiendo, inesperado y se había tragado a un compañero como a unos 50 metros de donde yo estaba, salpicándome tozos de su alma y manchándome de rojo amanecer. La gran turbina decapitó a otros dos. Uno de nosotros perdió una de las alas y en torbellino fue aspirado por un embudo gigantesco. Los más aterrados dejaban de mover sus extremidades y caían vertiginosos hacia el abismo que se abría bajo ellos.
Pasadas las colinas de poniente, desde donde también sopla el viento con gran fuerza, aterrizamos bruscamente, aterrados, llorando en un espanto sin fin. Nadie hablaba, nadie miraba, nadie respiraba. La niebla invadía todo haciendo el momento aún más irreal. Todos revisábamos nuestros cuerpos, nuestras alas, evaluando pérdidas y heridas. ¡Y había que volar de nuevo! ¡A casa!
La tarde avanzaba profunda cuando ya regresábamos desde poniente, cansinos, dolidos, con la lluvia cortante azotando nuestras caras. Se ponía  el sol, entre las nubes poderosas que en lo ensombrecían, cuando aterrizamos sobre la arboleda. Me aflojé el hábito y separé las alas. ¡Esto de ser aprendiz de ángel -me dije- prometía ser muy duro, realmente muy duro!


Nota de autor:

Siempre he creído en los ángeles custodios. Niños salvados in extremis, liberados de las situaciones más inverosímiles, en el último suspiro. Vida tras vida, niño tras niño, pero a veces los renglones se tuercen y llega la tragedia. Momentos desesperados e inesperados donde nada puede hacerse. Ellos también aprenden y yo creo que empiezan como hombres, como mujeres, en ejércitos numerosos, volando hasta llenar de experiencia sus momentos difíciles e incluso morir físicamente en el intento, antes de hacerse verdaderamente ángeles. 

jueves, 30 de marzo de 2017

Vida dando magia a la vida (VI)

 La marca sagrada

El frío era inusual desde hacía ya algunas estaciones. El cielo descargaba sin descanso desde la última estación unos copos que vestían con una espesa capa blanca las proximidades de la cueva, como si unos árboles que habitaban junto a la ribera se adelantaran algunas lunas llenándolo de millones de semillas voladoras. Centenares de estaciones separaban aquella escena del terrible terremoto, que junto con el ataque de los neandertales y la explosión de agua casi exterminó a la tribu.
De aquella gruta exterior prácticamente no quedaba más que el recuerdo y una gran piedra manchada de negro, similar a la que se encontraba en la gran cueva de ceremonias, donde se celebraba el fin del día más corto del año. La tribu se había desplazado hacia el sur, buscando tierras más cálidas y generosas, no lejos de donde generaciones atrás, magos y druidas se reunían en las noches llenas de estrellas y de intensos encuentros. Un conjunto de cuevas, escondidas de los senderos, permitía a casi 60 personas alojarse con comodidad, esperando la visita de la gran luminaria del día que les calentaba y alumbraba y, cómo no, a la de la noche que les hacía soñar y esperar momentos irrepetibles. Se diría que la tribu había ganado en diversidad, ya que las mujeres, al igual que los hombres, respondían a estereotipos diversos como si en un desenfreno del solsticio de la estación calurosa, semillas del cielo hubieran sembrado al clan con homúnculos que recordaban a los neandertales ya desaparecidos y a los tatarabuelos de las tatarabuelas de Joks y Gam. Algunos chicos que corrían junto a las charcas tenían narices anchas y frentes poderosas, otros eran más ágiles, aunque sus brazos y piernas estaban más poblados de pelos que los que jugaban afuera con los tirapiedras.
Todo hacía presumir que la gran mayoría se preparaba para la gran fiesta, aunque muchos no sabían qué era lo que se celebraba. Junto al fuego, al fondo de la gran gruta de las ceremonias, reservado de la luz exterior, en grandes pellejos que mujeres habilidosas habían cosido y reforzado con pequeñas y fuertes raíces, se hacía generoso un líquido rojizo que habían obtenido lunas atrás de una bayas dulces pisando, primero, las mujeres y aprisionando con grandes piedras, después, los guerreros. Aquella ceremonia del líquido mágico que hacía brotar carcajadas, nuevas ideas y pequeños duendes que tras volar a la magia los hacía dormir, la habían instaurado Gam y Jocks muchas generaciones atrás, más de las que se podían contar juntando todos los dedos de las manos y los pies. Desafortunadamente, desde hacía tiempo, el líquido que se obtenía al final de la estación calurosa era cada vez más escaso y sin tal líquido la ceremonia no podría celebrarse. Debería ser que los duendes bebían mucho o que los dieses de la ira seguían enfadados.
Los días ya más largos emulaban a las noches y allá a tres tiros de tirapiedras se observaban cuatro enormes piedras alargadas, traídas con gran esfuerzo desde donde sale el fuego del cielo. Entre ellas, un solo día, cada cuatro estaciones, un rayo de luz lograba posarse sobre la marca sagrada, señalando la equidad del día y de la noche y con ello el fin de los fríos y de muchas enfermedades.
Sin embargo, desde hacía varias lunas los días aparecían sin fuerza, nublados y raras veces llegaban los objetos a proyectar sombras sobre el suelo. Desde los clanes vecinos había llegado el rumor que lejos, muy lejos, más allá de donde el mar se hace profundamente azul al amanecer, una enorme explosión había rociado con polvo y cenizas todo el firmamento, de tal forma que incluso los dioses no llegaban a ver desde lo alto a los humanos. Sin embargo, la caza no era esquiva y un ciervo y una cría de búfalo, ya despellejados, se asarían lentamente cuando la magia del rayo de luz indicara que el momento crucial había llegado y que los fríos y lluvias se retirarían por un largo periodo de tiempo.
Una mujer chamán se movía lentamente, sus enormes carnes le impedían hacerlo de forma más rápida. Todos recordaban que de niña era la envidia de muchos de la tribu, pero en las últimas lunas había ganado respeto y envergadura de forma desaforada al igual que su hambre. Sus enormes pechos deberían producir leche capaz de alimentar a cinco pequeños durante ocho estaciones, pensó un muchacho al cruzar brevemente su mirada con la de ella. Dos aprendices la vestían mientras desplegaban al aire movimientos copulatorios que a muchos parecían premonitorios de lo que el sol haría con la estación que hacía florecer a la naturaleza. Pero aquello era tabú y nadie, sino un elegido, podría sembrar su vientre y abrir las grandes fuentes de leche y de vida.
Otras mujeres seleccionaban sobre grandes losas, a la luz de pequeños fuegos, plantas y raíces limpiándolas de insectos y arañas. Mientras, algunos vigías, a la luz de la luna, se apostaban junto a las grandes piedras para evitar que posibles curiosos o enemigos de otros clanes se acercaran en el momento más inoportuno. Faltaban según los más viejos pocas jornadas y nada hacía pensar que la luz de la gran candelaria se abriría camino entre la bruma para pasar entre las piedras e iluminar la marca sagrada.
Una gran nube de polvo pareció levantarse en el horizonte y correr hacia las cuevas en forma de flor que absorbía la bruma, los charcos y los árboles a su paso. Todos se refugiaban en sus respectivas cuevas, cerrando las puertas con parapetos de pieles y cañas que ataban con lianas a piedras cercanas. Llovió sin descanso, parecía que ninguno de los dioses quería nada de aquella maldita tierra sino sembrar el miedo y la muerte.
La mañana se había levantado algo más ligera y luminosa como nadie recordaba desde hacía lunas. Rayos del sol naciente, como dagas, se colaban entre las nubes y la bruma. Todo parecía indicar que la gran ceremonia se celebraría sin tardanza y que en ella una gran fuerza llenaría al clan de energía y esperanza. Mientras la tribu al completo bajaba hacia el tetralito siguiendo despacio los andares de la mujer chaman y los de sus aprendices. La luz del día ganaba en intensidad y todo se preparaba para la gran ceremonia.
El sol ya vestía en lo alto, pero la luna lucía suave, temblorosa, rojiza no lejos en el firmamento. Se diría que ambos habían caído en un encantamiento mutuo, aunque el más fuerte eliminaba poco a poco a la reina de la noche. A lo lejos las aves de la tarde parecía que también acudirían al gran rito, ya que volaban acercándose. Los lobos que día tras día se aproximaban a comer carne dura y jugar con los niños, parecía que se aprestaban a algo extraordinario. Una película invisible se apostaba entre el sol y el clan, haciendo que la temperatura se dejara engañar por los fríos de lunas atrás. La mujer chamán levantó los brazos y gimió un canto incomprensible que hizo temblar a muchos de los que allí estaban. Era como si la luna ahora metiera en sus entrañas al sol, haciendo caer la tarde a toda prisa. Un grito potente desgarró el silencio de nuevo, fuerte, hacia el cielo, mientras una corona de fuego aparecía rodeando a la luminaria de la noche. Los guerreros clavaban en sus muslos los palos de caza. El resto gemía, se clavaba las uñas y ofrecía su sangre al cielo.
Todo era quietud instantánea, recogimiento, nada se movía en el cielo ni en la tierra; solo algunas aves de la noche abrieron sus ojos y se aprestaron a la caza. Esbozos de aullidos se oyeron a lo lejos. La oscuridad se hizo total. Un nuevo grito de la mujer chamán y todo se volvió milagro, borrando despacio la oscuridad y la zozobra, mientras que las crías de búfalo acercándose a sus madres, y ya sin miedo a la noche inoportuna, mamaban con fuerza. Las aves levantaban de nuevo su vuelo hacia el horizonte hacia donde el agua sabía a sal.
Desde lo lejos un haz de luz se abría camino y cruzaba entre dos enormes piedras verticales que miraban a levante y avanzaba hacia otras algo más pequeñas y más juntas en poniente para besar acariciando la marca sagrada.